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El 97% de las escuelas son públicas, como ésta de Käpylä en Helsinki.

El país de los maestros

El último Informe PISA rivalida el éxito educativo de Finlandia y vuelve a sacar los colores a España, que sigue aún por debajo de la media de la OCDE. Si la escuela es la mejor inversión en I+D del futuro, aprendamos de los mejores. ¿Qué podemo importar del modelo finlandés?

27 diciembre 2010

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Sofía levanta la mano excitada, como muchos de sus diez compañeros que hoy tienen clase en el huerto, porque sabe la respuesta a la pregunta que su profesora, Virve Vakiala, acaba de formular. “¡Calabaaaaaaaaza!”, grita en perfecto español. Sofía tiene 8 años, es hija de madre finlandesa y padre hispano-finlandés, de quien ha aprendió la lengua de Cervantes, y el curso pasado lo estudió en Fuengirola (Málaga).  Hoy, de regreso a Finlandia, Sofía recibe una educación bilingüe en finés y español en la escuela pública Käpylä, en Helsinki, el primer colegio de este pequeño país nórdico en ofrecer a sus alumnos este idioma tanto como lengua extranjera como en enseñanza bilingüe. “Por ser el primer año, el grupo es reducido, pero irá a más. Sólo en primero, tengo seis alumnos para la enseñanza bilingüe  y treinta para clase de lengua extranjera”, explica Vakiala, la coordinadora de la enseñanza bilingüe en español, una joven de 33 años que estuvo de Erasmus en Salamanca. ¡No está nada mal!

El 97% de las escuelas son públicas, como ésta de Käpylä en Helsinki.

En la capital de este país de poco más de cinco millones de habitantes, los niños entre 7 y 16 años, período que comprende la educación básica obligatoria –comprehensive school–, pueden estudiar de manera bilingüe en inglés, francés, chino, ruso y estonio. Además de en sueco, que es la segunda lengua oficial del país y el idioma materno de un 6% de la población. Pero esta oferta idomática no es la única bondad del sistema educativo de un país que ha destacado en todo el mundo por haberse  subido al podio en todos los informes PISA que la OCDE viene realizando cada tres años desde 2000 a alumnos de 15 años de los principales países industrializados. Los 563 puntos conseguidos en ciencias en 2006 son el mejor resultado conseguido hasta la fecha por un país, a 32 puntos de diferencia del segundo –Japón–, muy por encima del promedio –500 puntos– y a años luz de España –488 puntos–. En la última edición, la de 2009, Finlandia, con sus 536 puntos, revalida su ascenso al podio.“La uniformidad en los resultados de los estudiantes finlandeses es una fortaleza del país. La diferencia entre los mejores y los peores es de las menores de toda la encuesta PISA”, señalan desde el Ministerio de Educación y Cultura finlandés.

Finlandia es el modelo al que todos miran y al que muchos les gustaría parecerse: sólo el 0,2% de los alumnos no terminó la enseñanza obligatoria en el curso 2008-2009, frente a un índice de fracaso escolar en España que ronda el 30%. Y apenas el 4,2% de los alumnos abandonó los estudios equivalentes a nuestro bachillerato (upper secondary school), mientras que en nuestro país un 31% de los jóvenes entre 18 y 24 años no los ha completado. Un entorno que Mari Peteri, una profesora de primaria en Käpylä, ilustra así: “Desde pequeños, los niños vienen solos andando a clase. Se les educa en la responsabilidad y en el trabajo en grupo y la relación con los padres es, además, muy cercana”.
¿Dónde reside el secreto del éxito?  Jouni Välijärvi, profesor y responsable de PISA en el país, lo tiene claro: “Se han tomado muy en serio la equidad, no es algo teórico. La alta densidad de escuelas ha facilitado un acceso igualitario a la enseñanza”. De las algo más de 3.000 escuelas de enseñanza obligatoria que hay en Finlandia, sólo sesenta son privadas y de las 400 de educación secundaria superior, menos de cuarenta no son operadas por el Estado o las autoridades locales. Sirpa Kopsa, directora de Käpylä durante los últimos dieciséis años, explica que “existen unas evaluaciones nacionales cuyos resultados sólo conocemos las escuelas. No se hacen públicos, porque sirven para mejorar la forma de enseñar, no es un ranking”.
Y es que el sistema ha hecho de lo público sinónimo de calidad, en gran parte porque, como enfatiza Jouni Välijärvi, el modelo se ha constuido sobre la despolitización educativa: “Ha habido un gran consenso en las grandes reformas”. Este país a orillas del Báltico invierte algo más que la media de la OCDE en educación –un 5,8% del PIB en 2008 frente al  4,9% de España en 2009–, la enseñanza obligatoria empieza a los siete años –pero a los seis deben matricularse en preescolar–, se apuesta por un sistema comprensivo –no separan a los niños en función de sus capacidades–, las autoridades locales y las escuelas tienen bastante autonomía a la hora de decidir qué y cómo enseñar –aunque hay un currículum nacional común–. Y, ¡atención!, la educación básica es cien por cien gratuita –incluye libros y material escolar, comidas, transporte, servicio dental…–. Nada que ver con nuestro país, donde la gratuidad de los libros es una entelequia. Sólo cuatro comunidades autónomas –Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha y La Rioja– ofrecen el modelo de préstamo y reutilización de libros en la enseñanza obligatoria –primaria y ESO–. Y otras seis lo están implantando. Por no hablar de que las becas para sufragar este gasto familiar no llegan para todos.
Pero lo que más destaca la profesora Kopsa es que “se ofrecen oportunidades de aprendizaje para todos los alumnos, sean brillantes o requieran de una educación especial. Nos hacemos cargo de quien más apoyo necesita desde el principio. Ésa es nuestra pedagogía, aquí y en cualquier parte del país”, enfatiza. Sólo en su escuela, de los 700 alumnos entre 6 y 17 años, cien tienen algún problema, bien de comportamiento o de aprendizaje bien alguna minusvalía psíquica. Por eso, para dar un buen servicio, en Käpylä, uno de los colegios más grandes de Helsinki –tiene cinco edificios–, trabajan 60 profesores y 25 asistentes que les dan apoyo. Pero pese al tamaño, Kopsa asegura que conoce personalmente a muchos de sus alumnos y a todos los profesores por su nombre y apellidos. “Yo no me ocupo de los salarios, pero puedo elegir a quien quiero tener. La escuela ofrece retos para los buenos profesores”, explica. Algo impensable en la escuela pública española.

LOS PREOFESORES, LA MEJOR INVERSIÓN Replicar el modelo es difícil, sobre todo porque el clima, los hábitos y la sociedad en su conjunto son radicalmente diferentes a los nuestros. Finlandia es una país bastante homogéneo –la población inmigrante representa el 3% del total frente al 12% de extranjeros en España– y eso ayuda. De ahí que Jouni Välijärvi advierta que “quizá el más crucial de los elementos sea la educación del profesorado. Finlandia ha invertido mucho en ello desde los años 70 cuando implantó el máster y me atrevo a decir que los beneficios que el país ha recibido son mayores”.  Virve Vakiala cuenta que para ser maestra tuvo que “estudiar entre cuatro y seis años de carrera”, pero reconoce que goza de mucha libertad pedagógica. “Además, recibimos clases prácticas donde te enseñan a enseñar y mucha formación continua una vez que empiezas a trabajar”, añade su compañera Mari Peteri. ¡Hasta les ponen un sustituto mientras están de cursillo!
Ser profesor es una carrera tan demanda, que no todos consiguen acceder a la universidad. Se trata, en definitiva, de una profesión de gran reconocimiento social, como ser médico o abogado, algo que escasea en otras latitudes. A algo más de 3.500 kilómetros de Helsinki, en Madrid, José Luis García Garrido, catedrático de Educación Comparada e Internacional en la UNED y ex-director del Instituto Nacional de Calidad y Evaluación, se lamenta de que “las profesiones docentes no tengan más encanto social. Habría que dotarlas de prestigio, lo que en nuestro caso ni es fácil ni realizable en poco tiempo. Optar por la enseñanza no debería seguir siendo el último recurso al que se aspira cuando se ingresa en la universidad”.
Los maestros de primaria deben estudiar la diplomatura de Magisterio. Pero para acceder a una plaza de profesor de secundaria obligatoria, Bachillerato y FP,  hasta el pasado octubre valía con sacarse el muy cuestionado Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP). A partir de ahora, se exige el título universitario oficial de Máster en Formación del Profesorado de Educación Secundaria –60 créditos europeos y contenidos pedagógicos y didácticos–. Sin duda, se abre una posibilidad de mejora, pero este experto prefiere no echar las campanas al vuelo: “Habrá que ver cómo se desarrolla. Los intentos anteriores también fueron interesantes cuando se idearon, pero resultaron en gran parte un fiasco. Sí parece claro que el master, por sí sólo, no solucionará las cosas”. Y reclama un paquete de medidas desde la selección hasta los sistemas de evaluación y de formación continua. “No sé cómo funciona en otras comunidades, pero en Madrid, la formación te la pagas de tu bolsillo y la haces fuera del horario laboral”, se queja Luis Miguel Muñoz, un profesor de secundaria que lleva treinta años enseñando en institutos públicos.
Para Garrido, España arrastra unas tendencias preocupantes desde mediados 1980, que empañan las fortalezas logradas una década atrás –cuando se extendió la educación a toda la población entre 6 y 14 años; se elevó el nivel económico del profesorado, se construyeron numerosos centros públicos de primaria y secundaria y se obtuvieron notables cuotas de equidad educativa con la EGB–. Desde entonces, sólo se han incrementado las debilidades: una creciente ideologización en las políticas educativas, una escasa motivación del alumnado por falta de objetivos adaptados a sus capacidades, una mediocridad en los resultados académicos, una capacidad de comprensión lectora a la baja… “El sistema finlandés es el que más empeño ha puesto en no ceder demasiado a las corrientes pedagógicas de moda y en insistir en una concepción de la escuela bastante tradicional, muy apegada a valores como el esfuerzo, la dedicación, el estudio, el respeto por la actuación de la familia, la libertad de acción del profesor… Hay un afán por conseguir el mayor rendimiento posible de cada alumno, contando con que el nivel de llegada y el de partida no tiene que ser igual para todos”.  Seguro que a la pequeña Sofía las oportunidades no le van a faltar.

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