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Balada triste de trompeta

28 diciembre 2010

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Conocí a Álex de la Iglesia hace muchos años ya, reciente el éxito de la película que lo consagró, El día de la bestia. Para admirar a un creador no es preciso conocerlo (y aun me atrevería a afirmar que es mejor no conocerlo, para que la decepción que nos producen sus lacras humanas no manche la admiración que nos suscita su obra); pero conocer a Álex de la Iglesia fue para mí un acontecimiento singular, pues vi encarnados, realizados en su persona, los rasgos que había vislumbrado en su cine.

Un cine que solemos caracterizar como humorístico (de un humor, si se quiere, rechinante y brutísimo), pero que -como siempre ocurre en el humorista verdadero- se nutre del dolor. En todo el cine de Álex de la Iglesia hay un fondo tortuoso, gemebundo, que suele pasar inadvertido a sus hinchas acérrimos y escoliastas de ocasión: un fondo de almas atrapadas en el purgatorio (no diremos infierno, porque creo que en sus películas hay, aunque entorpecida por malezas y escombros, una grieta o espita abierta a la redención) que se debaten, con furia y desgarro, contra la angustia que los oprime, también contra la viscosa sensación de absurdo que parece anegar sus vidas. Y esta pugna se dirime siempre de forma estruendosa, desgañitada, vehemente, como ocurría en nuestros escritores barrocos, en nuestro arte tremendista y esperpéntico. Álex de la Iglesia pertenece a esta gran estirpe de creadores españoles. Quienes reprochan a Álex de la Iglesia sus excesos y desafueros no entienden la naturaleza de su arte: sería tanto como reprocharle a Goya sus fantasmagorías, o a Gutiérrez Solana su querencia por la sordidez. Un Goya sin fantasmagorías, como un Gutiérrez Solana sin sordidez, simplemente dejarían de ser lo que fueron. Y un Álex de la Iglesia que renegara de sus excesos podría llegar a ser, sin duda alguna, un cineasta de atildado virtuosismo, irreprochablemente académico; pero se evaporaría en él esa genialidad (con grumos y tropezones, si se quiere) que lo distingue.

En Balada triste de trompeta, la película que acaba de estrenar, Álex de la Iglesia alcanza la cima expresiva de su arte: están en ella sus obsesiones y demonios, está en ella su personalísimo estilo, está en ella su particular humor trágico, grotesco, desquiciado y desquiciante; y lo están sin concesiones a la galería, sin moralinas superfluas o aderezos complacientes, en estado químicamente puro. Pero con esos mimbres recurrentes, Álex de la Iglesia logra zambullirse, en un ejercicio de espeleología estremecedor, en los lodazales donde borbollonea el cainismo español. Balada triste… vale por toda una enciclopedia de Historia de España: es una obra de arte en el sentido pleno de la palabra, que acierta a nombrar –paseándolo por el Callejón del Gato, como Valle Inclán; acompañándolo de una imaginería perturbadora y delirante, como El Bosco– el resentimiento atávico que persigue a los españoles, de generación en generación, y los empuja a despedazarse, sobre el cadáver tronchado de la propia España, a la que aseguran amar sin tasa.

En esta gran purga del corazón que es Balada triste… hallamos reminiscencias de Berlanga (La escopeta nacional), Camus (Los santos inocentes), Olea (El bosque del lobo), Saura (La caza), y también de aquel cine bizarre de Paul Leni y Tod Browning (El hombre que ríe, Garras humanas, La parada de los monstruos), lleno de personajes inverosímiles y extremos, mutilados y deformes, capaces de cortarse un brazo por el amor de una bailarina y de reírse después a carcajadas, para disimular su dolor, cuando descubren que la bailarina los rechaza. Pero todo ese barullo de influencias eclécticas fraguan en una amalgama intransferible, poderosamente revulsiva, que expone las pústulas y lepras de un monstruo (o de dos) demasiado parecido a nosotros mismos. Álex de la Iglesia ha completado una sobrecogedora, abismal, catártica obra de arte.

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