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Independencia: ¿bona si la bossa sona?

Los empresarios catalanes que defienden en voz alta la separación de España son minoría. La mayoría se muestra prudente. Domina la incertidumbre, pero en Cataluña hay un sentir general de que hay que dar respuesta al clamor popular.

23 noviembre 2012

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Jordi Roset tiene tres gasolineras, dos en la provincia de Barcelona y la tercera en Tarragona. En todas las estaciones de Petrolis Roset hay una bandera estelada, símbolo de la Cataluña independiente. “Siempre he creído en la independencia de mi país, pero digo más Estado propio que independencia”, reconoce Roset para aclarar el matiz. “En la acepción Estado propio estamos más cómodos los empresarios más conservadores, mientras que los de izquierdas utilizan más el término Estado independiente”, asegura. A Jordi Roset, que pilota con su padre y sus hermanos una sociedad que factura 30 millones de euros y emplea a 40 personas, no le importa poner nombre y apellidos a su sentimiento patriótico en un contexto electoral en el que pocos empresarios catalanes se atreven a hacerlo a micrófono abierto.

Tampoco tiene reparos en dejar claro lo que piensa Vicenç Pedret, que preside una fábrica de vidrio que produce botellas de perfumería y cosméticos desde 1931. Ubicada a las afueras de Barcelona, la empresa Ramón Clemente da trabajo a 200 personas y factura 20 millones: el 60% a otros países, el 30% en Cataluña y sólo un 10% en el resto de España. El nombre de la empresa es muy español, pero  no se lleven a engaño: Pedret admite sin reparos que tiene “el sentimiento patriótico catalán desde los 15 años” y que, hasta hace poco, se sentía un bicho raro por confesarlo. En cambio, ha dejado de verse como una excepción en el nuevo contexto político-económico que se ha abierto en Cataluña a raíz de la manifestación de la Diada, el pasado 11 de septiembre, cuando salieron a las calles de Barcelona cerca de un millón y medio de personas bajo la proclama de Cataluña, nuevo Estado de Europa. Sin embargo, su principal prioridad sigue siendo cuadrar las cuentas de su compañía –los ingresos han caído ya un 30% en lo que va de año y la factura energética se ha encarecido en 200.000 euros– y “no tanto que la estructura jurídica del Estado catalán sea una u otra”.

Roset y Pedret son socios, junto a otros 850 empresarios, del Cercle Catalá de Negocis, la principal asociación empresarial catalana a favor de la independencia. En su web puede leerse –en catalán e inglés, no en castellano– una máxima de Luciano Benetton que asegura que “en el siglo XXI son los empresarios los que tienen que hacer la revolución”. Con ese lema, sus directivos recorren desde 2008 las cuatro provincias de la región para explicar por qué Cataluña estaría mejor si no perteneciera a España. El secretario general del Cercle, Joan Canadell, se agarra a tres argumentos: menos impuestos para las empresas porque el déficit proviene del Estado, impulso al corredor Mediterráneo y más peso al aeropuerto de Barcelona-El Prat.

En la Ciudad Condal, otro grupo de empresarios, agrupados desde hace un año y medio en la Fundació Catalunya Estat, también exponen los pros de la independencia con la premisa “convencer para vencer”. Su presidente, Jaume Vallcorba, recurre a un informe sobre la relación entre las economías catalana y española, en el que critica que, en los últimos 25 años, Cataluña acumula un déficit fiscal de 250.000 millones de euros –la cuarta parte del PIB español–, 18.500 millones sólo en 2011. Esto se traduce, denuncian, en un coste anual de 2.500 euros por cada catalán.

Por ahora, la asociación, al igual que el Cercle, no cuenta con gran peso representativo entre el empresariado catalán –no llega ni al medio punto del PIB, admiten–, aunque Canadell defiende que el empresario independentista “no es una minoría”. Esta tesis es compartida por Cecot, patronal de Terrassa (Barcelona) integrada por más de 7.000 empresas de las que tres cuartas partes tienen su negocio en la región. En un reciente sondeo, el 53% de los asociados respalda la independencia de Cataluña como “un nuevo Estado de Europa”, mientras que sólo un 2% de las 800 empresas que responden quiere seguir como hasta ahora.

De España y catalanes. También son minoría, por ahora, los empresarios, que en el otro extremo, defienden públicamente que no haya cambios en la relación de  España y Cataluña –haciendo gala del eslogan De España y catalanes con el que se manifestaron cientos de personas el pasado 12 de octubre–. El primero en pronunciarse fue el presidente del Cercle d’Economia y de Vueling, Josep Piqué, que afirmó que “la independencia sería una tragedia para Cataluña”. El ex ministro del PP llamó a otros directivos a “decir en voz alta lo que dicen en voz baja” y, sólo 24 horas después, el presidente del Grupo Planeta, José Manuel Lara, no dudó en lanzar todo un aviso a navegantes. “Si Cataluña fuera independiente, Planeta se tendría que ir a Zaragoza, Madrid o Cuenca”, advirtió para, días más tarde, pedir diálogo a los Gobiernos central y catalán porque “la independencia es un mal irreparable para unos y otros”.

Desde las patronales también se han escuchado dos voces en este sentido, aunque una más alta que otra. En Barcelona, el presidente de la patronal Foment del Treball, Joaquim Gay de Montellà, cuestionó que sea el mejor momento para hacer grandes cambios institucionales en Cataluña; mientras que, en Madrid, el que fuera su antecesor en el cargo y hoy presidente de la patronal nacional CEOE, Joan Rosell, no dudó en tildar de “barbaridad” el camino de la independencia.

También hay pequeños comercios contrarios a una separación de Cataluña, pero algunos como Miguel prefieren que no se les identifique porque la crisis ya aprieta bastante. Su historia es real, aunque su nombre es inventado. Castellano inmigrante que lleva 30 años en Sabadell donde regenta una tienda de barrio, Miguel critica que el victimismo del España nos roba y nos margina ha surtido efecto y ha derivado en un sentimiento anti-español. “Quienes estamos en silencio es porque hemos retomado el miedo a hablar. No queremos que se nos etiquete, tenemos un negocio y no nos importa la ideología de nuestros clientes”, se duele para insistir, sin embargo, en que pese al ruido su día a día sigue igual.

Cautela generalizada. Pero no resulta nada fácil encontrar muchos más testimonios de empresarios posicionándose en un lado u otro de la balanza. Siguen siendo minoría en un colectivo de casi 600.000 empresas que ha hecho del seny y la cautela sus rasgos distintivos. La mayoría de la burguesía de la región se muerde la lengua. Callan, pero eso no significa que otorguen. En público, se agarran a la prudencia que debe mantener el empresariado ante una cuestión tan delicada en la que los sentimientos entran en juego, aunque reconocen su preocupación. En el momento más duro de la crisis, se ha abierto otro frente de incertidumbre que amenaza aún más la cuenta de resultados de sus negocios. Hay mucho ruido en ambos sentidos que no trae nada bueno. “Posicionarse es imprudente, la mayoría no quiere enemistarse”, incide el profesor de Economía de la Universidad Pompeu Fabra, Xavier Cuadras.

Bajo ese paraguas, la mayoría de los empresarios –sobre todo, los directivos de las grandes compañías con sede en Barcelona y de las multinacionales– guardan un silencio escrupuloso de puertas para fuera y se limitan a pedir diálogo, a reclamar”una solución negociada”. “Nosotros no hemos de definir el futuro político, sino preocuparnos de atender a las empresas”, recuerda Antoni María Brunet, presidente de la Cámara de Comercio de Sabadell, que engloba a más 35.000 compañías.

Sin embargo, entre bambalinas no se quedan quietos. Según reconocen fuentes empresariales y confirman fuentes políticas, hay  presiones en un doble sentido. Por un lado, hay “una mayoría silenciosa, pero muy importante del empresariado” que está moviéndose para que CiU –que siempre ha sido business friendly– haga las cosas con la máxima prudencia para evitar “un choque de trenes” de las dos economías y un boicot de los productos catalanes, como el que sufrió el cava en 2005. Les piden moderación para que la situación no “descarrile”, teniendo en cuenta que la independencia no va a llegar de hoy para mañana.

Por otro lado, exigen a Rajoy que abra la puerta al diálogo porque el cerrojazo al pacto fiscal generó gran malestar entre las patronales  catalanas que, antes del 11-S, ya había respaldado sin tapujos el nuevo modelo de financiación (con Hacienda propia incluida) avalado a su vez por el 82% del Parlament. Es un sentir generalizado que, hoy en día, el café para todos no es la solución.

 Tensión dialéctica por el 25-N. Pero, Gobierno central y catalán, PP y CiU, permanecen ajenos a estas peticiones (incluidas las del Rey) y mantienen la tensión pensando en las urnas. Mas habla de Estado propio sin paños calientes, ha anunciado la convocatoria de un referéndum con o sin permiso del Gobierno, amenaza con llevar el “conflicto” a Bruselas si Moncloa lo prohíbe mientras pide a los empresarios que no entorpezcan su proyecto. El jefe del Ejecutivo, tras varios días con perfil bajo, calificó de “disparate de colosales proporciones” la posible separación y, entonces, se abrió la veda para atacar a Cataluña. Dos Gobiernos, hasta ahora socios informales en Madrid y en Barcelona, han endurecido aún más su choque en la recta final de campaña a raíz de un informe sobre las presuntas cuentas suizas de Mas. También, han aprovechado la mínima para reprocharse la petición de rescate, la permanencia en el euro, la solvencia de sus deudas y toda una retahíla de cifras sobre quién debe más a quién… en todos los sentidos.

En este contexto, el profesor Cuadras, que publicó en 2011 el libro Sense Espanya (Sin España),  plantea tres escenarios empresariales ante la independencia: defiende que a las grandes empresas y a las multinacionales no les interesa un cambio político; que las pymes y el comercio local podrían dejarse arrastrar por el independentismo a cambio de promesas de rebajas fiscales de calado y que las empresas exportadoras, lejos de salir perjudicadas, podrían beneficiarse de una secesión, ya que Cataluña ya vende más fuera de España que dentro.

Pero Cuadras advierte de que, si Cataluña fuera independiente, su economía tendría pérdidas equivalentes al 4% de su PIB y se destruirían 200.000 empleos. El catedrático de la Ramón Llull, Santiago Niño-Becerra, le rebate , sin embargo, que le saldrían las cuentas tanto en ese supuesto como con un concierto económico. Y la Generalitat ha encargado un estudio cuyo resultado defiende la viabilidad de Cataluña sin España.

Cifras aparte, hay unanimidad en el empresariado catalán en que la Diada no fue una anécdota. “Responde a una corriente de fondo, después de muchos avisos”, alerta el directivo de una de las grandes cotizadas catalanas. Y a ese clamor habrá que darle respuesta con los resultados de este domingo, 25 de noviembre.

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