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¿Trabajar menos para trabajar todos?

Pregunta: ¿Qué tienen en común con las viejas reivindicaciones sindicales el segundo hombre más rico del mundo, Carlos Slim, el ex presidente del Gobierno Felipe González y el dueño de Virgin, Richard Branson? Aunque es de todos conocida la vieja relación de amistad que mantienen desde hace años el magnate mexicano y el líder socialista –y tampoco se le escapa a nadie la cercanía de González con las centrales sindicales–, no van por ahí los tiros. El nexo de estas voces tan dispares en lo ideológico y de realidades tan alejadas tiene que ver con un reclamo que, aunque con ‘envoltorios’ diferentes, es el mismo: la necesidad de repartir el trabajo para que más gente pueda tener un empleo.

trabajosraros1Slim ha hecho suyo este reclamo con la propuesta de que las semanas laborales sean de tres días (de 11 horas) para que, así, los jóvenes puedan incorporarse al mercado. El que fuera presidente del Ejecutivo español entre 1982 y 1996 –y bajo cuyo mandato entraron en vigor las 40 horas semanales– no ha dudado en señalar que “hay que pensar a futuro cómo se reparten el tiempo de trabajo y los salarios”. Mientras, Branson defendió abiertamente en una entrevista con Capital que el futuro pasa por “convencer a la población de que hay que compartir los puestos de trabajo porque no puede ser que haya una persona con un empleo a tiempo completo y gente que no puede trabajar”.

La crisis económica y unas cifras de paro en máximos difícilmente atajables a corto plazo han devuelto a la primera línea el debate de la redistribución de la jornada laboral. De hecho, no solo era un discurso sindical. “Era un clásico ya en los tiempos de Enrique Fuentes Quintana”, recuerda el socio director de Sagardoy Abogados, José Manuel Martín. El que fuera vicepresidente y ministro de Economía con Adolfo Suárez señalaba en un artículo de 1981 que “debían explorarse las alternativas para repartir el trabajo existente” en una sociedad que haga del empleo su objetivo prioritario. Y hoy lo es más que nunca en España y, también, en otros muchos países. La controversia está servida. Ha resucitado el viejo eslogan: ¿Trabajar menos para trabajar todos?

Del lado de quienes responden de forma negativa a esta pregunta, encontramos dos perfiles. Por un lado, están aquellos que no creen que haya que repartir el trabajo, sino que abogan, directamente, por la posibilidad de crear más empleo. “No hay una cantidad fija de trabajo a realizar, las necesidades son infinitas”, defiende el investigador de Adecco y Barceló y Asociados, Diego Barceló. Para sustentar esta afirmación, echa la vista aún más atrás y recuerda que ya en la Revolución Industrial se llegó a pensar que la maquinaria dejaría sin actividad a la gente. Además, mira al presente y al futuro para señalar todas las oportunidades de colocación que han abierto, por ejemplo, las nuevas tecnologías.

Por otro lado, se encuentran los que no contemplan que esa distribución de las horas sea factible a día de hoy en un mundo capitalista y globalizado en el que mandan la competitividad y la productividad. “A corto plazo y aunque sea una tendencia histórica, no vamos a cambiar la estructura del empleo”, asegura a título personal Jesús Cruz Villalón, catedrático de Derecho de Trabajo de la Universidad de Sevilla y presidente de la Asociación Española de Derecho del Trabajo y Seguridad Social. Tiene claro que los problemas del actual mercado laboral no derivan de la distribución de la jornada, sino del modelo en sí que, además, afronta la globalización.

Reparto del tiempo. Sin embargo, los convencidos de que es necesario repartir las horas de trabajo para que más gente pueda acceder al mercado laboral no son solo Slim, González o Branson. “Si asumimos que es imposible que crezcan los empleos disponibles, tendremos que trabajar menos para trabajar todos. Tendremos que hacer un mejor reparto del tiempo”, advierte el socio director de Sagardoy Abogados, José Manuel Martín. En la misma línea, el director de la Oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en España, Joaquín Nieto, avisa de que “hay que pensar en otra manera de organizar el trabajo que tenga que ver con las horas que está ocupada cada persona”.

En este sentido, la teoría más conocida, y también la más revolucionaria, es la que contiene el informe de las 21 horas semanales. La cifra no es arbitraria, ni mucho menos. Según el think tank británico New Economics Foundation (NEF), se trata exactamente del número de horas que pasan en el trabajo los ingleses si se incluye en esta media a los que tienen empleo, a quienes están en el paro y a los que se consideran económicamente activos. Hoy en día, según Eurostat, la jornada media entre los trabajadores a tiempo completo en Reino Unido se sitúa en las 42,4 horas. Es la más larga de toda la Unión Europea, donde la media comunitaria es de 40,4 horas semanales, mientras que la española está en 40,3 horas. Para que se hagan una idea, al cabo de un año, una diferencia de 50 minutos por semana equivale a una semana completa de desempeño, es decir, a cinco días laborables, según el Monitor Adecco de oportunidades y satisfacción del empleo.

Sin embargo, la propia coautora del informe 21 horas y responsable de Política Social del NEF, Anna Coote, reconoce a Capital que “el texto era una provocación, no una propuesta definitiva”. Cuatro años después, la han suavizado. “Queremos que la gente piense de forma radical sobre la reducción de horas. 30 horas sería un paso muy importante en la buena dirección”, adelanta Coote para insistir en que este cambio es “algo perseguido durante décadas”.

De este lado del Canal de la Mancha, en la Universidad París-Sur, está en boga otra corriente que también conlleva una mejora de la calidad de vida, del consumo responsable y de la sostenibilidad. Es la llamada teoría del decrecimiento. Su precusor, Serge Latouche, defiende que hay que “trabajar menos para ganar más porque cuanto más se trabaja, menos se gana”. Un pensamiento que supone una vuelta de tuerca al planteamiento del ex presidente Nicolas Sarkozy que instó a trabajar más para ganar más y que, a su vez, enfrentó su planteamiento a la famosa jornada francesa de las 35 horas, que muchos consideran el intento más decidido en el Viejo Continente de reducir en la práctica la jornada legal –había sido puesta en marcha por el socialista Lionel Jospin con otro lema: trabajar menos y vivir más.

¿Es posible? Teorías a un lado, nos acercamos a su aplicación en la práctica –total y parcial–. En el ‘bando’ de quienes consideran el reparto del tiempo de trabajo una suerte de utopía se encuentra, por ejemplo, el socio director de Sagardoy, que no ve viable a corto plazo ni siquiera volver al modelo francés. “No creo que vayamos a una reducción de la jornada laboral máxima legal. No veo las 35 horas”, admite José Manuel Martín. Aunque, con la boca pequeña, de esta opinión son incluso los sindicatos actuales. “Como fórmula para generar más puestos de trabajo y reducir el desempleo es una reivindicación de difícil encaje en un contexto económico y político tendente a maximizar beneficios y reducir costes”, admite el secretario de Acción Sindical y Políticas Sectoriales de CCOO, Ramón Górriz. Sin entrar en el fondo del asunto, fuentes de CEOE reconocen que la patronal también es “más partidaria de la flexibilización que de la reducción de jornada”.

Sin embargo, hay quienes creen que es un paso inevitable. “Habrá cambios sí o sí. La necesidad de repartir el empleo es una realidad bastante estable, no es algo coyuntural. Era así ayer, anteayer y lo será mañana. ¿Utópica? Solo porque no existe, pero existirá”, defiende el responsable de la OIT en España. De hecho, muchos de los horarios de trabajo han pasado de las 48 a las 40 horas semanales en las últimas décadas (el convenio de las 40 horas es de 1935). Según los datos de la organización con sede en Ginebra, el 41% de los países establece una semana de 40 horas, mientras que el 44% sigue manteniendo un horario que sobrepasa las 40 y, más de la mitad de estos, se han fijado un límite reglamentario de 48 horas. Inevitablemente, la extensión de la jornada está relacionada con el grado de desarrollo de un país.

Además, Joaquín Nieto se agarra a otras dos realidades a escala global para sustentar su argumento: hay más de 200 millones de desempleados en el mundo –y casi 170 millones de niños trabajando– y hay una necesidad de crear más empleo pero la capacidad de hacerlo parece limitada. Además, es unánime la percepción de que, de llevarse a la práctica una transformación de este calado, las iniciativas locales no tienen recorrido. “Un país aisladamente no lo podría desarrollar”, llama la atención Cruz Villalón. “El cambio hay que hacerlo global, mundial y generalizado”, defiende Nieto.

Sin embargo, entre unos y otros, el socio director de Sagardoy marca una clara diferencia entre los contratos existentes y los de nueva creación. “No sé si se llegarán a repartir los actuales, pero los que se creen sí se podrán repartir”, confía José Manuel Martín.
Fórmulas ya en curso. Existen múltiples caminos intermedios y algunos ya se aplican en la práctica. De hecho, la OIT avanza que la crisis se ha notado, y mucho, en esa búsqueda de fórmulas para trabajar menos para que trabajen más. “La repartición de trabajo ha sido utilizada para preservar empleos durante la Gran Recesión de 2008 – 2009 y posteriormente”, recoge en su informe: La repartición del trabajo puede salvar empleos en tiempos de crisis. El investigador de la OIT, Jon C. Messenger, insiste en sus ventajas: no solo contribuye a evitar despidos en masa, los trabajadores pueden mantener sus empleos, las empresas logran sobrevivir y estar en una buena posición cuando se restablezca el crecimiento, mientras que los gobiernos y la sociedad pueden ahorrar sobre los costos del desempleo y la exclusión social.

Entre esas alternativas al despido, la recesión ha hecho que muchas empresas opten por reducir las horas de trabajo de su personal a fin de distribuir un menor volumen de trabajo entre el mismo número o similar de empleados. Si ésta contempla una parte de la prestación por desempleo recibe el nombre de Expediente de Regulación Temporal de Empleo, ERTE.

Pero hay más recetas. Además de la jubilación anticipada, hay quien ve un primer paso en ese reparto de la jornada laboral en el contrato relevo, que permite que un trabajador parado o con un contrato temporal sustituya parcialmente a un empleado de la empresa que accede a la pensión de jubilación de forma parcial, ya que la percibe simultáneamente con la realización de un trabajo a tiempo parcial en la misma compañía. “Es una herramienta de gestión extraordinaria para empresario y trabajador. Es una fórmula de éxito que facilita la jubilación, pero no deberían penalizarlo”, valora José Manuel Martín, sin pasar por alto que supone un coste para el Estado. “Tal y como está regulado, está desincentivado por la propia norma. Obliga a las empresas a pagar el total de la cotización”, critica, sin embargo, Cruz Villalón. “Solo está concebido para grandes empresas y no para una estructura tan micro como la española”, insiste.

Pero, sin duda, el paso más significativo en ese avance hacia el trabajar menos, trabajar todos, es el contrato a tiempo parcial en todas sus modalidades. “España partía de una de las cifras más bajas de toda la Unión Europea, aunque en la crisis se ha situado en la media comunitaria. Pero el margen de que crezca más este tipo de contrato es escaso”, analiza Cruz. En concreto, representa entre el 14% y el 15% del total de la contratación en España, mientras que en Alemania es el 25% y en Países Bajos llega al 50%.

Dentro del tiempo parcial, la crisis ha popularizado en España los minijobs alemanes que, según la OIT, salvaron unos 400.000 empleos e involucraron a cerca de 1,4 millones de trabajadores durante el momento más álgido de la crisis en mayo de 2009. Pero no solo los programas de trabajo compartido ya eran una realidad en Alemania antes de que arrancaran las dificultades económicas. También estaban extendidos en Austria, Bélgica, Canadá, Francia, Países Bajos y Suiza.

“El trabajo parcial es una opción positiva cuando es voluntaria, no cuando es la única alternativa que las empresas de determinados sectores ofrecen a personas desempleadas que no encuentran otra alternativa de empleo”, avisa Górriz. A continuación, advierte de que suelen llevar aparejados una retribución insuficiente para subsistir con un solo empleo, unos requisitos de flexibilidad horaria muy lesivos para la conciliación, y un déficit de protección social. “En España, trabajo a tiempo parcial es sinónimo de precariedad laboral”, resume el representante de CCOO.

No es el único que advierte de su letra pequeña. La OIT avisa de que este tipo de relación contractual solo puede aplazar despidos que serán inevitables en el futuro y que, por tanto, constituyen un despilfarro de recursos.

Tampoco este contrato se lo pone fácil al empresario. Al contrario. “Cuatro horas y cuatro horas no suman ocho. Ocho cuesta ocho y cuatro más cuatro cuesta más que ocho por lo que supone de gestión, costes indirectos, costes puros…”, critica Martín. En este sentido, el presidente de la patronal CEOE, Juan Rosell, ha dejado claro en las últimas semanas que el contrato a tiempo parcial podría llegar a ser “el contrato estrella” en los próximos años. “Por ahí va a venir el crecimiento del empleo”, pero Rosell reclama una mayor flexibilidad dentro de la reforma de la contratación que prepara el Ministerio de Empleo.

Cómo y cuánto. Defensores o detractores de la redistribución de jornada, otra de las claves fundamentales pasa por las condiciones en las que se aplicaría esa reducción y, sobre todo, qué reducción salarial implicaría. El reparto de ese tiempo puede hacerse por horas, por días, por semanas o por meses. Y, de nuevo, la realidad es tan amplia, que hay división de opiniones. Cruz defiende que, de hacerse, “no son aconsejables fórmulas de días completos de ocio”. Sin embargo, Martín considera que “lo que más le perjudica al trabajador, lo que más le incomoda es que reduzcan la jornada diaria. Tiene todos los inconvenientes y ninguna ventaja”.

En cuanto a las consecuencias económicas del trabajar menos para trabajar todos, el debate versa sobre el hecho de hasta qué punto la reducción de la jornada puede privar al trabajador de tener un salario justo y suficiente. “Debería hacerse de manera que la renta sea la misma porque supone un incremento importante de la población activa y de la ocupada. Entran más ingresos en el hogar y hay otro reparto de la protección asistencial y de la remuneración del trabajo”, defiende Joaquín Nieto, desde la OIT, para reclamar un cambio fiscal en profundidad. “Mantener el nivel salarial sería un suicidio económico porque dispararía los costes laborales y supondría una pérdida de competitividad y el cierre de empresas”, advierte Barceló.

Trabajar menos para trabajar todos sigue hoy de plena actualidad… y, cuando menos, habrá que planteárselo. No solo porque lo digan Slim, González y Branson.