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Jordi Sevilla: “Los recortes no han ayudado; más bien, lo contrario”


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La etapa de José Luis Rodríguez Zapatero no es recordada como una de las más gloriosas de la historia económica de España. Pese a ello, entre su equipo estaban personas como Jordi Sevilla, ampliamente respetadas en el panorama actual y recientemente incorporado por Pedro Sánchez para su “Gobierno en la sombra”. Sus conocimientos le avalan a la hora de juzgar la evolución de nuestro país, aunque lógicamente pueda discreparse en muchos aspectos. Él es el primero que lo hace a la hora de analizar la reforma laboral, la política de austeridad o el futuro de las pensiones.

En el año 2000 España tenía un 9,78% de desempleo, según la EPA. Quince años después tiene un 23%. El Consejo Empresarial de la Competitividad estima que podríamos estar en el 8% en 2018. ¿También cree usted que podemos volver a esas cifras? ¿Qué tendríamos que hacer para conseguirlo?
Poca gente sabe que la economía española es intensiva en capital y que en los últimos treinta y cinco años hemos manifestado una incapacidad crónica para dar trabajo a todos los que lo querían, excepto en el breve periodo de la burbuja inmobiliaria. Creo que ahora tenemos un núcleo crónico en el paro de gente con mala formación y demasiado tiempo fuera del mercado laboral. Eso no lo reduciremos solo a base de crecimiento. Harán falta medidas activas de empleo específicas de las que no se está hablando.

Usted estima que no hemos sido capaces de crear “productividad de la buena” ¿Cómo lo haría? ¿Qué ventajas y qué inconvenientes ve en la reforma laboral impulsada por el actual Gobierno?
Tal y como se mide la productividad, esta crece en España con el paro y disminuye con la creación de empleo. Es lo que llamo la productividad “mala”, que se ha visto estimulada por una reforma laboral cuyo principal objetivo ha sido facilitar la bajada de los costes salariales. Mejorar la productividad “buena” requiere un esfuerzo intensivo y continuado en mejorar la formación de la mano de obra, en innovación, en tecnología y en mejora de la gestión empresarial. Factores todos ellos que han sido y siguen siendo talones de Aquiles de nuestra economía. Es decir: tenemos que dejar de competir siendo más baratos que los otros para empezar a hacerlo por ser mejores en lo que hacemos.

También sostiene que hay reformas estructurales pendientes en el país. ¿Cuáles son las principales, por qué las aplicaría y qué se conseguiría con ellas?
En el sector privado las reformas estructurales pendientes son, precisamente, las que tienen que ver con la mejora de la productividad “buena” de la economía a la que nos referíamos antes. Sin olvidar dos de nuestras asignaturas no superadas, como son incrementar el tamaño medio de nuestras empresas y mejorar los niveles de competencia en una economía todavía demasiado oligopolizada. En el ámbito público, siguen quedando por hacer las dos grandes reformas de los ingresos públicos (en línea con lo propuesto en la Comisión Lagares) y de los gastos públicos para analizar y mejorar su eficiencia. No me interesa tanto el tamaño del Estado, si no que haga lo que tiene que hacer y lo haga bien. Este tipo de reformas nos permitirían incrementar el potencial de crecimiento de nuestra economía.

El despegue de la actividad exportadora ha sido una de las noticias positivas de nuestra economía en los últimos años. Sin embargo, usted ha dicho que no estamos aún a la altura de la globalización. ¿A qué se refiere?
Las exportaciones vienen creciendo en España mucho desde hace varios años, incluso desde antes de la crisis. Pero el verdadero rasgo diferencial de la globalización no es éste, si no el incremento en las inversiones extranjeras directas realizadas por las empresas españolas con un volumen y una extensión geográfica como nunca en nuestra historia. Si en 1990 no teníamos ninguna compañía multinacional, hoy en torno a dos mil tienen filiales o sucursales fuera. En el caso de las grandes empresas, ya ganan más dinero fuera que en España. Eso es un cambio estructural de nuestro paradigma económico. Las empresas son nómadas y viajan por el mundo, y la política económica sigue siendo pre-globalización.

Usted afirma que el incremento en el consumo de las familias es el que marca la reactivación económica de nuestro país. ¿Cómo ve la evolución de los salarios y los impuestos en estos años?
Los defensores de la llamada austeridad expansiva, según la cual el crecimiento económico vendría a base de ahorrar, tienen pocos datos en los que avalar su teoría. De hecho, la economía española ha empezado a crecer otra vez cuando ha regresado con fuerza el consumo y el crédito, es decir, el gasto, que es lo que mueve a una economía capitalista globalizada. La renta disponible de las familias no ha mejorado en estos años. Solo lo ha hecho muy tímidamente en los últimos meses como consecuencia de la mejora del empleo y la bajada de impuestos. El consumo está creciendo porque el Banco Central Europeo nos ha permitido recuperar confianza en nuestra moneda y a costa del ahorro, que sigue sin crecer como debería para hacer frente al todavía elevado endeudamiento. Las perspectivas salariales no son boyantes ni el margen fiscal restante grande. Por tanto, creo que el crecimiento del consumo privado está cerca de alcanzar techo, aunque no preveo ningún desplome.

Lamenta usted que no hemos vuelto a los niveles de renta y riqueza previos a la crisis, mientras que otros países de la zona euro lo han conseguido hace cuatro años. ¿Qué han hecho bien otros países que no hemos hecho nosotros?
El Gobierno reconoce en el Programa Estabilidad que a finales del 2016 habremos recuperado los niveles de renta previos a la crisis cuando otros países lo han conseguido mucho antes. Hemos tenido una crisis profunda y larga de la que estamos saliendo con mucha lentitud. Me gusta diferenciar la recesión de la que estamos saliendo, con crecimientos que este año se acercarán al 3%, de la crisis padecida por quienes perdieron su trabajo y deben la hipoteca de la que tardaremos mucho más tiempo en salir. Es seguro que la mayor dependencia de nuestra economía al crédito bancario la hizo más vulnerable a la crisis. La mayor lentitud en adoptar medidas como el rescate financiero y el banco malo tampoco ayudó. No obstante, todavía no alcanzamos los niveles de riqueza colectiva previos a la crisis.

En alguna ocasión se ha quejado de que somos el país de la UE con mayor déficit público y con mayor tendencia al alza de la deuda pública. Al mismo tiempo, alienta medidas como la creación de programas públicos para salir de la crisis, una medida que podría aumentar el endeudamiento. ¿Deben el Gobierno y la UE propiciar la salida de la crisis con este tipo de medidas de estímulo o deberían poner un mayor empeño en favorecer la libertad de mercado (menos impuestos para las empresas, unidad de mercado, etc.)?
No hay duda que después de Chipre somos el país de la UE que cerró 2014 con mayor déficit público y con mayor tendencia al alza de la deuda pública, que ha crecido un 40% en esta legislatura. Hasta 2010 la estrategia del G-20 para hacer frente a la crisis consistió en aprobar planes de reactivación económica basados en el gasto público. En nuestro caso eso fue el Plan E. Pero a partir de mayo de 2010, los ataques contra el euro buscando la salida de Grecia forzaron un cambio radical hacia la austeridad presupuestaria. En nuestro caso, se suavizó a partir del 2012 cuando se aplazó varios años el objetivo del 3% de déficit. Creo que recortes bruscos de la inversión pública y del gasto social en plena crisis de demanda no han ayudado, sino más bien lo contrario. Estados Unidos ha seguido una política keynesiana típica y ha salido antes y mejor de la crisis. La Unión Europea carecía de los instrumentos para hacer algo similar. Esa carencia institucional es la que nos ha sumido en una recesión mayor hasta que el Banco Central Europeo ha podido liderar el proceso.

El ajuste económico se ha llevado a cabo fundamentalmente en el sector privado. Usted es funcionario y ha sido ministro de Administraciones Públicas. ¿Cree que va bien encaminada la reforma de las Administraciones Públicas? ¿Sobran comunidades autónomas, ayuntamientos o funcionarios? ¿Tiene un tamaño razonable la estructura del Estado en España?
No estoy de acuerdo. El ajuste se ha llevado a cabo proporcionalmente a su tamaño tanto en el sector público como en el privado. Dicho eso, no podemos confundir recortes con reformas. Sigo creyendo que en estos años hemos asistido más a una desamortización inmobiliaria que a una verdadera reforma de las administraciones públicas, que acumulan mucho retraso en esta materia desde las leyes para hacerlo que se aprobaron en 2007. Repito que no creo que el problema de nuestro Estado sea de tamaño. Sí lo es de ineficacia en muchos aspectos; tal vez demasiados. Pero las decisiones institucionales sobre diputaciones, número de ayuntamientos o estructura territorial del país no pueden adoptarse por razones de cálculo económico. Soy partidario de reducir ayuntamientos y de suprimir las diputaciones de su configuración actual, pero no por razones presupuestarias, sino por motivos de eficacia y de democracia. Me sorprende, no obstante, que con todo lo visto estos últimos años en asuntos relacionados con la corrupción vinculada a contrataciones en administraciones locales, se haya hecho muy poco para corregir lo que ha fallado y evitar que vuelva a ocurrir.

El turismo nos está dando muchas alegrías. ¿Será suficiente? ¿Qué otros sectores ve con potencial para crear empleo y riqueza en España?
Hace tiempo que digo que los debates sobre el modelo productivo de un país no pueden hacerse en torno a sectores, sino en torno a vectores. Lo importante no es lo que haces (a qué te dedicas), si no cómo lo haces. En ese sentido, el turismo es un ejemplo de cambio en el modelo productivo: hacemos lo mismo de siempre, pero de una manera radicalmente distinta y mejor. Por tanto, pensemos cuáles son los elementos de mejoría (internacionalización, innovación, valor añadido, respeto al medio ambiente, etc.) que han tenido éxito en este sector para extenderlos a otros que, aunque sean tradicionales, dejarán de serlo al hacerlo de otra manera. Con todo ello, es evidente, que actividades como las vinculadas a las nuevas tecnologías, al tratamiento de datos o al medio ambiente van a tener demanda de trabajo en los próximos tiempos.

¿Sería necesario un pacto entre los partidos para apostar de manera seria y a largo plazo por la innovación y por una educación de calidad? ¿Ve factible que se consiga?
Cuando estalló la crisis en 2008 fui uno de los muchos que propuso públicamente la necesidad de un gran pacto de Estado para hacer frente a la misma y, de paso, resolver los problemas que se están enquistando en nuestro país: reforma de la Constitución, problemas territoriales, justicia, educación… Creo que hay muchas cosas que necesitamos hacer y que no son estrictamente ni de izquierdas ni de derechas. La más importante es garantizar mediante el consenso que las medidas acordadas se aplican durante el tiempo suficiente para que se venzan las resistencias y surtan efecto positivo. En España ya sabemos que el consenso es el método de los grandes cambios y las grandes transformaciones del país. Así ha sido en el pasado reciente. No encuentro ninguna razón para que no siga siendo válido hoy. De hecho, reto al lector a que elabore mentalmente una lista de los diez grandes problemas de este país y diga cuál de todos ellos los puede resolver un solo partido o un solo Gobierno. Espero que la ruptura del bipartidismo nos permita recuperar esta cultura del pacto y del consenso.

¿En qué medida y en qué aspectos ve que la desafección hacia la política está lastrando la economía española?
Entiendo la desafección política hermanada al sentimiento de cabreo ciudadano por la incapacidad de los dos grandes partidos para hacer frente a la corrupción y para resolver los graves problemas de la crisis económica. La aparición de nuevas opciones electorales, sin ser la panacea que ellos dicen que son, ha servido de espoleta y ha obligado a que los dos grandes partidos se pusieran las pilas. Sin embargo, las encuestas dicen que caminamos hacia un escenario nacional en el que va a ser difícil formar mayorías estables de gobierno y ello, qué duda cabe, se incorpora ya en los análisis de riesgo de España. Vivimos un mundo paradójico donde coexiste la rapidez y lo instantáneo de las tecnologías del siglo XXI, en todo menos en las respuestas de las instituciones políticas, que siguen moviéndose a ritmos del XIX. Tengo la impresión, sin embargo, de que los partidos emergentes han innovado mucho menos de lo que prometían en tecnología política y social.

¿Se está siguiendo una política adecuada para mantener las pensiones y la sanidad pública?
Ha habido un amplio y continuado debate sobre nuestro modelo de pensiones. Incluso se ha llegado a dos reformas recientes del Pacto de Toledo, una consensuada. La última ha sido impuesta por el Gobierno para introducir cambios paramétricos que garanticen la sostenibilidad del sistema. Creo, sin embargo, que ha llegado la hora de cuestionarnos el sistema e ir a unas pensiones que no se financien solo con cotizaciones sociales elevadísimas y que se integren más en el conjunto de las políticas sociales generales. Por su parte, el debate sobre el gasto sanitario se cerró tras la implantación del copago, hasta el punto que no se está evaluando ni tan siquiera la eficacia de este último. En ambos asuntos, sanidad y pensiones, tan importantes para nuestros presupuestos como para nuestra sociedad, creo que se ha producido una regresión peligrosa en el nivel de reflexión y debate político. Los problemas siguen, las prestaciones se deterioran, pero ya no se habla de ello.

Si el PSOE ganara las próximas elecciones generales, ¿qué medidas le gustaría que se implantaran? ¿Qué iniciativas no pudo impulsar en su etapa como ministro, y le gustaría que se pusieran en marcha?
No sé si el PSOE ganará las próximas elecciones generales. Sí parece que está mejor situado para encabezar coaliciones de gobierno. Es todo lo que puedo decir. El actual equipo dirigente, que cuenta con toda mi simpatía, tendrá que ir perfilando su programa y sus medidas. De mi etapa de ministro me gustaría que el Estatuto Básico del Empleado Público se desarrollara, introduciendo la evaluación del desempeño en la función pública. También me hubiera gustado que la Agencia de Evaluación de Políticas Públicas que creé se hubiera convertido en una pieza esencial de la modernización del gasto público en España. A algunos nos castigan los dioses con solo una vida para tantas tareas.



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