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El primer cura sindicalista

Manuel Pérez Arnal fundó en 1912 el primer sindicato femenino en España.


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Noviembre de 1911. Una fría noche valenciana, el sacerdote Manuel Pérez Arnal (Náquera, 1879-Valencia, 1946), se encuentra en la calle con una niña de 12 años. Agotada, y de camino a casa, le cuenta que ha estado trabajando más de 14 horas en un taller de confección. Su madre enferma, viuda y con cuatro hijos, no había podido ir a buscarla.

Desde aquella noche, el sacerdote emprendió su particular cruzada hasta fundar un sindicato que defendiera los derechos de las mujeres y acabara con las inhumanas jornadas en el sector textil de más de 12 horas al día, sin descmanuelperezarnalanso los domingos y festivos. Y todo para ganar, de media, 0,14 miserables pesetas a la hora trabajando de costurera, 0,16 pesetas como hiladora, y 0,19 pesetas de modista. En mayo de 1912 se fundaba así el primer sindicato femenino español, conocido con el nombre “de la aguja”.

Tan singular denominación se debía a que las 19 primeras afiliadas (llegó a tener más de 70.000) fueron costureras que pagaron como cuota de entrada una peseta, además de 25 céntimos todos los meses. El objetivo de su fundador era que las empleadas tuvieran una buena formación cultural y conocieran sus derechos y deberes para defenderse por sí mismas, además de ser capaces de frenar a los sindicatos anarquistas.

Y no resultó fácil: algunas trabajadoras calificaron al cura de “chiflado” al principio. Pero luego se plegaron ante sus conquistas: logró que la jornada laboral se redujese de 12 a 9 horas y que se suprimiese el trabajo los domingos y festivos, promocionó viviendas baratas para las empleadas, creó una escuela nocturna y un Taller de Paro (una especie de Inem) para colocar a los desempleados…

costurera

Su empuje fue tal que, durante la República, una representante del sindicato pudo exponer en las mismas Cortes la situación de la mujer trabajadora. Pero el clima político y social previo al a Guerra Civil frenó al sindicato. Algunas de sus afiliadas fueron apedreadas y expulsadas de los pueblos, e incluso asesinadas en plena contienda civil por sus ideas católicas. Su líder permaneció escondido en casa de una colaborada hasta 1939. Dos años después, el sindicato pasó a llamarse Obra Social Femenina.

 



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