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La avalancha que viene

La violencia y la pobreza empujan de modo imparable la inmigración irregular. La solución planteada para los que llegan es repartirlos por Europa mediante cuotas. ¿Es la mejor idea o habría que ver el fenómeno de un modo más constructivo y humano?


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Salir ilegalmente de Libia es protagonizar una aventura de terror. Quienes sobreviven cuentan escenas espeluznantes. Muchos han de subir a punta de kalashnikov a barcas de goma con cien viajeros, cuando les habían prometido que irían en barcos de madera. Otros son arrojados al mar, como los doce cristianos ahogados cerca de Italia tras discutir con pasajeros de otra religión. Otros mueren o ven morir a otros a machetazos o cuchilladas infligidas por los dos o tres traficantes que van a bordo de las embarcaciones.

Los que viajan sufren, y los que rescatan, también. A finales de 2014 y principios de este año, los traficantes utilizaban barcos de chatarra para transportar a los inmigrantes. Partían de las costas turcas. Cuando se aproximaban a Italia, los dejaban a la deriva o a toda máquina con los sistemas de navegación averiados para forzar el rescate, y ellos regresaban en una embarcación rápida. La policía italiana acudía al abordaje descolgándose desde helicópteros. “La situación era de mucho riesgo para los inmigrantes y para la navegación comercial. Un barco así a toda máquina, sin gobierno, es una bomba”, cuenta Gil Arias, director ejecutivo de Frontex, agencia de la Unión Europea encargada de la gestión de la cooperación operativa en las fronteras exteriores.

Este español ha vivido momentos extremos. En el Mediterráneo central, con inmigrantes procedentes de Libia ya recogidos, las unidades de rescate se prestaban a remolcar el barco a territorio italiano y ponerlo a disposición de las autoridades. Los traficantes acudían con lanchas rápidas y les tiroteaban. Su objetivo era evitar que se llevaran el barco. Es su medio de negocio y lo necesitan para reutilizarlo. Los guardianes de la ley no tenían más remedio que abandonarlo y dejarlo al alcance de los criminales. “Han sido dos ocasiones, pero no descartamos que vuelvan a producirse en el futuro”, señala Gil Arias.

Los traficantes viven de esto. La inmigración irregular es también un negocio. El número de clientes llegados a la UE subió el año pasado a 283.000, el doble que tras las Primaveras Árabes. Más de 170.000 eligieron Italia (el 61% de los que llegaron a la UE, frente al 3% de España). Cada pasaje cuesta entre 600 y 1.000 euros, según se elija barca grande o pequeña, viajar en cubierta o en bodega. Una simple multiplicación desvela que el tráfico de Libia a Italia genera entre 100 y 170 millones de euros. Tras restarle los gastos (compra de barcos, agua), la mafia que la gestiona gana más de 80 millones, según un estudio. Pero Gil Arias cree que los cálculos de las ganancias pueden quedarse cortos. Los barcos fantasma de Turquía han sido incluso más rentables que los de Libia: cobraban 7.000 euros por pasaje y eran más grandes (400-500 plazas).

La pérdida de vidas humanas es la nota característica de esta ola de inmigración. Antes no era tan habitual. Este año la situación va a peor. “Estamos en un momento especialmente crítico”, reconoce Gil Arias. Por eso el Papa Francisco reclama una mayor implicación de Europa en la solución de este problema.

Desde la década de los 90, la inmigración ha llegado desde el África subsahariana y ha obedecido a motivos económicos. El abandono de los países de origen ha sido tradicionalmente por pobreza o por la búsqueda de refugio político. Esta diferenciación se ha reducido en los últimos tiempos. Las dictaduras más sangrientas, que podrían provocar la salida de ciudadanos, se producen también en los países más pobres.

Las tensiones en el norte de África han puesto de manifiesto que los países europeos gestionaban de modo individual estas tareas. No había una labor conjunta continental. El freno a la inmigración irregular ha saltado por los aires tras venirse abajo la situación en Túnez y en Libia. Italia ya no tiene mecanismos de stop para el salto de personas desesperadas.

La UE ataca el problema en los países vecinos. Por ejemplo, trata de contener los flujos de entrada a Libia. Pero es muy difícil. Aquello es un avispero. “Las milicias, los grupos tribales, campan a sus anchas tras la destrucción del régimen de Gadafi. El Estado Islámico gana terreno en el noreste del país”, señala Gil Arias. La colaboración con las autoridades libias es implanteable. “No hay a quién dirigirse para negociar. Hay indicios de que los supuestos miembros de las fuerzas del orden están implicados con las redes de traficantes. La situación es complicada”, agrega. Los flujos de inmigración ilegal más intensos se dan entre Libia e Italia, pero también son importantes los que salen de Iraq y Afganistán; Eritrea y Somalia, que se hallan en descomposición; Gambia y Senegal; Mali. Entre Turquía y Bulgaria, Serbia y Hungría, empiezan a ser preocupantes, aunque a priori no hay riesgo de muertes.

Los esfuerzos de la UE van de momento dirigidos a las operaciones donde la vida corre peligro: Tritón (Italia) y Poseidón (Islas griegas). El presupuesto de Frontex ha crecido, pero puede ser insuficiente. “Nos falta personal para coordinar el trabajo y barcos y aviones para invertirlo”, señala Gil Arias. “El dinero no sirve de nada si la inmigración se incrementa por tres, como ha ocurrido, y los Estados no tienen barcos o aviones para nuestras operaciones. Tendremos que devolverlo si no hay dónde utilizarlo. Otra opción sería que nuestra agencia pudiera comprarlos, pero significaría multiplicar nuestro presupuesto. Lo veo poco realizable”, añade.

Los inmigrantes ven Europa occidental como un lugar que les puede aceptar, acoger y respetar sus derechos humanos. También EEUU, Australia o Canadá, pero llegar allí requiere mayores medios económicos. “Hay pocos destinos alternativos a Europa. Las ricas monarquías petroleras no acogen refugiados, y los países asiáticos vecinos están envueltos en conflictos o tienen prejuicios étnicos o religiosos”, explica Carmen González Enríquez, catedrática de la UNED e investigadora principal de Migraciones Internacionales del Real Instituto Elcano.

¿Racismo o miedo? La situación en Europa, de todos modos, corre un cierto peligro. “La opinión pública está avergonzada por las muertes, pero también ve a los inmigrantes como una amenaza”, explica González. Los estudios sobre las actitudes frente a la inmigración reflejan ese comportamiento ambiguo. No se trata de una división entre xenófobos y humanitarios. Al parecer, todos vemos pros y contras, un conflicto entre salvar vidas y el temor a estos extranjeros como competidores económicos, usuarios del Estado del Bienestar y posibles radicales islamistas. “Acontecimientos como el de los cristianos arrojados al mar son la peor publicidad”, señala la investigadora del Elcano.

González estima que las élites políticas europeas se hacen eco de sus sociedades, y temen la llegada de esta migración musulmana. “No está claro que Europa disponga de mecanismos de información y control para evitar posibles daños por la llegada de algunos radicales islamistas”, afirma. Tampoco que pueda asegurarse la salida de los que reciben una orden de expulsión. Ahora, sólo el 40% de éstos regresa efectivamente a su país.

Lo que está claro es que el fenómeno de la inmigración no va a decrecer próximamente. Los conflictos siguen en pie. El año pasado fue el de mayor número de refugiados y desplazamientos internos desde la II Guerra Mundial. Según ACNUR, se trasladaron 51 millones.

En cuanto a la inmigración irregular, no hay quién la frene. La operación Mare Nostrum atrajó 150.000 inmigrantes a Italia, muchos más que en años anteriores. Y se acabó porque Italia no podía asumir el coste, y dio paso a la operación Tritón. Su coste es menor, e implicaba poner la vigilancia fronteriza más cerca de Europa y más lejos de África. Más riesgo para los inmigrantes. Pero no ha sido un obstáculo: el número de los que han llegado se ha triplicado. “A España han seguido llegando muchos inmigrantes a pesar de la crisis y de la enorme tasa de paro que hay entre ellos. Hay una inercia, unas expectativas. Se tarda años en ver que la situación ya no es como antes”, señala González. La experta de Elcano apunta que “la UE debería plantearse de nuevo la creación de centros de solicitud de asilo en el Norte de África. En su momento se rechazó. Al no depender de la soberanía europea, se entendía que no podría garantizarse allí el respeto a los derechos humanos. Pero en estas condiciones pueden ser el mal menor, una solución”.

Entre esos grandes remedios está la asignación a cada país de cuotas de refugiados en origen (los que aún no han entrado en la UE). La ONU recomienda 20.000 anuales para Europa. La cifra está lejos de la que recibe EEUU (60.000) y de la que acoge nuestro continente (7.000). Pero la situación se ha hecho insostenible.

Hay además instituciones como Médicos sin Fronteras que realizan un gran trabajo. Entre el 2 y el 14 de mayo rescataron a 1.256 personas y asistieron en el salvamento a otras 101 en el Mediterráneo. Los dirigentes de esta ONG ven bien el paso adelante dado por la UE, pero les preocupa que su lucha contra los traficantes ponga en peligro a las personas que ellos salvan y protegen.

En realidad, las medidas paliativas no resuelven ni clarifican el problema ante el que nos hallamos; lo ocultan, al desviar la atención al lado técnico. Detrás están los hechos, y son tozudos. Nos encontramos en un proceso creciente, y la verdad es que esta guerra parece perdida de antemano. La presión osmótica lo hace imparable. Haría falta un cambio de condiciones. Europa puede liderar el proceso y orientar el flujo a zonas despobladas que reclaman brazos. España misma quizá debe tener un papel protagonista. No solo por posición geográfica, clima y cultura. Además, está despoblada.

La población ha emigrado a América desde hace cinco siglos. Nuestro país está habitado en la costa y en el centro. El resto está bastante vacío. Inglaterra o Italia tienen casi el doble de población en la mitad de la superficie. Quizá a España podría venirle bien tener 70-80 millones de habitantes. Tirarían de la construcción, resolverían el problema piramidal de la Seguridad Social y cambiarían el mercado. ¿No habría créditos de la UE para este proceso? ¿Qué territorios serían receptivos? Sería un fenómeno del calibre de la reunificación alemana. Pero no parece que estemos dispuestos a acometerlo.

 

Una vida dura

Según Frontex, agencia de la UE, los inmigrantes de África suelen ser varones de entre 18 y 40 años. A veces aparecen niños y mujeres. Lo habitual es que cada familia envíe al más fuerte y capaz para que mande dinero a casa cuando esté trabajando. “Son aventureros que sobreviven al día. También hay una red de inmigrantes que se mueve en trabajos en negro, cuidado de niños, venta ambulante y prostitución”, señala un investigador de este fenómeno en España. Aunque reconoce la dureza, este experto cree que podrían poner más de su parte: “En todos los municipios hay talleres para aprender castellano, pero pocos africanos acuden a estos centros”. Muchos de estos inmigrantes viven en la ilegalidad. “Los documentos exigidos no están al alcance de muchos”, admite ese investigador.

Los inmigrantes sirios tienen un perfil distinto. Suelen viajar familias; hasta tres generaciones: abuelos, padres e hijos. Su poder adquisitivo es alto. Huyen de la guerra, no de la pobreza. Tenían medios, pero el conflicto o la persecución les hace escapar de su país. Como es lógico, al igual que los africanos, buscan un lugar mejor para ellos y para sus familias, aunque a nadie le gusta abandonar el lugar donde nació.



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