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La gaviota encerrada en el círculo

El PP se enfrenta a un desafío contundente. Rajoy piensa que su gestión económica debería bastarle para volar y ganar las elecciones, pero la corrupción y el ‘pasteleo’ con los principios del partido lastran y hacen dudar a sus votantes sobre la veracidad de sus propuestas.


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Madrid, 10 de julio. Conferencia política del Partido Popular. Un vídeo de Lillian Tintori, mujer del preso venezolano Leopoldo López, abre el evento. En él, Tintori da las gracias a Felipe González y a Mariano Rajoy por su cercanía, y sirve al presidente del Gobierno para centrar el mensaje clave de su campaña electoral: la libertad. “¡La vamos a afirmar y la vamos a defender!”, afirma con fuerza el primer ministro.

El golpe de efecto es evidente, y los destinatarios, también: el miedo a Podemos y a su supuesta identificación con las formas de actuar bolivarianas; el ataque colateral al PSOE, por haber apoyado a los populistas en diversos ayuntamientos y comunidades. ¿Pero se puede decir que el PP favorece la libertad? ¿Un partido que sube los impuestos a niveles históricos y ahoga la vida económica, que no permite el debate interno en sus filas? ¿Quién cree la apología de la libertad si se siente maltratado?

Desde luego, estamos hablando de niveles distintos. España, por fortuna, está muy por encima de Venezuela en niveles de libertad. Pero las cotas de corrupción siguen siendo indignantes, como lo son las dificultades para llegar a final de mes o las infinitas trabas municipales y autonómicas para las iniciativas y para crear empresas.

Los partidos políticos tienen mucho que hacer. En primer lugar, el que está actualmente en el Gobierno. Quizá por eso, Cayetana Álvarez de Toledo cree que la conferencia política fue una oportunidad perdida. “No ha servido para plantear un debate profundo”, señala. En opinión de esta joven diputada del PP, nos encontramos en el momento más crítico desde que se llevó a cabo la Transición. Piensa que España necesita una fuerza política de centro derecha moderna, abierta, fuerte, valiente, liberal y ganadora. Su objetivo debería ser agrupar a todo el espacio de la razón frente al populismo y la puerilidad, “mezcla de banalidad, demagogia, iconoclastia y adanismo”, dice. “Se trata a los ciudadanos como menores de edad. Se juega con la irracionalidad y la irresponsabilidad. Hay que fomentar la razón y la verdad política”, añade.

¿Cómo se concreta todo esto? Ella habla de tres posibles ejes para el programa político del PP: Constitución, calidad democrática y clases medias. En cuanto al primero, se refiere a la defensa de los valores constitucionales (libertad, igualdad, solidaridad entre regiones) por encima de nuevos procesos constituyentes, como defiende Podemos. En cuanto al segundo, habla de “despolitizar la justicia, algo que incumplimos y deberíamos recuperar”; de “reformar el Parlamento. Que el destino de los españoles se decida en él en lugar de en la televisión. Que la autonomía de los diputados sea mayor. Las cúpulas deciden todo”; y de “agilizar la participación en los partidos”. Y en cuanto a las clases medias, afirma que es una de las banderas que tenía el Partido Popular, ha perdido y tiene que recuperar. “En los 90, con Aznar, se bajaron los impuestos y el gasto público, se creó empleo, se fortaleció la sociedad y el Estado se hizo más ágil. Habría que hacer una reforma fiscal con menos impuestos, más sencillos y más bajos y contener el gasto público haciendo sostenible el Estado del Bienestar”, señala.

Las ideas de esta diputada son como una voz que clama en el desierto. De hecho, ha sido una de las pocas en dudar de que Rajoy fuera el candidato ideal para las próximas elecciones. Esta discrepancia hace que se la vea un poco solitaria en sus planteamientos. “No hay que tener miedo a competir, a debatir o a discrepar. Ni siquiera en público. Creo que es algo sano. No es incompatible con un proyecto unido, sólido y fuerte”, dice. “El PP tiene un problema de desafección y desconexión con sus votantes y electores. Hay una distancia inmensa que tiene que reducirse. Un congreso abierto en el que los mejores equipos debatieran sobre proyectos políticos sería un revulsivo impresionante para movilizar y reencontrarse con los electores”, añade.

Quizá más adelante. De momento, el partido busca fórmulas. “Estamos trabajando en nuestro programa electoral. Contamos con la ayuda de nuestros 800.000 afiliados y de los ciudadanos que quieran hacer aportaciones”, afirma Fernando Martínez Maíllo, vicesecretario de Organización del PP. Un sistema que a Álvarez de Toledo no le gusta: “Las ideas debemos tenerlas nosotros. Ofrecerlas y debatirlas, no al revés. Se nos paga por ello. La izquierda ya lo hace. Por ejemplo, ha decidido que la Constitución no sirve”. De todos modos, está por ver su eficacia: “La gente dice que quiere transparencia y participación. La realidad es que luego ves los datos y, salvo en las elecciones, se participa muy poco”, señala Lourdes López Nieto, catedrática de Ciencia Política de la UNED. La militancia también cae en todo el mundo occidental, aunque España es de las que más tiene. López Nieto tampoco ve mucho sentido a otras iniciativas de las que se habla. Sobre las primarias: “El artículo 29 de la Ley Electoral de 1907 dice que no habrá elecciones cuando se presente un solo candidato, y es lo que pasa en la mayoría de los casos”. Y en cuanto al límite de mandatos, “también es absurdo. Salvo los alcaldes, la mitad de los elegidos (parlamentarios, concejales) dura una legislatura”.

Movimientos de cartas y palabrería barata para entretener al pueblo con una imagen de apertura. Aunque la verdad es que, en este caso, parece que la culpa es del pueblo, por no participar. En cualquier caso, el día a día de la maquinaria electoral está centrado en otros asuntos. El PP se ha marcado como objetivo sacar lustre a sus logros económicos. Repite una y otra vez que ha sacado a España del pozo en el que la dejó Zapatero. La mejora en los datos económicos y en las cifras del paro es incuestionable. Se debe a las medidas que tomó el Gobierno, aunque algunas recetas se salieran de su política tradicional. “El Gobierno va a vender una política económica de éxito. Ha sido pragmática y ha sacado al país del agujero. Pero no ha sido liberal, sino cuasi socialdemócrata. Lo público se ha ocupado de salvaguardar el Estado del Bienestar (pensiones, sanidad, educación). Un sistema liberal hubiera dejado el dinero en manos del ciudadano para que decidiera”, señala José Ramón Pin, profesor del IESE. ¿Podría el paro haber bajado antes? “Si en vez de subir el IRPF y mantener el IVA se hubiera subido el IVA y se hubiera bajado el IRPF, hubiera habido menos desempleo”, afirma Pin. Con más dinero en el bolsillo, el ciudadano hubiera consumido más, y eso implica producir más y crear un mayor número de puestos de trabajo. “Pero eso ya es llorar sobre leche derramada. Es lo que van a hacer a partir de ahora”, añade el profesor.

Los impuestos escuecen. Sobre todo, porque en campaña se había dicho que se iban a bajar. “Era una necesidad. O lo hacíamos o casi nos intervenían. Había que garantizar los servicios públicos: sanidad, pensiones y educación. En IRPF ya se paga menos que cuando entramos”, señala Martínez Maíllo. Aunque ese logro no se ha producido en todos los tramos. El crecimiento económico, dice, permite ahora devolver a los ciudadanos el esfuerzo que han hecho, algo que no ocurre en Grecia. Pero su partido deberá vencer en más frentes si quiere recuperar votos. La corrupción es uno de ellos. “Nos avergonzamos por los que nos han traicionado. Pero nadie es ajeno a estos comportamientos. Mire Ciudadanos con la Operación Púnica. Otros quizá no tienen casos porque aún no han gobernado. Lo importante es que nadie es impune en este país. Se persigue la corrupción, se condena y muchos están en la cárcel. El que la hace, la paga”, añade. Pero quizá no sea suficiente: no explica la falta de previsión, las cegueras y complicidades encubiertas.

Cataluña podría ser otra bomba de relojería. “Confiamos en que eso no va a pasar (la independencia)” dice Maíllo. En el PP estiman que otra Cataluña es posible, y lo que hay allí es una huida hacia adelante y un presidente autodestructivo con su partido y la coalición que tenía. “Estamos con los que se sienten catalanes, españoles y europeos”, añade. No cree que haya habido una falta de habilidad política con Artur Mas por parte de Mariano Rajoy: “Se ha reunido mucho con él. Está abierto al diálogo, pero dentro de la Constitución, no en un marco de independencia sí o sí”.

Maíllo confiaba en obtener un buen resultado en Cataluña en septiembre con el nuevo candidato, Xavier García Albiol, y su número dos, Andrea Levy. “Son un tándem perfecto”, afirma (este reportaje se publicó en Capital antes de las elecciones). Pero está claro que el partido tiene mucho que hacer en esta y en otras regiones tras el batacazo en las últimas elecciones municipales y autonómicas. “Un resultado negativo en Cataluña pasaría factura al PP. Y en cuanto a otras regiones, por ejemplo, PSOE y PNV se entienden muy bien en el País Vasco”, señala Cayetano González, analista político, periodista y ex director de Comunicación de Jaime Mayor Oreja en el Ministerio del Interior.

Piensan que el nuevo talante será clave para un PP que en los últimos tiempos se ha convertido en un partido antipático y hasta odiado por muchos. El intento en la transformación de esa imagen ya ha comenzado con las nuevas caras, el nuevo logotipo y la mayor presencia en los medios. “El cambio ha sido sideral. De no dar entrevistas, a conceder dos o tres diarias, ver a varios ministros en diversas televisiones, ocupar tertulias…”, reconoce Pablo A. Iglesias, director de Información de la agencia Servimedia y seguidor durante los últimos doce años de la actualidad del PP. Muy negro tiene que haberlo visto el presidente del Gobierno.

Las preguntas son si este zafarrancho será suficiente y si está bien orquestado. No es cuestión de maquillar. “Si el PP plantea una campaña de estabilidad contra inestabilidad, amparada en un equipo amplio compuesto por personas con experiencia y caras nuevas con un perfil mediático y carismático, el presidente puede desempeñar un papel. Si se apuesta por una campaña personalista en la que él lleva la voz cantante y se le enfrenta con los otros líderes, es una estrategia suicida. Hay que tener en cuenta que es el líder peor valorado de la democracia”, señala un experto en comunicación política que prefiere permanecer en el anonimato. Se entiende que ganar la confianza no es fácil. Sobre todo, en tan poco tiempo.

Acercamiento al pueblo. Es parte de la estrategia para intentar ganar las elecciones. También cerrar filas para mostrar a un partido unido. Las chispas han saltado a lo largo de estos años y se trata de evitar que se produzcan incendios. Al parecer no es buena la relación de la secretaria general del partido, Maria Dolores de Cospedal, con Javier Arenas, vicesecretario de Autonomías y Ayuntamientos, o con la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, o entre el denominado G8 (ministros y ex ministros amigos del presidente: García Margallo, Ana Pastor, Jorge Fernández, José Manuel Soria, Arias Cañete, Wert, Catalá y García Tejerina) y los “sorayos” (la propia Soraya, Fátima Báñez, Alfonso Alonso, José Luis Ayllón…). “Rajoy ha obviado el partido. Ese ha sido un error gravísimo”, señala Lourdes López Nieto. De ahí su mayor presencia en las reuniones del partido y el emerger de Jorge Moragas, uno de sus hombres más cercanos, que coordina la información entre Moncloa y Génova. Además de dirigir la campaña electoral, Moragas tratará de evitar luchas subterráneas, como la que se produjo en la elección de José Manuel Moreno para liderar al PP en Andalucía. El clan Arenas-Soraya se impuso en esta ocasión a Cospedal. Pero la vicepresidenta “está siendo abandonada y va en caída”, afirma el analista y periodista Fernando Jáuregui.

El PP en pleno es un hospital de campaña. Desde Montoro, el malo de la película, que ya ha dicho que no quiere continuar, a su compañero en materia económica, Luis de Guindos, que hará lo mismo. “En caso de que ganen, me cuesta pensar en ministros que puedan repetir. Quizá Alonso (Sanidad)”, señala Federico Quevedo, periodista y analista político.

Habrá que ver qué pasa tras las elecciones. “Muchos están a la expectativa. Creo que Gallardón no ha dicho su última palabra”, señala Quevedo. “El sucesor de Rajoy podría ser alguien que hoy es desconocido”, estima Graciano Palomo, analista y periodista. Pero no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo.

El Partido Popular está convencido de que puede ganar. La duda está en qué posición ocupará tras los comicios. “Su sueño es llegar a los 150 escaños”, afirma Pablo A. Iglesias. Un sueño difícil de realizar. Las encuestas le dan alrededor de 130, muy lejos de su objetivo y de los escaños que tienen en la actualidad (186).
Le quedan unos meses para intentarlo. Frente al PSOE, el PP esgrimirá su capacidad para arreglar la economía y el empleo. “Son el gasto alocado y sin control”, afirma Martínez Maíllo. Y otros asuntos, como sus “incoherencias” (decir que no iba a llegar a acuerdos con Podemos y luego apoyarlos, criticar la renta básica y después casi copiarla), pactar con quien haga falta para expulsarles del poder, usar la bandera de España “cuando le interesa” o sostener gobiernos con independentistas, como ocurre en los ayuntamientos de Tarrasa o Casteldefels. Contra Ciudadanos, Maíllo argumenta que “no sabes qué votas. Pactan con el PSOE en Andalucía, en Madrid con el PP, en Toledo con el PSOE y con Podemos… Es una permanente incertidumbre”.

En cualquier caso, la clave para el PP será movilizar a los 2,4 millones de votantes que perdió en las últimas elecciones municipales. “Los que se fueron a Vox ya han vuelto”, afirma José Ramón Pin. “En julio manejaban encuestas que les decían que habían recuperado cuatro puntos desde las municipales”, asegura Quevedo. Si estos datos se confirman y aumentan, tendrán que pactar. Y ahí parece que solo tienen la opción de arañar votos de nacionalistas y un acuerdo con Ciudadanos. “Si se diera esa situación, les van a exigir mucho. No va a ser tan fácil como cuando Aznar pactó con CIU y PNV, que solo querían dinero”, afirma Quevedo. Además, “Ciudadanos no ha dicho que vaya a pactar con el PP”, apunta Cayetano González. En cualquier caso, parece un escenario posible: “Ciudadanos y PSOE solos no suman, y Ciudadanos no va a pactar con Podemos”, asegura Quevedo. Además, “la relación de Albert Rivera con Cristina Cifuentes es excepcional. Podría servir de puente”, según Pablo A. Iglesias. Otros no ven tan clara la posibilidad: “Cada vez más gente me dice que Pedro Sánchez será el próximo primer ministro, y cada vez menos gente me dice que lo será Rajoy”, augura Fernando Jáuregui. Pase lo que pase, lo que está claro es que ya no existe el voto cautivo. “Ese ha sido el gran error del centro derecha en los últimos años”, señala Cayetana Álvarez de Toledo. “Lo que sí hay en España es mucho voto huérfano, que está deseando ver una alternativa poderosa y atractiva en ese ámbito ideológico. Esa es la gente que hay que movilizar y reagrupar. Unos están en otros partidos; otros se fueron a la abstención y otros están huérfanos”.

La alternativa está entre la socialdemocracia (PP), el socialismo (PSOE), el socialismo radical (Podemos) y la indefinición (Ciudadanos). En el escenario político se han volatilizado el centro, el liberalismo y la derecha. El PP se ha perdido; se ha dislocado la relación con su base social sustentadora. Un fruto amargo del deslizamiento por pasteleo y corrupción. En realidad, la suerte está echada desde aquellos días en que sucedieron cosas como el abandono de la Fiscalía General del Estado por parte de Eduardo Torres-Dulce. El sistema que le violentó perdió legitimidad al quedar fuera de juego un hombre íntegro como él. Algo parecido le pasó también a Zapatero con su ministro de Economía. Los guiños y sonrisas resultan ridículos cuando los dados ya han sido echados y marcan un número imprevisto.

 

Decidirán los nacionalistas y los menores de 40 años

Los españoles por debajo de 40 años son los que han cambiado el panorama político y pueden seguir haciéndolo. Los que votaban al PSOE se fueron en buena medida a Podemos y los que optaban por PP a Ciudadanos. El paro y las dificultades con la vivienda han lastrado la confianza de este tercio de votantes en las formaciones tradicionales. Las caras nuevas del PP (algunas se sitúan en esa franja)  y su anuncio de medidas sociales van en la línea de reconquistarles. “Los cambios en la opinión pública son lentos, pero lo notarán”, explica el sociólogo Narciso Michavila, presidente de GAD3. Este experto percibe que va calando la idea de que el Gobierno ha mejorado primero los datos macro y ahora va a por los micro, con la denominada ruta social y un nuevo equipo creado al efecto. El avance en la economía favorece al PP, pero también al PSOE. “La gente piensa que el PSOE no puede volver hasta que la economía esté arreglada. Para poder repartir, tiene que haber. Y ya está percibiendo que la crisis va quedando atrás”, dice. Por el contrario, la corrupción penaliza en las encuestas a los partidos tradicionales. El votante de Ciudadanos es de mayor poder económico que el de Podemos, pero ambos son jóvenes y bien formados. “El 60% de sus votantes es varón. Las mujeres suelen votar a los partidos tradicionales, al igual que los jubilados, que optan por el bipartidismo”, señala Michavila. Por eso el voto de éstos últimos no cambiará gran cosa, pero sí el de los primeros. En cualquier caso, “la edad es la clave diferencial del voto en todas las democracias occidentales, por encima del género y de la clase social”, señala Michavila. “La irrupción de las nuevas formaciones provoca que los partidos tradicionales pierdan poder de negociación frente a las formaciones nacionalistas, como ya ha sucedido en las elecciones municipales y autonómicas. Lo único claro ahora es que las formaciones nacionalistas van tener más poder que nunca”, apunta Michavila.



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