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¿Hacia dónde va el poder global?


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Javier Díaz-Giménez, profesor del IESE, es feliz en su año de estancia en Los Ángeles (California). Como buen observador de la economía, allí disfruta con la flexibilidad de los que viven en el país, que pueden trabajar por las mañanas en lo que les gusta (la música, por ejemplo) y por las tardes complementar su salario trasladando clientes con su coche gracias a Uber; con los horarios comerciales, que facilitan tener ingresos en cualquier hora del día; con el clima, que es tan bueno como en Canarias, o con la calidad de sus universidades, que copan los rankings de las mejores del mundo y son capaces de atraer talento de Oriente o de España, como el de un profesor amigo suyo que no piensa volver a nuestro país.

Esa flexibilidad, capacidad de adaptación y de atraer y retener talento es la principal cualidad que puede permitir a un país de “tan solo” 350 millones de habitantes competir con mastodontes como China y la India, que superan los 1.000 millones. De hecho, estima que esa habilidad para atraer y retener talento es la que no sabe si China será capaz de lograr y, desde luego, asegura que Europa no ha sido capaz de entender.

Pero no nos engañemos. Javier reside en una de las partes más atractivas del país: la costa Oeste; la más occidental, la que más ha notado positivamente el impacto de las nuevas industrias tecnológicas y financieras.

Si miramos otras zonas de Estados Unidos, la situación es más bien de confrontación. La visión de las costas y los Estados del Norte, más demócrata, contrasta con la republicana del interior y del sur; la percepción del 5% de ricos (los que ingresan más de 200.000 dólares anuales) no tiene nada que ver con la de los miembros de la clase media y media-baja, que ven cómo sus ingresos están estancados o bajando desde los años 70; los de los ciudades, con un mayor nivel de educación, coinciden poco con los del campo; los blancos van aparte del resto. “El país no había estado tan dividido desde los años 70 o la Guerra Civil. Hace diez años no había tanta fragmentación”, afirma Paul Isbell, Senior Fellow del Center for Transatlantic Relations de la Johns Hopkins University SAIS.

Esta amalgama de circunstancias, añadida a la entrada de empresas extranjeras en el país por la apertura comercial y el derrumbe de industrias norteamericanas como la automovilística, redunda en una aparente pérdida de influencia del país. Más aún si se considera el probable fracaso del TTIP (Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones), que en algunos ambientes se interpreta como una caída de relevancia de Estados Unidos. Pero ellos no se resisten a perder su papel. “No hay una sensación de inevitabilidad en cuanto a que China pueda convertirse más tarde o más temprano en el país más poderoso del mundo. No hay esa percepción”, señala Paul Isbell. Pero sí “hay mucha autocrítica respecto a la política exterior.

Siguiendo la evolución actual, el avance de China podría suceder, pero no tiene por qué ocurrir. Esa es la principal tarea que el país tiene después de las elecciones”, añade este experto.

Como se vio en la última campaña electoral, recuperar la clase media es uno de los objetivos. En esta línea iban, por ejemplo, medidas como la anunciada por Hillary Clinton de subir los impuestos al 5% de los más ricos. Con ese aumento de ingresos se abonaría la matrícula anual de los universitarios, un modo claro de aliviar la carga financiera de la clase media-media baja e intentar impulsar la formación de ese importante segmento de población. También cubriría la apuesta por las energías renovables, que requeriría de abundante mano de obra, mucho mayor que cualquier proyecto relacionado con energías fósiles. Esos puestos de trabajo irían dirigidos a los ciudadanos del país.

Estos mimbres podrían ayudar a Estados Unidos a prepararse para la batalla global. Además, tendría que tratar de solucionar otros problemas relacionados con la política exterior. Rusia, un buen socio hasta hace diez o quince años, le ha amenazado respecto a la situación en Oriente Medio y ha ubicado una flota en Siria. Filipinas, que hasta ahora había sido un aliado muy fuerte, cuenta con un presidente que ha proclamado su independencia de Estados Unidos y ha firmado un pacto estratégico con China. “Nunca habíamos estado en una situación tan delicada”, reconoce Isbell.

La batalla entre Estados Unidos y China está, de todos modos, ensombrecida por el creciente grado de proteccionismo a nivel mundial. Hasta hace poco tiempo, la fortaleza de ambos había residido en las exportaciones. El modelo de China ha evolucionado hacia el consumo interno desde hace cinco años. “Está insistiendo más en los servicios que en la industria; es una estrategia más hacia dentro que hacia fuera. Se trata de cubrir las necesidades de los chinos. Buena falta les hacía a muchos, que probablemente se encontraban en una situación económica deteriorada por la proyección exportadora que ha tenido el país”, explica Rafael Pampillón, economista de IE Business School.

Pero este cierre de fronteras “es malo para todos”, estima Pampillón. “Las pegas al TTIP con Europa que ponían Clinton y Trump son negativas, pues podría traer un crecimiento mayor en el mundo y en Estados Unidos”, afirma. De hecho, “los americanos han ganado mucho más con la apertura a lo largo de décadas gracias a las exportaciones”, admite Paul Isbell. Pero el futuro no está claro que vaya a ir en este sentido. “Va a ser difícil que haya más apertura. Los nuevos tratados lo van a tener más complicado”, augura Javier Díaz-Giménez.
Pampillón no tiene dudas en que China será la primera economía en el año 2050, seguida de la India, Estados Unidos, la Eurozona y Japón. “Estados Unidos tiene una renta per cápita mayor y es muy superior tecnológicamente, pero China ya está en el tercer puesto en inversión en I+D. Está ganando territorio. Ya no fabrica balones de fuego y juguetes. Produce artículos de alto valor añadido”, señala.

India, por su parte, viene de mucho más abajo, pero cuenta con varias ventajas: “Sus habitantes hablan inglés; su población aumenta más rápido porque no tienen la política del hijo único; llevan dos años seguidos con un crecimiento económico superior al de China… Es una economía de servicios, con gran importancia de la tecnología informática, más que tecnología industrial, que es el caso de China”, añade Pampillón. Por estos motivos, a este profesor no le extrañaría ver, incluso, que India superara a China a final de siglo.
Japón, que hoy es la tercera economía del mundo, no está muy dispuesta a abandonar su sistema. “Podrían salir de su crisis después de treinta años, pero no quieren. Prefieren mantener una renta per cápita alta y no aceptar inmigrantes”, afirma Rafael Pampillón.

El alto crecimiento de las economías china e india contrasta con el de Estados Unidos o Europa. Nuestras empresas tienen unos costes sociales, fiscales y laborales muy altos. Pensiones, sanidad y educación ocupan un capítulo importante de este Estado del Bienestar al que Europa no quiere renunciar.

Nuestro continente, estima Javier Díaz-Giménez, parece condenado a ser “rico e irrelevante”. Durante las próximas décadas estamos abocados a tener el Brexit como un asunto dominante, salvo que haya sorpresas, y nos hallamos enfrascados en debates tan escasamente importantes para el futuro de la Humanidad como la independencia de Cataluña. “Europa es incapaz de crear entornos atractivos para científicos y emprendedores. Cuenta con un sistema demasiado caro. Si miramos a España, los de abajo son suficientemente ricos como para no trabajar y los de arriba se van”, sostiene. Un panorama poco alentador que en su opinión se resuelve con más flexibilidad, menos burocracia y menos impuestos. Exactamente lo que está viendo en Los Ángeles. Por eso piensa que va a seguir comandando la economía global durante mucho tiempo.

(Adaptación del artículo publicado en el número de noviembre de la Revista Capital. Para ver el artículo completo y otros contenidos, pulse aquí)



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