Israel nos da una lección…en innovación

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En menos de medio siglo, el país de los kibutz ha pasado de ser un estado agrícola en tierra árida a una potencia tecnológica mundial. Se ha convertido en un nuevo Silicon Valley y sus empresas y productos compiten a nivel mundial en los sectores con mayor contenido tecnológico como defensa, telecomunicaciones, informática, productos farmacéuticos, biotecnología, medio ambiente o agricultura. Empresas como la farmacéutica Teva, la firma de seguridad en Internet Checkpoint o la agrícola Netafim son líderes mundiales en sus respectivos campos. Y, seguramente, los más ilustrados sabrán que, además, de inventar el riego por goteo o los aviones no tripulados, este país de 7,5 millones de habitantes es el padre de sistemas como el Firewall,  los populares programas de chat o las mini cámaras que permiten ver el interior del intestino. No es casualidad que Israel tenga más empresas en el Nasdaq o atraiga más capital riesgo que ningún otro país –exceptuando a EEUU– o que un tercio de las compañías del Fortune 100 estén implantadas en su territorio. Ha sabido crear un microclima fruto de la combinación de distintos factores culturales y una buena organización del sistema. En Israel, se ha juntado la necesidad de construir un país en un territorio poco desarrollado y de escasos recursos con una mano de obra muy cualificada. Este territorio puede presumir de tener el mayor número de ingenieros por cada 10.000 habitantes, de que casi la mitad de sus ciudadanos tengan estudios superiores y que una amplia mayoría sean angloparlantes nativos que han residido o trabajado en el extranjero. Además, ha tejido una estrecha relación entre la empresa privada y las universidades, que en un alto porcentaje se financian con el dinero que generan con sus propios inventos. Un buen ejemplo es el Weizmann Institute, que hasta cuenta con una sociedad que se encarga de comercializar las más de cien patentes anuales que registran sus científicos. Sólo el pasado año, fármacos como Copaxon y otras creaciones generaron ventas por valor de 10.000 millones. Al frente de todo el proceso se ha colocado el Gobierno. Los distintos ejecutivos han destinado grandes sumas de dinero a la iniciativa privada y a reformar las leyes para incentivar la inversión privada en tecnología y atraer la llegada de grupos extranjeros a los que concede jugosas ayudas directas y rebajas fiscales. Israel destina a I+D el 4 % de su PIB, cuatro veces más que España. Pero lo más importante, advierte Gil Gidrón, “es que se hace de forma coordinada y con objetivos y ámbitos de actuación muy definidos. Justo lo contrario que en España donde falta coordinación y los escasos fondos destinados a investigación se dispersan en decenas de sectores y administraciones autonómicas”. Uri Weinheber, consejero delegado de Lab Tech, da buena cuenta de este apoyo público: “si tienes una buena idea, el Gobierno te ayuda a llevarla al mercado”. Formado en Estados Unidos –como una parte importante de los ejecutivos israelíes–, Weinheber dirige una de la veintena de incubadoras que hay en Israel. Son entidades con capital público y privado con un patrón de funcionamiento similar al de los fondos de capital riesgo. En su opinión, esta estructura es exportable a otros países. No así su feroz cultura emprendedora. No hay animadversión al riesgo ni miedo al fracaso. Los israelíes se encuentran cómodos con él. Es una sociedad mentalizada de que el éxito se construye a base de prueba y error. “Si te estrellas con una start-up no eres un fracasado ni te suicidas. Inmediatamente te pones a pensar en la siguiente aventura”, afirma Roy Segev.  Algo impensable en un país como España en el que los jóvenes universitarios aspiran a engrosar el nutrido cuerpo de funcionarios.]]>

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