Yo no digo ni mu, no sea que me echen del trabajo

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Virgencita que me quedo como estoy…musitan miles y miles de empleados. A los altos ejecutivos les pasa algo similar. Más bien peor. No sólo tienen que cargar con su propia cruz de la inseguridad laboral (en cualquier momento viene el superboss y le señala con el dedo acusador), sino que encima tienen que motivar al resto de la tropa. Motivar, claro, sin mucho alimento que darles. Más bien palmaditas en la espalda y buenas palabras, pues no hay recursos. Y como por el aire circulan muchos proyectiles letales, muchos directivos han optado por no dirigir. Algo así como la inacción del liderazgo, la ‘nodirección’. Para qué dar un paso al frente, con una buena propuesta, si se expone uno a que le apunten con el cañón. Prefieren pasar desapercibidos y esconder el bulto. Lo peor de todo es que esta guerra  de trincheras en las empresas va para largo. Algunos hablan de 3, 4 o 5 años. Hasta entonces, qué remedio, mejor ajustémonos bien el casco prusiano de acero, no sea que una bala nos abra la cabeza en canal.]]>

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