¿Y si Internet nos vuelve superficiales?

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Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Al otro lado del teléfono, Carr nos confiesa que perdía tanto el “sosiego” y el “hilo” que incluso para redactar este ensayo tuvo que desconectarse del mundo de las tecnologías virtuales: “Mientras lo escribía, notaba que me costaba concentrarme así que no tuve más remedio que dejar de utilizar redes sociales como Facebook o Twitter”. La tesis central del estadounidense Carr –que a día de hoy sólo usa Internet “para lo que realmente es bueno: la búsqueda de información”– es que la Red, con su continuo picoteo de lecturas rápidas de pequeños fragmentos de información –minitextos, vídeos, fotos, hiperenlaces…– nos vuelve pensadores más epidérmicos y distraídos. Es más, no sólo nos hace más superficiales sino que, a base de ejercitar nuestra mente con esta gimnasia virtual, estamos alterando nuestro modo de pensar. Cada vez somos menos reflexivos y creativos y,  como consecuencia, se está resquebrajando nuestra capacidad para concentrarnos, profundizar y aprender. Mal asunto. Y lo peor, sostiene, es que Internet encima nos chifla, es como una droga: cuando más consumimos, más nos gusta y más nos pide el cuerpo. Si un día nos falta, porque la conexión no funciona o el ordenador no nos obedece, nos ponemos nerviosos e incluso entramos en un estadio de ansiedad. ¡Un día sin email¡ ¡Un día sin Facebook!¡Qué pesadilla! Además, o quizá por eso, Internet ya no nos acompaña sólo en horario laboral. Ahora viene también con nosotros en el móvil, en el iPad… a cualquier lugar. De este modo, nos alejamos más y más de la concentración en profundidad de la era del libro y del pensamiento lineal, en la que nos hemos movido desde hace siglos. Leer una novela, o un artículo de prensa largo, de la primera a la última palabra, acomodado en un sofá, sin ruidos, sin interrupciones, puede pasar a ser algo propio de locos o de personas desfasadas o ancladas en el pasado ¿Es esto verdad? ¿No está este afamado autor exagerando para espolear sus ventas o simplemente cayendo en el tremendismo? ¿No se despiertan estos miedos cada vez que nace una nueva tecnología de uso masivo? ¿No pasó lo mismo con la irrupción de la televisión? ¿Acaso no se confundía el filósofo Sócrates, que no dejó nada escrito en los tiempos de la Grecia clásica, cuando advertía que la escritura debilitaría la memoria y nos convertiría en pensadores menos profundos? Ciertamente, las nuevas tecnologías, que cada vez consumen un parte más importante de nuestro tiempo laboral, social y de ocio, tienen un impacto nada desdeñable. “El cerebro es plástico, maleable, y se ve afectado por las tecnologías de la Red. Pero del mismo modo que ocurre con otros estímulos”, dice el doctor Francisco Rubia, catedrático de medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Veamos un ejemplo de la neuroplasticidad cerebral. A finales de los 90, un experimento demostró que los taxistas londinenses, que se pasan todo el día recorriendo las calles y callejuelas de Londres y esforzándose en hallar el atajo más corto entre dos puntos, tienen mucho más grande la parte posterior del hipocampo, la que desempeña una parte importante en el almacenamiento y la manipulación de las representaciones espaciales. Además, cuantos más años al volante, más grande es esa región. (Para ampliar información, ya está en su quiosco el número de agosto de la revista Capital)]]>

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