Malvender para no morir

La pesada losa de la deuda. Para el profesor del IE Business School, Francisco López Lubián, las turbulencias por las que atraviesa ACS, lejos de ser una tormenta puntual del verano, ejemplifican la mala digestión que están teniendo las grandes empresas y bancos españoles por los excesos cometidos en los años de vino y rosas. El guión se repite en buena parte de las firmas del Ibex: cuando las cosas iban bien, crecieron desmesuradamente a base de compras financiadas con créditos baratos y sin más garantías que las propias acciones de las empresas adquiridas. Con los primeros zarpazos de la crisis, los bancos optaron por refinanciar los créditos, en una especie de compra de tiempo con la esperanza de una pronta recuperación de la economía. Pero tras cuatro años largos de recesión, los resultados empresariales se han desplomado –el beneficio de las empresas del selectivo se ha reducido en un 36% en el primer semestre respecto a 2011, el peor resultado en una década–, los activos valen menos que las deudas que los soportaban y los mercados de crédito se han cerrado a cal y canto para toda firma con pasaporte español. Los cálculos optimistas hechos otrora sobre una hoja de excel ya no cuadran y los bancos, sobre todo los extranjeros, exigen condiciones draconianas para renovar los créditos. “Las ventas de ACS en Iberdrola o de Sacyr en Repsol, ambas con minusvalías millonarias, demuestran que las entidades financieras ya no están por la labor de refinanciar las deudas”, afirma Daniel Galván, director en el banco de inversión GBS Finanzas. El problema reside en que los grandes grupos cotizados, excluidos los bancos, deben 260.000 millones de euros y sobre ellos pesa una afilada espada de Damocles en forma de vencimientos por valor de 45.000 millones. En este contexto adverso, a los primeros ejecutivos de ACS, Sacyr, Telefónica, Bankia, Abengoa, Repsol, Iberia… no les está quedando más remedio que embarcarse en una ofensiva vendedora sin precedentes, incluso de aquellos activos que hasta ahora calificaban de estratégicos. “Es una cuestión de mera supervivencia”, sostiene Francisco López Lubián, que recuerda que empeñar el ajuar es una de las pocas salidas que tienen para reducir su nivel de apalancamiento, calmar a los acreedores, aliviar la presión de las agencias de rating y apuntalar sus cuentas aunque sea a base de resultados extraordinarios. Todo está en venta. Un botón de muestra: en lo que va de año los grupos cotizados españoles han cerrado casi una treintena de operaciones por un importe cercano a los 8.000 millones de euros. Entre los activos que han cambiado de manos destaca Torre Picasso (FCC), el 15% que Iberia posee en Amadeus, la filial irlandesa de Endesa, las autopistas brasileñas de OHL o las participaciones que Abertis tiene en la portuguesa Brisa o en la francesa Eutelsat. Una de las más activas ha sido Telefónica, la empresa más endeudada de España, que se ha desprendido del 4,56% de China Unicom y el 13% de Hispasat. La operadora de telecomunicaciones, además, ha seleccionado a JP Morgan y UBS para que saquen a bolsa su división alemana O2 y baraja todas las alternativas posibles para desprenderse de su filial de call center Atento, de la agencia de viajes online Rumbo o de Portugal Telecom. Otro peso pesado como Repsol, también a aligerado equipaje a toda prisa. En lo que llevamos de ejercicio ya ha cumplido el 40% de los objetivos contemplados en el plan estratégico –deshacerse de activos por valor de 4.500 millones hasta 2015–y tras el periodo estival espera encontrar comprador para sus negocios de gas natural licuado en Canadá, Perú y Trinidad y Tobago. Para Daniel Galván, todas “estas operaciones no son más que el principio de un proceso de desinversiones que va a durar varios ejercicios”. Y si no faltan vendedores, tampoco hay problemas de compradores, principalmente, extranjeros, fondos soberanos, bancos de inversión, firmas de capital riesgo o los llamados fondos buitre que tratan de pescar en este río revuelto de oportunidades. “Llaman casi a diario interesándose por los activos que tenemos en venta”, reconocen en una de las cajas intervenidas. La lista es larga e incluye a nombres como KKR, Blackstone, Goldman Sachs, Carlyle, Permira, Quantum, Cerberus, Oaktree, BK Partner, Monut Kellet, John Colliers, JP Morgan, Ellerot Advisors, Apollo, Oko Investment o Aktiv Kapital. La financiación no es un problema para estas firmas que cuentan con bastante liquidez. Algunso como Oaktree, que ha adquirido Panrico y Campofrío, cuentan con más de 75.000 millones de euros para invertir a nivel mundial. Si no se han cerrado más operaciones, explica Jorge Vasallo, CEO de Arcano Corporate Finance, “es por la enorme brecha existente entre el precio que espera obtener el vendedor y lo que estos inversores están dispuestos a pagar por ellos”. Daniel Galván confirma esta realidad: “Ofrecen precios de derribo, incluso por debajo del valor al que tienen contabilizados estos activos en el balance. Van buscando la ganga y el dueño se resiste”. Esto explica que negocios a priori atractivos como Acciona Transmediterránea, Giant Cement o Urbaser no logren venderse. Cajas en el punto de mira. La clave está en el tiempo. En la capacidad que el vendedor tenga para desprenderse de un determinado negocio o inmueble. Como ocurre con la venta de pisos, quien tenga prisa por vender no tendrá más remedio que bajar el precio. Entre las que ya no tienen mucho margen de maniobra temporal se encuentran las cajas de ahorro, que tendrán que deshacerse de sus participaciones industriales. Aunque recientemente han realizado algunas ventas –Bankia se ha salido de BME, la CAM de ha desprendido del 5% que acumulaba en TUI y Novagalicia ha hecho lo propio con el 11% de la conservera Calvo–, la mayoría sigue resistiendose a desprenderse de su cartera industrial. La consideran una fuente de ingresos y plataforma para influir en el tejido empresarial. El sector todavía está presente en el accionariado de 45 grupos cotizados, entre los que se encuentran Repsol, Telefónica, Abertis, NH Hoteles, Enagás, Iberdrola, Gas Natural, Sacyr, Mapfre, Deoleo, Indra, Realia o IAG. A pesar del desplome de las valoraciones, el valor de estas participaciones supera los 20.000 millones de euros. Según los expertos, su aventura empresarial tiene los días contados. “Es un proceso inevitable”, insiste Jorge Vasallo. Los últimos decretos que obligan a las entidades a realizar fuertes provisiones en un corto periodo de tiempo, la próxima inyección de dinero desde los fondos de rescate europeos, y la nueva normativa internacional de solvencia –conocida como Basilea III–, presionan con fuerza en la misma dirección: vender. “Cuando vendan, sufrirán un impacto en la cuenta de resultados en forma de minusvalías pero, a cambio, recibirán liquidez”, subraya Daniel Galván. El camino a seguir lo está marcando Bankia. Su nuevo presidente, José Ignacio Goirigolzarri ha reconocido un deterioro de 4.000 millones en su cartera industrial, compuesta por más de 800 empresas. Todo está en venta salvo Mapfre, que se considera un socio estratégico. Así, su participación en Indra, en NH Hoteles o la antigua Iberia se venderán en los próximos meses. También quiere desprenderse de su cartera de créditos fallidos –el objetivo es rebajarla a la mitad, hasta 30.000 millones– y de algunos edificios emblemáticos, como su sede en las madrileñas Torres Kio o el rascacielos que ha construido Norman Foster al final del Paseo de la Castellana. El obstáculo, es el de siempre: los potenciales compradores ofrecen menos de la mitad de los 850 millones que pagó hace cinco años por esta torre. Puede resistirse algún tiempo pero cuando los acreedores aprietan no queda más remedio que hacer caja. Y cuanto antes se afronte lo inevitable mejor. Pueden tomar nota del cambio de ruta de Florentino, que ha optado por vender parte del patrimonio a pesar de su evidente depreciación. Pero mejor hacerlo ahora y resolver los problemas de deuda de la compañía que esperar a que escampe. Demorar lo inevitable solo agravará el problema.]]>

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