El fin del bipartidismo

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La crisis y el desencanto con las políticas europeas producen una mezcla explosiva. Las formaciones de ultraderecha y ultraizquierda aspiran a condicionar un Parlamento Europeo atomizado y abocado a una política de grandes coaliciones o a la inestabilidad. En España, desde las alternativas surgidas al calor de las movilizaciones del 15 de mayo de 2011 –el famoso 15-M– y el asamblearismo populista a las formaciones herederas de la extrema derecha de siempre, vemos que proliferan los partidos que confían en sacar al menos un eurodiputado. Parece poco, pero para los que hoy carecen de tribuna parlamentaria nacional es mucho. Así, para la extrema derecha puede significar la salida del ostracimo en el que lleva sumida desde los años 80. El crecimiento de Amanecer Dorado en Grecia, el Frente Nacional en Francia y Jobbik en Hungría ha creado esperanzas a los grupos de la derecha antisistema. En el otro extremo, las movilizaciones de “indignados” de los grupos más diversos ha tenido un efecto catalizador similar en la izquierda radical, donde el referente de Syriza en Grecia y los italianos de 5 Stelle del cómico y actor Beppe Grillo han creado esperanzas de éxito a distintos partidos que tratan –con mayor o menor éxito– de explotar el populismo del descontento y la lucha contra la corrupción. Ojo: es fácil hablar de la lucha contra la corrupción cuando un partido jamás ha tocado poder ni, por lo tanto, ha tenido ocasión de corromperse. Por otra parte, los “partidos naturales de Gobierno” –PP y PSOE– sufren el desgaste de las gestiones pasadas y presentes y de los casos de corrupción que padece toda formación política que toca poder. Sin duda, los dos partidos cuentan con suelos electorales firmes y –por mal que se den las cosas– seguirán sacando unos resultados sólidos. Los populares y los socialistas aún no han dicho su última palabra. Unos caerán y otros se recuperarán pero todos podrán presentar algo positivo. El marketing político, a veces, se parece al ilusionismo. Lo que cuenta es lo que uno ve y, sobre todo, lo que no ve. Más que las nuevas formaciones, los grandes beneficiados de las elecciones europeas son los partidos que ya tienen representación en las cámaras –autonómicas, nacionales, europea– y que tratan de crecer habiendo demostrado que no son aventuras de un día. Así, UPyD, Ciudadanos e Izquierda Unida aspiran a convertirse en alternativas creíbles del Gobierno y, para eso, tener fuerza en Europa importa mucho. Aún no han logrado, por ejemplo, influir de forma efectiva en el nombramiento de comisarios pero todo es cuestión de tiempo. El lector se preguntará dónde queda Vox, un partido cuyo cabeza de lista lleva casi veinte años en la política europea pero que como formación tiene algunos meses de vida. Yo también me lo pregunto y habrá que ver la respuesta de los ciudadanos. Quedan los nacionalistas, que ven en Europa el camino y la legitimación de los procesos soberanistas. El ejemplo más claro es el catalán liderado por ERC y ejecutado por CiU con un margen de decisión cada vez menor. Los nacionalistas sueñan con Estados independientes pero integrados en la Unión Europea. ¿Imposible? Cuando sus votantes se den cuenta las elecciones habrán pasado. Desde luego, el bipartidismo se está resquebrajando y –al margen de los extremismos de izquierda y derecha– las formaciones como Ciudadanos, Izquierda unida y UPyD aspiran a que estás elecciones sean el impulso que necesitan para convertirse en alternativas de Gobierno nacional.]]>

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