Monarquía y redes sociales (Enrique Dans)

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El pasado 21 de mayo la Casa Real estrenó su perfil en Twitter. Sin duda, una de las herramientas más adecuadas para servir a los fines comentados. Sin embargo, existen múltiples síntomas que revelan un uso excesivamente envarado y rígido: la cuenta sigue únicamente a otras casas reales europeas (Bélgica, Holanda, Noruega, Reino Unido, y el Gran Ducado de Luxemburgo), además de a instituciones españolas como el gobierno, el Congreso y el Senado. Una circunstancia que ofrece una imagen claramente clasista y elitista, y que contrasta con las casi doscientas cuentas a las que sigue la monarquía británica, las casi setecientas de la Casa del Príncipe Carlos de Inglaterra, o las más de veintidós mil a las que sigue la monarquía noruega. La reina Mette-Marit de Noruega, sin ir más lejos, mantiene una presencia propia en Twitter independiente de la de su Casa Real desde noviembre de 2011, y sigue a más de mil cuentas. ¿Tiene sentido que una persona de cuarenta y seis años con una formación impecable y casado con una profesional de la comunicación mantenga una presencia en Twitter envarada, distante y que escribe mensajes exclusivamente institucionales? Sin pretender un diálogo constante y abierto, que resultaría imposible por su característica de asimetría comunicativa y sumamente complejo en términos de interlocución, los reyes Felipe y Letizia deberían aspirar a tener perfiles personales y activos, en los que poder seguir a cualquier persona que les resulte – dentro de unos límites razonables y protocolarios – interesante, que pueda contribuir a considerarse bien informados, e incluso pudiendo contestar a determinadas cuestiones en función de circunstancias específicas. Otras casas reales hacen retweet ocasionales de numerosos temas, animan a sus selecciones nacionales en competiciones deportivas, hacen gala de una imagen más distendida, o incluso abrazan causas humanitarias o de interés social con notable entrega, como es el caso de Noor o de Rania de Jordania, sensiblemente comprometidas con organizaciones internacionales o con los derechos de la mujer y de los niños. No, mantener una cuenta en Twitter, una página en Facebook o un blog siendo miembro de una Casa Real no implica necesariamente la necesidad de aparecer rígido, envarado y elitista. Se puede hacer, sin duda, mucho mejor. Por otro lado, el papel de los reyes es, en la sociedad y las instituciones españolas, equivalente a un factor que en management siempre ha sido definido como clave en la consecución de los objetivos estratégicos: el apoyo de la alta dirección. Solo con una monarquía moderna y comprometida con una comunicación a la altura de las circunstancias, puede contrarrestarse el espantoso desastre que supone tener un Gobierno, un Congreso o un Senado que desprecian la tecnología y la consideran una especie de “fuente de todos los males” contra la que es preciso “proteger” a la ciudadanía. Ese “gran desafío de impulsar las nuevas tecnologías” que mencionó el nuevo Rey en su proclamación tiene que mostrarse en más sitios que en los discursos si quiere que sea de verdad tomado en serio. En una monarquía constitucional, el papel de los reyes debe alejarse de cualquier consideración de lejanía y elitismo, y servir el papel que de verdad se les encomienda: la representación y la diplomacia. En ambos roles, un buen uso de las redes sociales puede convertirse en un aliado fundamental.]]>

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