Alimentos ecológicos: no es oro todo lo que reluce

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Juan M. Comas

Los productos supuestamente verdes se han convertido en una fuente masiva de fraude en toda Europa, algo que ha hecho saltar todas las alarmas. Mientras tanto, la demanda de este tipo de alimentos se ha multiplicado por 10 en los últimos años.

El 1 de enero de 2009 entró en vigor el Reglamento sobre la producción y etiquetado de los productos ecológicos. En él se especifica de forma muy clara cuáles son las técnicas autorizadas para este tipo de cultivo. Debe llevar obligatoriamente el sello oficial de la agricultura ecológica de la Unión Europea, aunque se permite también añadir los logotipos del país o de la región de origen.

Sin embargo, este esfuerzo de Bruselas contrasta con la mala praxis de un sector en el que el fraude es algo corriente: el consumidor no tiene forma de saber lo que en realidad está comprando. Aunque su deseo sea el de adquirir alimentos libres de químicos sintéticos u organismos genéticamente modificados, la realidad es que en muchos casos este tipo de agricultura no cumple todo lo que promete.

El problema se ha agudizado a medida que se ha ido incrementando la demanda de este tipo de productos bio. Los consumidores se encuentran en una situación casi de psicosis, al no saber muy bien qué están consumiendo. Muchos piensan haber encontrado el “Shangri-La” de la alimentación en la agricultura ecológica, lo cual es sencillamente inexacto. Las previsiones del sector de aquí a 2020 son casi de duplicar la actual demanda. Esa demanda debe ser satisfecha por establecimientos especializados.

El paisaje de nuestras ciudades se ha visto modificado con la aparición de cientos de supermercados de este tipo. Desempeñan estrategias de marketing ad hoc para el público que los frecuenta, caracterizado por tener un alto poder adquisitivo. España es el segundo país europeo y octavo del mundo con mayor superficie de cultivos ecológicos. Se estima que el 80% de la producción española de este tipo de productos se exporta mayoritariamente a Europa, en especial a Alemania, Holanda, Francia y Reino Unido, a donde llegan sobre todos productos frescos.

Así, según revelan a CAPITAL fuentes de COAG (Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos), en 2015 España exportó mercancías ecológicas por valor de 778 millones de euros. El vino y el aceite ecológico son dos los productos estrella del sector desde hace tres años. El sector es muy consciente de dirigirse a mercados económicamente pudientes, sean nacionales o internacionales.

Como cuenta a CAPITAL Paco Casallo, fundador de Haciendas Bio, una de las empresas extremeñas dedicada a este negocio, “actualmente exportamos al extranjero más del 90% de nuestra producción”. Para hacernos una idea de lo que supone esta actividad en términos de ingresos, basta consultar las cuentas de la empresa depositadas en el Registro Mercantil: el año pasado alcanzó una producción de 20.000 toneladas, una cifra cercana a la de 2016, cuando se registraron 19.000.

Con tan solo 1.000 toneladas de diferencia de un año a otro, la empresa afirma haber incrementado su facturación un 25% de un ejercicio a otro, algo que permite hacerse una idea del incremento de precios tan significativo que han debido sufrir sus exportaciones. Por si esto fuera poco, Haciendas Bio espera cerrar el año con una producción de unas 32.700 toneladas de fruta y verdura ecológica, gracias en buena parte a la firma de un acuerdo con el gigante francés de la distribución Carrefour. Esta iniciativa les ha permitido abrir el pasado mes de mayo una nueva planta industrial de 7.500 metros cuadrados construidos en las afueras de Mérida.

Estas cifras astronómicas están en sintonía con los precios que alcanzan este tipo de productos en los líneales de los supermercados.

Como ejemplo, basta señalar el precio de un kilo de tomates convencional: en origen cuesta en torno a los 0,80 euros el kilo; cuando su procedencia es ecológica, el precio se dobla. Por eso, no debe extrañarnos que, si estas exportaciones se realizan, además, a países de la Unión Europea donde la renta per cápita es mucho más alta que la española, nos encontremos con que la fruta y la verdura ecológica en esos mercados se pague a precios estratosféricos.

No obstante, desde COAG defienden “unos precios justos para productores y consumidores como medio para desterrar el falso mito de que la alimentación ecológica es más cara. En el consumo de productos ecológicos pagamos por alimentos más nutritivos, con menor contenido en agua, sin aditivos insalubres y libres de hormonas tóxicas, transgénicos, pesticidas, etc.”.

Conviene aclarar que el precio de productos ecológicos en los últimos años está disminuyendo por el aumento de la demanda y de la producción, y ya son muchos los que se pueden adquirir en tiendas tradicionales y online. Pero el precio de este tipo de productos depende, entre otros factores, del punto de venta donde se adquieren.

Cada vez son más los agricultores que utilizan la venta directa y canales cortos para comercializar sus productos.

Están utilizando nuevas tecnologías para distribuir sus propias cosechas, e incluso muchos ya realizan pequeños procesos de transformación. Pero las grandes superficies también están haciendo lo propio.

Carrefour es un claro ejemplo de ello. A través de su marca “Carrefour Bio”, comenzó a comercializar este tipo de productos en 2006. Ya suma alrededor de 160 alimentos ecológicos que comercializa en sus lineales. Entre ellos destacan “los aceites y vinagres, cafés e infusiones, conservas y congelados, dulces, productos lácteos, salsas, arroz y legumbres, azúcar y especias, charcutería, desayunos, panes y frutos secos, pastas y zumos de fruta”, aseguran a CAPITAL fuentes de la compañía.

La estrategia adoptada por Carrefour “tiene como objetivo principal convertir a la empresa de distribución en referente de la transición alimentaria para poder ofrecer a sus clientes, todos los días, una alimentación de calidad”, explican. Otras cadenas y tiendas online como SuperSano o Planeta Huerto han declinado hacer declaraciones a este medio.

Pero, por desgracia, pagar más por este tipo de productos tampoco nos salva de posibles intoxicaciones. Uno de los casos más graves y sonados que se recuerda se produjo en 2011, cuando un brote de E.coli produjo la muerte de medio centenar de personas y miles de afectados en toda Europa. Aunque, en un principio, se señaló a los pepinos españoles como el origen de la infección bacteriana, posteriormente se apuntó a una granja ecológica de brotes de soja en Alemania.

Este hecho despertó duras críticas hacia el sector, sujeto a dos reglamentaciones y exigencias distintas. Por un lado, la que tiene que ver con la industria alimentaria como tal, y, por otro, el reglamento específico que afecta a los cultivos ecológicos. En aquella ocasión, ni una ni otra pudieron evitar el desastre. Por si esto fuera poco, en España el control y la certificación de la agricultura ecológica es responsabilidad de las comunidades autónomas.

Esto provoca que la situación no sea homogénea. Dependiendo de cada región, el control se organiza de forma distinta. Los controles se llevan a cabo, en la mayoría de los casos, por autoridades de control públicas, pero también los hay privados, a través de Consejos o Comités de Agricultura Ecológica territoriales, que son organismos dependientes de las correspondientes Consejerías o Departamentos de Agricultura, o directamente por Direcciones Generales adscritas a las mismas. Las fórmulas usadas por las comunidades autónomas son variadas; Andalucía y Castilla La Mancha han autorizado organismos privados.

En el caso de Aragón, por ejemplo, se ha optado por las dos figuras, designando una autoridad de control pública y, a su vez, autorizando a organismos de control privados. En cualquier caso, los alimentos ecológicos se identifican en los mercados porque llevan una etiqueta que se concede cuando han superado los controles establecidos. Esto sirve como distintivo para que el consumidor pueda distinguir los productos de la agricultura ecológica, cuando los adquiera en los mercados. Si no la llevan, aunque la publicidad diga que son ecológicos, no se pueden considerar como tales: carecen del certificado de garantía.

Sea como fuere, la agricultura ecológica es, hoy por hoy, la que mayor sostenibilidad aporta a la producción agroalimentaria a nivel mundial; sobre todo, a los pequeños productores, que son los que producen el 70% de los alimentos que comemos. Es decir, la agricultura a pequeña escala puede alimentar y está alimentando a la humanidad, y puede solucionar la crisis alimentaria a través de la producción ecológica, la agroecología y la diversidad.

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