De un taller en Coslada a las corbetas del Pacífico

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Jordi Benítez

La madre de Ángel y Javier Escribano tenía una mercería en Coslada, y su padre, un taller. Entre una opción y otra, los hijos se inclinaron por el taller, y estudiaron mecánica de FP en los Salesianos del pueblo para prepararse. Cuando se pusieron a trabajar, el taller fabricaba repuestos para carretillas de Toyota en una pequeña nave de cien metros cuadrados. Al cabo de un tiempo, cuando tenía 19 años, Ángel cogió su bicicleta y se plantó en la cercana sede de Construcciones Aeronáuticas (CASA). Allí dijo que había quedado con alguien del departamento de compras; no recordaba su nombre. “Me lo había inventado todo, pero me dejaron pasar y hablar con una persona. A partir de ahí empezamos a fabricar piezas del lanzador de satélites Ariane 5”, recuerda Ángel Escribano.

Este primer punto de inflexión duró unos años, hasta que en 2011 llegó el definitivo. Ángel conoció en un evento en Barcelona a un profesional de su sector que trabajaba en Omán. Le dijo que le gustaría ir a un partido de fútbol, y preguntó a Escribano si podría conseguirle unas entradas. Habló con un proveedor, del que sabía que tenía un palco, e hizo la gestión. Fueron juntos y, al final del partido, después de haberle tratado a cuerpo de rey, le dijo que le pondría en contacto con el fondo soberano de Omán. Escribano viajó allí y, tras mostrarles su producto y convencerles, le dijeron que el rey Juan Carlos I había estado hacía poco en su país y les indicó que invertían poco en España. Entonces, el interlocutor de Escribano le dijo que invertirían en su empresa. En concreto, 18 millones de euros.

Aquella inversión supuso que el fondo soberano de Omán se hiciera con el 32% de Escribano. El 68% restante permanece en manos de Ángel y su hermano. Lo paradójico es que no han tocado ese dinero. La empresa genera caja suficiente para sobrevivir más que de sobra. Y eso que los equipos tienen un coste elevado: 4,7 millones de euros vale la máquina más cara. Pero también en eso son hábiles: las venden a los 5-6 años de su uso y recuperan el 40% de la inversión.

En la actualidad, Escribano factura 51 millones de euros. Su ebitda es de 17 millones de euros, y el beneficio neto, de 11 millones. No tienen deuda y cuentan con 300 trabajadores, la mayoría de ellos ingenieros.

La inversión del fondo soberano de Omán sirvió a Escribano para formalizar una idea que tenían hace tiempo: acometer todo el proceso de fabricación, en lugar de vender solo piezas. Escribano diseña y fabrica en su nave, hoy en Alcalá, las piezas y el producto final que vende al mercado: las estaciones de armas o torres que sirven de apoyo a las metralletas que se ubican en blindados y barcos de guerra. Las de mayores dimensiones cuestan 1,2 millones; las de menor tamaño se comercializan por 130.000 euros. De las primeras han vendido seis este año; de las segundas, 300.

La mayoría del mercado de Escribano está en Oriente Próximo y Latinoamérica. El 91% de sus ventas son en el exterior; el 75%, fuera de la Unión Europea. “En España vendemos 4,5 millones de euros y pagamos 7,5 millones en impuestos”, señala Ángel Escribano.

La compañía compite en este mercado con grandes empresas públicas de Israel, Turquía y Noruega. “Israel tiene un buen producto; es muy agresivo en precio y hace un lobby salvaje. Tienen una red y se ayudan entre ellos”, afirma Escribano. En cuanto a Noruega, “son los primeros porque vendieron 12.000 torres a Estados Unidos. Turquía también es 100% del Gobierno y muy agresiva en precio”, añade. Frente a ellos, Escribano trata de competir personalizando al máximo sus productos e incorporando patentes como su calculador balístico. “Frente a lo que hacen las compañías rivales, que mueven al unísono la mirilla y el cañón, nuestra tecnología permite que puedan moverse de un modo que permite acertar más en el tiro”, explica Escribano.

Esta característica hace que la torre más barata de Escribano se haya convertido en la segunda más vendida del mundo, y que a la compañía le hayan salido muchas novias. “Nos pregunta mucha gente, pero nosotros seguiremos con el negocio y lo traspasaremos a nuestros hijos si quieren seguir con él. Si no, entonces, lo venderemos”. 

Artículo publicado en el número de noviembre de 2018 de la Revista Capital. 

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