Vox y el vértigo

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José María Sánchez Galera

José María Sánchez Galera es escritor y consultor.

En el largometraje de David Lean Lawrence de Arabia (1962), rodado en España, Peter O’Toole, interpretando al protagonista, dice: «Va a ser divertido». Lawrence se refería a la campaña árabe contra los turcos, una campaña que, en la película, acaudilla este oficial británico con una estrategia alternativa a la de los grandes frentes de aquella Primera Guerra Mundial. La guerrilla. Nuevamente algo español. Pues, antes del desastre en Rusia, las tropas napoleónicas ya andaban enfangadas en un continuado desgaste —mutuo— en suelo hispano (1808-1814). Y, en gran medida, eso es Vox.

Tras las elecciones andaluzas y la mecha que ha encendido la campaña de las elecciones generales (28 de abril), así como la de las autonómicas, municipales y europeas (26 de mayo), Vox puede resultar el factor más determinante. En cualquier sentido. Para algunos analistas, lo relevante estriba en cuántos votos “quita”·Vox a PP o a Ciudadanos, de modo que un auge del partido de Santi Abascal puede suponer una merma en la candidatura de Pablo Casado. De acuerdo con este análisis —adepto a la vetusta tesis del “voto útil”—, cada voto que recibiera la formación política “de las tres letras” —según la denominación de Pedro Almodóvar— sería un voto menos para el PP, y, por tanto, una posibilidad más de que el PSOE de Pedro Sánchez obtuviera la primera plaza electoral. Esto, asimismo, permitiría que el Narciso alado revalidara el cargo de presidente de nuestro consejo de ministros. Con la fórmula de pactos que surgiera; pues la tesis del “voto útil” no suele aplicarse a Cs, declarado entusiasta de pactar con sus hermanos socialistas. Votar a Rivera es quizá otra forma, perfumada de azahar, de votar al PSOE.

Este enfoque observa, en general, con preocupación el creciente respaldo popular a Vox. Sin la entrada de este partido, se asume que el PP contaría con amplias opciones de ser el más votado, lo cual no sólo acercaría Casado a La Moncloa, sino que garantizaría la mayoría absoluta de los de Génova 13 en el Senado.

Sin embargo, conviene tomar en consideración dos aspectos, al menos. El primero, referido a las elecciones andaluzas de diciembre del año pasado. Grosso modo, el voto a Vox tenía mucho de rechazo al resto de los partidos, no estaba dirigido a conformar una mayoría parlamentaria. Dado el prolongado dominio socialista en la Junta de Andalucía, votar a Vox no servía tanto para “cambiar el régimen”, como para expresar el hartazgo. Un hartazgo subrayado por el gobierno de Sánchez, apoyado en la voluntad de Puigdemont y Junqueras. Esta suerte de gratuidad del alarido con que descargamos el berrinche no se dará en las elecciones generales. El “pragmatismo” estará más presente. Casi todas las formaciones han declarado que se trata de una guerra absoluta: après nous, le déluge. El tono es tan enfático, que quizá genere el efecto opuesto, como el pastorcillo de la fábula que gritaba: «¡Que viene el lobo!».

El segundo aspecto se refiere a la naturaleza de Vox. La guerrilla. Decía Clausewitz en su Vom Kriege que Federico el Grande había logrado desbancar a las grandes potencias, a pesar de contar con un país y un ejército de menor envergadura; la clave de su éxito no era otra que el someter a sus enemigos a un estado recurrente de campañas militares en escenarios diversos y sin demasiada satisfacción en caso de victoria. No los había derrotado claramente, sino que los había agotado. En eso consiste la guerrilla: en extenuar al enemigo y forzarlo a desistir; en no darle momento de descanso, en no permitirle tomar la iniciativa. «L’audace, l’audace; toujours l’audace»; Federico, Danton o Abascal.

Vox no es un equipo que haya ascendido a Primera División desde la Segunda. Es un equipo que un día saltó al césped sin permiso, cogió el balón con la mano y se puso a correr dando empujones para marcar gol. Se llama rugby, y están deformado la pelota, para que sea como un melón verde, no redondo como una naranja. Vox es una enmienda a la totalidad. A la corrección política, a la superioridad moral de la izquierda, a la doctrina progresista, al sistema autonómico, al globalismo, a los medios convencionales de comunicación. A todo lo oficial u oficialista. Como hace poco decía Gregorio Luri, Vox es el fenómeno político español más interesante; es una reacción al hartazgo —al empacho del “género”, del nacionalismo, del buenismo inmigratorio, de la política como mero marketing ambiguo y veleta “trending”…— es un puñetazo encima de la mesa. Hay más de espontaneidad que de cálculo. Contundencia y claridad en el verbo frente a las anfibologías y rodeos del resto. Usan palabras que se entienden, y no emplean circunloquios, ni terminología con resabio elitista, como “resiliencia”, “núcleo irradiador”, “gestación subrogada”, “poliamor”, “inclusividad”, “cisnormativo”. Su órdago es de tal envergadura, que asusta. Asusta en una época en que, para limpiar la conciencia —hemos dejado de confesarnos con el sacerdote—, enviamos tuits con el tema “je suis…”, nos “concienciamos” con la “problemática” de turno, o abonamos una pequeña cantidad a una organización cuya ratio de ingresos y salarios desconocemos.

Vox es algo tan radicalmente nuevo, que nos provoca acrofobia. También Vox padece de su vértigo: ahí sus negociaciones agónicas con PP, tras el resultado andaluz y tras la orden elísea —«Aux armes, Citoyens»— con que Cs trazó su “cordón sanitario” contra estos rudos jugadores de rugby de uniforme embarrado. Sí, están aquí. El lobo de la fábula. La guerrilla zarrapastrosa contra Napoleón. ElAurens dinamitando trenes turcos en el desierto. Con su aullido imponen su “agenda setting”, es decir; tienen la iniciativa, ellos dicen de qué se habla. Retoman debates prohibidos y escandalizan. Nunca una voz, un vagido, había hecho que nuestros oídos rechinaran con tanta estridencia. Los teníamos entumecidos. Ahora nos despertamos con olor a napalm, no con el aroma de los naranjos.

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