El poder hace huelga feminista y merendola

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on email
Share on print
José María Sánchez Galera

José María Sánchez Galera es escritor y consultor.

Hace un siglo, las huelgas eran duras. Y podían durar varios días. Si el patrón no mejoraba los sueldos, o las condiciones de trabajo, los obreros se declaraban en huelga. Muchas veces, no todos los obreros. En ocasiones, los puestos que quedaban sin cubrir se solventaban con alguno que necesitaba con desesperación un jornal. Los que iban a la huelga perdían el salario de esos días. Había hambre. De verdad, no esa que anuncia ahora La Moncloa en campaña electoral. Hace un siglo, las fábricas olían a carbón y sudor. Hace un siglo, los sindicalistas comían bocadillos de pan revenido y chicharrones o sardinas, y bebían aguardiente y achicoria. Nada de mariscadas y Moët Chandon.

Conozco amigos que han hecho huelga. En uno de los lugares más incómodos para hacerla: en un medio de comunicación. Lograban que el periódico no se editara algún que otro día. Pero no lograban más que un ligero incremento en las condiciones del despido masivo. Muchos de ellos nunca recuperaron las pagas atrasadas. Alguno se tuvo que mudar a una casa más pequeña. Incluso, por falta de dinero, dejó de pagar el seguro del coche o pidió comida en Cáritas.

Sin embargo, ahora nos llega el “día feminista” (8 de marzo) y desde el poder nos dicen que hay que hacer huelga. Pero cobrando el salario del día, por supuesto. Nos convocan a la huelga el Gobierno, de modo directo, y todos los organismos del Estado que dependen de él. Incluso la Guardia Civil ha cambiado unos días su logotipo en Twitter, para secundar la llamada.

Echando un vistazo por esta red social, se puede ver también algún tuit feminista de la Unión de la Banca Suiza (UBS). Hace poco decía Irene Montero: “todas las mujeres sufrimos violencia por ser mujeres; el machismo no son hombres que se portan mal; es estructural, no individual” (26/02/2019). El manifiesto de la Coordinadora Feminista (“Federación Estatal de Organizaciones Feministas”), para justificar la huelga del 8 de marzo, se declara “contra la ley de extranjería” y contra la “ofensiva ultraliberal y patriarcal”, pues plantea “subvertir el orden del mundo y el discurso heteropatriarcal, racista y neoliberal”, a fin de alcanzar “la soberanía alimentaria y la laicidad”.

Lo del “parto sin dolor” debe de ser una imposición del patriarcado y de las pérfidas farmacéuticas capitalistas presididas por un hombre blanco que acaricia un gato de angora y fuma puros

El manifiesto es un compendio aterrador de todos los problemas que, según estas feministas, atosigan y esclavizan a la mujer doquiera se halle. Aunque la mayoría de jueces en España son mujeres —gracias a un sistema igualitario de oposiciones establecido hace casi 60 años—, el manifiesto sostiene que “la justicia es patriarcal y pone en duda nuestra palabra”, así que postula “que el personal judicial, policial y servicios sociales reciba, de manera continuada y obligatoria, formación feminista, sobre diversidad cultural y migración, sobre diversidad sexual, identidad y/o expresión de género”. De la presunción de inocencia, los principios generales del Derecho, el derecho a una defensa judicial efectiva o la neutralidad de las instituciones, el manifiesto no dice nada. En cambio sí insiste en exigir “¡Aborto libre, seguro, gratuito y en la sanidad pública!”. Por supuesto, considera que el «sistema penal es patriarcal, racista y clasista».

De modo reiterado se alude al sexo en el manifiesto feminista del 8 de marzo. Pretende promover “la educación afectivo-sexual, el placer sexual y autoconocimiento de nuestros cuerpos”. ¿Qué significa esto? Quizá que “se reconozcan nuestros cuerpos y la sexualidad como sujetos de placer”. Dicho de modo más claro: “queremos expresar libremente nuestros deseos y nuestra erótica cuando nos relacionamos con otras personas y también cuando nos damos placer a nosotras mismas”. Lo llamativo es que, mientras hablan de “hacer visibles nuestros cuerpos”, no quieren ser observadas. Desean exhibirse, pero que nos las mire ni las desee nadie. O sí. O no. O quizá. Quién sabe. Porque por algún lado se colará eso que denominan “violencias machistas” y que puede consistir, sin más, en pedirle a una el teléfono para invitarla a un café. Pues, aunque el lenguaje pudiera parecer obtuso y críptico —”las mujeres con diversidad funcional somos las otras olvidadas, sin acceso a la sociedad por la falta de accesibilidad, vetando nuestra participación”—, hay pasajes elocuentes, como cuando solicitan “defender el derecho a elegir un parto que se corresponda con nuestra cultura”. Lo del “parto sin dolor” debe de ser una imposición del patriarcado y de las pérfidas farmacéuticas capitalistas presididas por un hombre blanco que acaricia un gato de angora y fuma puros. Por cierto, el texto aspira a «que el 85% de las mujeres de la Unión Europea no necesitemos ser medicadas con psicofármaco». El paisaje descrito es apocalíptico; desde luego que no dan ganas de seguir viviendo.

Dentro de las propuestas del manifiesto feminista, descuellan, por una parte “cambiar el relato del 12 de octubre, conocido como día de la hispanidad, como un día de memoria y reconocimiento del genocidio sufrido por la población del continente americano»” y, por otra parte, las consignas para el día 8 de marzo: “No encargarte de llevar a los niños y niñas al colegio; no encargarte de lavar, tender, planchar; no encargarte de preparar la comida para otras personas; no responsabilizarte de limpiar, ni de cuidar a los nietos y nietas”.

Sin embargo, en mitad de este panorama tremendo, de este lacrimarum vallis, hay un espacio involuntario para el humor. Hablan de “familias monomarentales”, como si “parental” —del verbo latino pario, que significa “parir”— les sonara a “patriarcal”; lo divertido es que el étimo latino más similar a “marental” es mas,-ris, que significa “macho”, y de ahí “marido”. También podría entenderse que la “familia monomarental” es la dedicada, únicamente, a marear.

El caso es que esta enmienda a la totalidad, “al sistema”, “al poder”, está secundada, precisamente, por el poder: desde La Moncloa hasta UBS. Ya el año pasado, la “huelga feminista” fue un suceso circunscrito nada más que a determinados medios de comunicación. Sobre todo, las grandes televisiones. De modo que, si el “poder” y el “sistema” están contra el “sistema”, ¿contra quién están de verdad? Y es que, al contrario de lo que decía hace unos días Gabriel Rufián, en las revoluciones sí se merienda.

Ya el año pasado, la “huelga feminista” fue un suceso circunscrito nada más que a determinados medios de comunicación

Durante la Guerra Civil, los milicianos que luchaban en Madrid “contra el fascismo” —igual que ahora— iban al frente en metro y autobús, y a la una de la tarde se marchaban a casa para comer en familia (que no era “monomarental”). Es más: el propio cuerpo —la “visibilidad del cuerpo”, como dicen las feministas— de Rufián es una demostración de que la revolución es una merendola. Sólo hay que comparar su oronda figura actual con el tipín que lucía antes de ser diputado en el Congreso. Pero, ¿quién sabe? Quizá es un homenaje a esos otros próceres republicanos de izquierdas, como Prieto o Azaña. Aquella revolución de izquierdas no perdonaba ni un plato en Lhardy.

Te puede interesar