Europa está perdiendo la batalla por el talento

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Redacción

La llegada de pateras a nuestras costas está tapando otro fenómeno más importante y sorprendente: España ha vuelto a convertirse en un receptor neto de inmigrantes. El crecimiento económico y la creación de puestos de trabajo en nuestro país se ha traducido en la ganancia anual de 200.000 foráneos en los últimos ejercicios. El dato es bueno, pero la UE no parece acompañarnos en esta tendencia positiva. “Intenta competir por el talento con las grandes potencias industriales del mundo, pero la realidad es que está perdiendo posiciones. El talento se está yendo hacia Estados Unidos, Canadá, Latinoamérica, China, Australia… La Unión Europea no está siendo capaz de atraerlo hacia sus países”, explica Carmen González Enríquez, investigadora principal del Real Instituto Elcano.

Las razones hay que buscarlas en dos frentes: el idioma y la burocracia. Estados Unidos cuenta con una lengua común en todo su territorio que permite a los profesionales verlo como un mercado de trabajo amplio. Los que hablan inglés pueden moverse entre los Estados sin grandes problemas. Europa no tiene ese idioma común, y circular entre los países es mucho más complicado por las trabas burocráticas. “La Unión Europea no está consiguiendo sus objetivos, y es una necesidad que los logre; no solo por razones demográficas (envejecimiento de la población, caída de la natalidad, etc.), sino por la competencia cada vez más intensa entre los países por atraer personas capaces de crear nuevos productos, nuevas tecnologías, métodos de trabajo revolucionarios… Solo una parte muy pequeña de la élite de los creadores está viniendo a Europa. California está llena de ellos. La tarjeta azul (Blue Card) impulsada en Europa para atraer inmigrantes cualificados no está funcionando bien”, indica González.

Algo se está haciendo: “Holanda ha rebajado sustancialmente el salario mínimo requerido para el trabajador cualificado y la necesidad de demostrar su capacidad académica”, señala González. Pero este tipo de medidas debería extenderse a toda Europa.
Por lo que se refiere a España, nuestro país tiene su propio esquema de atracción de talento, pero no somos un país muy apetitoso. “El recorte de la inversión en investigación y desarrollo (I+D) por las restricciones presupuestarias desde 2011 ha hecho que España tenga poco que ofrecer. La inversión en I+D también es baja en las empresas privadas. Tenemos pocos puestos de trabajo que ofrecer frente a otros países. No somos un mercado atractivo”, lamenta González.

La numerosa emigración que está llegando a España tampoco está siendo seleccionada por su nivel de cualificación. “No es mucho más cualificada que la que llegó en la fase anterior a la crisis. Esa baja cualificación contribuyó al modelo de baja productividad e intensivo en mano de obra que se implantó en nuestro país”, señala González. Y eso no es lo que nos conviene. En opinión de esta experta, deberíamos ir avanzando hacia una economía con mayor aportación de capital técnico y menos uso intensivo de la mano de obra.

El problema de esa inmigración poco cualificada es que solo puede cubrir trabajos poco cualificados. Ese tipo de empleos cuenta con salarios bajos, que arreglan poco de cara a las pensiones. Como es bien conocido, las pensiones en nuestro sistema se pagan con las cotizaciones de los sueldos de los que están trabajando. Cuanto más altos sean esos sueldos, mayor es la contribución a la Seguridad Social, y viceversa. No solo necesitamos que lleguen jóvenes para resolver nuestros problemas de natalidad. “Los que vengan han de poder tener trabajos de cualificación media-alta, bien pagados, productivos. Con salarios bajos no pueden pagarse pensiones altas”, afirma González.

Para solucionar estos problemas, no solo hay que conseguir la inmigración adecuada hoy: hay que lograr que se desarrolle en el futuro. Para triunfar en este sentido, Carmen González afirma que la Unión Europea debe tener un papel más activo en África: “La inmigración por motivo de conflictos armados no tiene por qué seguir creciendo, pero la que obedece a falta de expectativas, que es la más numerosa, va a seguir aumentando. En este sentido, la presión migratoria desde el sur, desde el África subsahariana hacia Europa, continuará subiendo en las próximas décadas por cuestiones demográficas. Europa ha de estar mucho más presente allí: atraer inversiones hacia allí, invertir más, levantar barreras comerciales, saber más de ellos…”.

Esta experta cree que sabemos algo del Magreb, pero somos unos grandes desconocedores del África subsahariana. En su opinión, deberíamos tener más presencia física allí, fomentar los intercambios y crecer en lazos humanos y de confianza, aumentar la cooperación cultural y facilitar una formación adecuada que propicie el desembarco de jóvenes africanos en nuestro continente: “En Europa están desapareciendo los puestos de trabajo poco cualificados, mal pagados, pero ellos llegan con una cualificación baja. Como consecuencia, terminan en el desempleo, la economía sumergida o viviendo de los recursos públicos”.

En Europa debería haber iniciativas para fomentar, financiar y promover la solución de esta necesidad, pero la realidad es que hay muy pocas. González afirma que hasta los xenófobos podrían entender su necesidad: “No hay forma de frenar completamente la presión migratoria. Los mercados de trabajo europeos van a necesitar población joven (España todavía no). Hay que hacer algo para que la migración sea posible y beneficiosa para ellos y para nosotros”.

La globalización hace que los jóvenes de cualquier país del mundo se planteen vivir en otros lugares si ven en la televisión que allí estarían mejor. De ahí la importancia de contribuir a que avancen los países menos desarrollados.

Mientras se impulsa esta cuestión, González estima que habría que mejorar algunos elementos del sistema actual: “ACNUR, la agencia de la ONU que se ocupa de la atención de los campos de refugiados en el mundo, debería estar recibiendo mucho más dinero de los países que pueden permitírselo. Suecia, que tradicionalmente ha sido muy generosa con la recepción de refugiados, da ahora más ayuda a los que están en su suelo que a ACNUR, cuando el 90% de los refugiados está en países en desarrollo”.

La vida en un campo de refugiados es dura. Allí se permanece una media de veinte años sin hacer nada: sin actividad económica, sin posibilidad de desarrollarse profesionalmente, sin tener autonomía. “Eso no puede ser”, lamenta González. En esta línea, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) están intentando ayudar a países receptores de grandes números de refugiados, como Jordania; por ejemplo, proporcionando puestos de trabajo a los refugiados. También la Unión Europea ha quitado aranceles a Jordania.

Por lo que se refiere a España, habrá que ver cómo evoluciona la situación. Como se decía al principio del artículo, la llegada de inmigrantes es mayor a través de la vía regular (200.000 anuales) que irregular (25.000 hasta julio). Pero está claro que la atención mediática está sembrando cierta alarma entre la población; también se debe a que la afluencia es mayor de la que parece que puede ser controlada. En julio se hablaba de un guardia civil frente a diez inmigrantes en la valla de Melilla, y de la escasez de lugares para alojar a los que van entrando. España acogió a seis millones de inmigrantes en los primeros años del siglo XXI, una cifra a la que nadie ha sido capaz de llegar, y que sería impensable alcanzar ahora. Pero la emigración va a seguir creciendo, y necesitamos absorber una parte de ella. Habrá que seguir trabajando para que se desarrolle del mejor modo posible para todos. 

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