La nueva era del capitalismo

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Jordi Benítez

Para Javier Díaz Giménez, profesor del IESE, el capitalismo tiene que ver con los cambios que se producen en el Reino Unido y Holanda entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Reconocen y recompensan a los innovadores por primera vez en la historia de la Humanidad: “Hasta entonces, los artesanos y los mercaderes, que eran los innovadores del pasado, eran los parias de la sociedad. Lo que importaba era ser Rey o formar parte de la familia real, de la nobleza o del clero. Si eras parte de los demás, mala suerte. La innovación cambió la vida de la Humanidad. Fue el palo de hockey de la historia que multiplicó por nueve la renta per cápita en 200 años, cuando antes se había multiplicado por uno”.

Los cambios brutales en precios relativos, salarios y condiciones de vida hicieron que, a partir de 1868, la izquierda progresista europea, liderada por Marx y Engels, empezara a ver la innovación como algo sospechoso que tendría que ser regulado. Así surgieron los ideólogos de los movimientos sindicales en la segunda parte del siglo XIX y principios del siglo XX.

Los frenos fueron surgiendo, pero la innovación y el capitalismo siguieron avanzando. En la actualidad, para Javier Díaz Giménez, en el capitalismo “no hay nada que refundar, porque no es nada. Básicamente son derechos de propiedad y límites de regulación que tienen ventajas e inconvenientes”. A este respecto, pone el ejemplo de los atascos monumentales entre JFK y Manhattan, en Nueva York: “Allí tienen una definición escrupulosa de los derechos de propiedad: prohíben expropiar nada a nadie. Como consecuencia, no hay carretera, y hay atasco. No hay una función social de la propiedad”. En el polo contrario está nuestro país: “Aquí parece que todo es expropiable. Los pisos no son de los bancos, sino de los que no pagan y son deshauciados”.

Son los dos extremos. ¿Qué va a pasar con el capitalismo? Habrá innovación mejor o peor regulada. “La gran recesión vino por la innovación desregulada. A mí me pilló en Menorca. Veía en los periódicos que se hablaba de una crisis relacionada con las hipotecas subprime, y yo sabía que ese era un mercado trivial. No podía pasar nada porque alguien no pagara una hipoteca subprime. Lo que no sabía era el apalancamiento brutal que había, porque era over the counter (fuera de los mercados organizados). Nadie veía aquello. Eso es puro capitalismo”, sostiene Díaz Giménez.

“No hay nada que refundar. El problema con el nuevo capitalismo es que hay que generar incentivos para la innovación”, añade. Crear algoritmos, intentar desbancar a Adidas o acabar con la banca está al alcance de cualquiera gracias a Internet. Cualquiera puede intentar ser el próximo Jeff Bezos, fundador de Amazon, y muchos quieren tener su opción a convertirse en multimillonarios. “El problema del capitalismo es que no va a poder arreglarse con la regulación. Puedes intentar dejar fuera a los bitcoins, apoyar al taxi o pensar que la red eléctrica es sagrada, pero la innovación se acaba abriendo paso”, sostiene el profesor del IESE.

En su opinión, “el gran milagro del capitalismo era que los trabajadores de Ford podían comprarse un Ford. La oferta generaba su propia demanda, como dice la Ley de Say. Si se les subía el sueldo, se compraban un coche mejor, y el dinero volvía a la empresa. Pero, la desigualdad que han producido la digitalización y la desmonetización, se traduce en que los que ahora fabrican un móvil de 4.000 euros no pueden comprárselo”. La inmensa mayoría de la Humanidad no puede adquirir un iPhone: “El dinero ya no vuelve (como pasaba en Ford). Si no damos dinero a los compradores, la rueda no puede continuar”.

Por eso estima que una de las soluciones es la innovación inclusiva, accesible a la mayoría de la población. A este respecto, recuerda las consecuencias positivas del menú turístico implantado por Franco en España: los que trabajaban en el sector podían ofrecer lo que quisieran, pero los que vinieran tenían que comer barato. En el plano contrario, recuerda la regulación que hizo con los precios del pan: podía costar como mucho 50 céntimos, incluidos los diez de margen del panadero. Como consecuencia, el pan en España es malo y barato; nunca costará cinco euros como en Francia, donde es de más calidad.

Generar incentivos y hacer la innovación accesible a la mayoría de la población conecta con otra idea básica de Díaz Giménez, y es que las máquinas van a acometer muchas tareas y muchos ciudadanos no van a tener dinero: por eso hay que darles una renta básica: “Como dice la Ley de Say, la oferta tiene que crear su propia demanda. Es pura economía clásica”, repite.

La digitalización hace que los costes marginales sean cero: el ganador se queda con toda la riqueza y las masas se empobrecen. “Si el salario medio es de 1.000 euros y un buen móvil cuesta 5.000 euros, vas a tener que contratar a un guardaespaldas si tienes uno. Mucha gente no tendrá acceso. Lo que no pagues en impuestos, lo abonarás en seguridad”, augura Díaz Giménez.

Esta desigualdad generada por el nuevo capitalismo ha hecho que algunos multimillonarios se lancen a dar dinero a la sociedad con diferentes motivos. En Estados Unidos, por ejemplo, el inversor Ray Dalio ha destinado 900 millones de dólares a escuelas públicas de Connecticut. En España ha sido bien conocida la donación de Amancio Ortega a la sanidad. “Es una manera indirecta de hacer que el dinero circule otra vez. También en Estados Unidos, Jim Simmons, el fundador del fondo Medallion, el más rentable de la historia, devuelve el dinero a su manera. Si decide invertir en una universidad tecnológica, lo hace él, pero no el Gobierno. Vota a los demócratas, pero invierte donde quiere. Por traer el paralelismo a España, no lo decide Pablo Iglesias. Por lo que se refiere a Amancio Ortega, ¿qué es mejor? ¿que no dé nada, o que compre camas y hospitales? Evidentemente, lo segundo. Además, ya paga los impuestos que debe”.

Está claro que a Amancio Ortega le sobra el dinero. Pero ese dinero que no usa, no le vuelve: no sirve para que se compre más ropa en Inditex. En este contexto, Díaz Giménez no ve mal que se incrementen los impuestos a los ricos: “Si hay un dinero que no se van a gastar, ¿para qué lo quieren?”, se pregunta. Al mismo tiempo, para que esta subida funcione, afirma que debería ser global.

La Ley de Say tiene que funcionar, reitera. Si la riqueza se concentra en un pequeño grupo de la población, todo se paraliza. Los efectos ya se están notando a nivel mundial. El elefante de Milanovic refleja que los pobres de los países ricos son los que menos han visto mejorar su situación en los últimos veinte años. Y la situación puede ir a peor. “Los trabajos rutinarios industriales bien remunerados han desaparecido para siempre”, asegura Díaz Giménez. En su opinión, en unos años habrá sueldos de 5.000 y de 1.000: “El hueco entre ellos lo harán máquinas. Se necesitarán servicios de baja productividad por los que se pagarán 1.000 euros”.

El profesor ve sentido a la renta básica en el contexto de que producir las cosas será gratis o casi gratis como consecuencia de la digitalización y automatización. “La renta básica no tiene por qué ser mucha. Todos los seres humanos pueden optar a una vida por 1.000 euros. Empezará por los países ricos y se irá generalizando. Ya hay muchas cosas que se dan gratis: sanidad, educación… Sería factible dar un poco de dinero para comida, ocio, vestimenta…”. El profesor recuerda que la renta básica ya existe. En Holanda, los ciudadanos con cincuenta años de residencia (no de trabajo) en el país reciben una pensión no contributiva de 1.300 euros: “Se entiende que con ese periodo ya has contribuido pagando impuestos, aunque sean indirectos. Si has estado algún año fuera, puedes comprar años de residencia”. También en España se reciben 400 euros cuando los parados de larga duración han agotado sus prestaciones.

Además de asumir que es la sociedad que viene, Díaz ve muchos efectos interesantes derivados de ella: “Ahora estás obligando a un ser humano a hacer trabajos que puede hacer una máquina. ¿Ves a tu hijo en un trabajo como el de conducir un autobús de niños por 1.000 euros? Puede hacerlo un autobús autónomo y le das al conductor los 1.000 euros para que haga un máster o lo que quiera”.

Las máquinas, además, no costarán nada. Los algoritmos y los sensores que llevan las máquinas no tienen un coste muy elevado. Para Díaz Giménez, supone regalar al conductor ocho horas más: “Al principio se irá al bar, pero luego se preguntará qué hace con su vida”. La llegada de las lavadoras también supuso que se olvidaran de esa tarea quienes se ocupaban de ellas, y pudieran hacer otras cosas: leer novelas, educar a los hijos, dedicarse a la política…

En este contexto, Díaz Giménez piensa que vamos hacia una sociedad post-materialista, en la que tendremos mucho tiempo, menos dinero, que no hará tanta falta, y seremos igual o más felices. Los post-millennials, en su opinión, ya están abriendo el paso, con la poca importancia que le dan a la propiedad. No tienen un gran interés en tener coche o casa.

Las máquinas sustituirán a los humanos en muchas labores, pero habrá que intermediar en otras, y trabajaremos menos horas. Los nuevos esclavos serán los algoritmos, y nosotros nos dedicaremos a otras funciones. Más tiempo para hacer deporte, cultivar las aficiones, pasar tiempo con los amigos… Los que quieran trabajar, se dedicarán a tareas creativas o innovadoras no sustituibles por las máquinas; los demás, recibirán una renta básica. El planteamiento suena bien, aunque da un poco de vértigo.

En medio de esta transformación, el mundo sigue avanzando hacia el liderazgo de China. Por primera vez desde el siglo XV, el planeta no será dirigido por el hombre blanco occidental, a pesar de los intentos de Donald Trump y sus Estados Unidos. Javier Díaz Giménez cree que “a China no le importa tanto Estados Unidos”, que “Estados Unidos está calculando mal sus fuerzas” y que “los plazos de China no son los de cuatro años de elecciones”. Con este marco, los asiáticos no van a enfrentarse a EEUU “porque tienen las de perder”, y saben que “necesitan treinta años más de crecimiento para dar el paso. Creo que China es más inteligente colectivamente que Estados Unidos”.

Díaz Giménez no ve ningún problema en que China siga funcionando como lo ha hecho en los últimos cuarenta años: “La democracia no es tan buena. En un mundo protagonizado por cuestiones como la inteligencia artificial, los esfuerzos planificados y coordinados pueden tener más sentido que los descentralizados. La posibilidad de intervenir y controlar, la cantidad de recursos que pueden invertir en la siguiente tecnología en el ámbito que quieran…”.

Mientras España sigue distraída con Cataluña desde 2012, Europa con el Brexit desde 2016 y Estados Unidos contiene la respiración ante lo que pueda hacer Trump, China sigue construyendo carreteras, creando infraestructuras y mejorando su economía: “China tiene muy claros sus objetivos. Más adelante, como algunos se plantean, querrán libertad, o no. China está mucho mejor que la URSS. Han aprendido de ellos, están en otra parte del mundo… La división de Alemania (RFA y RDA) era de locos: había diferencias flagrantes, estaban demasiado cerca, no se justificaba. La economía planificada de la URSS era el timo de la estampita. No funcionaba. Mientras tanto, China tenía 1.300 millones de ciudadanos pobres, y ahora tiene 1.000 millones de pobres y 300 de ricos. Dentro de treinta años, tendrá 200 millones de pobres. Por eso los chinos están contentos”. Al país podrá llegar la libertad de expresión o no, según la consideren necesaria; los derechos civiles aparecerán o no, en función de si piensan que el coste les merece la pena. Lo que creen que tienen que arreglar, como la contaminación, ya lo van haciendo: son líderes globales en vehículos eléctricos. Díaz Giménez estima que los problemas de China son solubles, y ese es un buen argumento para su camino imparable hacia el liderazgo mundial.

Reportaje publicado en el número de junio de 2019 de la Revista Capital.

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