Recuperar Cataluña

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Jordi Benítez

La difusión en televisión de las imágenes de los altercados en Barcelona posteriores a la sentencia del Procés fue vista de manera distinta por diferentes personas. Las hubo que la calificaron como un buen modo de mostrar fuera de España lo que está ocurriendo, como Elisenda Paluzie, presidenta de la Asamblea Nacional Catalana (ANC). Los hay que se preguntan por su impacto sobre el turismo y la inversión extranjera. Incluso hay quien se cuestiona si el amplio despliegue de cadenas como TVE busca enseñar lo que llegaría con el independentismo y minarlo, o que la economía de la región se debilite más y les resulte indispensable mendigar dinero a cambio de votos.

Sea lo que sea, la realidad es que las imágenes han sido impactantes, dolorosas, y cabe preguntarse si el Gobierno central está haciendo todo lo que puede por el bien de España, o solo piensa en sus votos. En opinión de Fernando Sánchez, presidente de Societat Civil Catalana, el cambio de actitud del Ejecutivo ha sido notorio desde la consulta sobre independencia lanzada por Artur Mas en 2014: “A partir de entonces, se lo han tomado un poco más en serio”, afirma.

Sánchez sitúa primero el movimiento del Gobierno de Rajoy para que nadie en el exterior reconociera la República catalana y para que a sus promotores no se les hiciera mucho caso. A la vez, estima que el actual Gobierno socialista ha hecho un esfuerzo enorme y novedoso respecto a los anteriores: “Borrell no solo ha ido a las instituciones; también a la opinión pública, las redes sociales, la presencia en medios, el relato exterior… Todo ello con Irene Lozano, secretaria de Estado de España Global, a la cabeza”.

El presidente de Societat Civil Catalana piensa que, aunque tengan tácticas y formas distintas, PSOE, PP y Ciudadanos poseen proyectos importantes a medio y largo plazo para reforzar los vínculos entre Cataluña y las demás regiones de España. Por eso han buscado un acuerdo institucional con estos tres partidos a los que denominan “constitucionalistas”. En él no incluyen a formaciones como Vox y Podemos, aunque dicen que, a nivel individual, todos los que defiendan la Constitución y la democracia son bienvenidos a sus eventos y manifestaciones, y no preguntan a nadie a quién vota.

La historia de Societat Civil Catalana refleja en buena medida lo acontecido en aquella comunidad autónoma en los últimos años. Creada en 2014, acaba de pasar una gran crisis que ha terminado con la marcha del presidente y fundador, Josep Ramon Bosch, una gran reestructuración y la llegada del nuevo presidente, Fernando Sánchez. El actual líder reconoce que los que se sienten españoles y catalanes se han sentido solos allí durante los últimos cuarenta años, y no han visto compromiso desde el resto del país. Piensa que hace falta inteligencia, voluntad y recursos económicos para revertir la situación. El presupuesto anual de Societat Civil Catalana es de 700.000 euros, frente a los 7 millones que puede tener una destacada organización independentista como Omnium Cultural. “La posibilidad pasa por conseguir que los independentistas no ganen en la Generalitat. Es posible, pero tenemos desventajas enormes en términos de dinero, apoyo y tejido asociativo”.

A pesar de todo, Sánchez afirma que la situación actual es mucho mejor: “La hegemonía del nacionalismo catalán era absoluta hace dos, cinco años atrás. El Procés ha hecho reaccionar y empoderar a la sociedad civil catalana”. En este tiempo, han ido surgiendo además algunas estadísticas de relevancia: el porcentaje de independentistas que optarían por la desconexión unilateral ha descendido al 11%; el índice de no independentistas es mayor que el de independentistas; ha bajado el número de asistentes a las movilizaciones. Aun así, Sánchez estima que la realidad de los catalanes que se sienten españoles (“catalanes invisibles” les llama él) ha sido desatendida durante mucho tiempo. Ahora no debería mejorarse su situación mediante un pacto entre las élites catalanas y las de Madrid, afirma, sino apoyándose en el pueblo: “Es una cuestión de voluntad: que alguien apueste por ello. En los diez últimos años ha habido mucha apatía. Debe haber una decisión de compromiso con el conjunto de España, un impulso a favor de la concordia entre Cataluña y el resto de España. Yo soy optimista. Creo que se puede conseguir”.

El presidente reconoce que TV3 ha sido “la gasolina del proceso independentista; la que ha marcado la agenda durante muchos años; la que ha alentado las movilizaciones”. Pero no piensa que la solución venga por cerrarla; tampoco por imponer cambios educativos: “Apostaría por ir creando alternativas, como hizo el nacionalismo catalán en el tardofranquismo: difundir ideas, simbolismos, aguantar y crecer. Así es como ellos propiciaron el cambio”.

En este sentido, se pregunta por qué cuesta tanto que se produzcan películas que refuercen la historia común y lo que han hecho los héroes catalanes por el resto de España (la gesta de El Bruch y la defensa de Girona frente al ejército napoleónico, por ejemplo); piensa en que se organicen exposiciones que refuercen los vínculos; se cuestiona qué ocurre con el presupuesto de TVE en Cataluña, por qué no se habilita la delegación del Gobierno, por qué no se hace una apuesta firme y se pone la sede de alguna institución del Estado en Barcelona, la política de medios, el diálogo empresarial… En definitiva, “que España y el Estado vuelvan a Cataluña”. Como propuestas más concretas, esta institución sugiere una reforma de la ley electoral, la promoción del bilingüismo en las escuelas para que no se pierda el español y unos medios públicos menos politizados.

Dentro de sus actividades, la organización pretende impulsar un gran evento mensual. El próximo será el 6 de diciembre y consistirá en un gran concierto para celebrar la fiesta de la Constitución. También habrá unas jornadas de bilingüismo.

Cuando se le señala que en otras partes de España no se entiende muy bien de qué se quejan los catalanes, y que la independencia no tendría ningún sentido por la ruina que traería a la región, afirma que hay una clave interpretativa emocional. “Es un sentimiento de vida, la ilusión de hablar de algo que piensan que puede ocurrir. Hay que hacer de España un proyecto ilusionante. La crisis catalana es también una crisis del concepto de España”.

En este punto, conviene recordar la historia de nuestro país, y el año 1714 como un punto bisagra importante. Como saben nuestros lectores, la apuesta de los catalanes por el archiduque Carlos para suceder a Carlos II no se tradujo en una represalia cuando el Rey decidió en su testamento que le sucediera Luis Felipe de Borbón: “La monarquía se volcó con Cataluña después de 1714”, apunta Agustín González Enciso, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Navarra. Como consecuencia, la región tuvo un crecimiento espectacular desde un punto de vista económico y urbanístico. “Barcelona se convirtió en una gran urbe industrial en el siglo XVIII”, señala Enciso. Algo que antes no había sido así. “Cataluña inició su despegue demográfico y económico gracias a las reformas impulsadas por los Borbones. Antes, el dinamismo económico se encontraba en el sur, en Andalucía”, señala Clemente Polo, catedrático de Fundamentos del Análisis Económico en la Universidad Autónoma de Barcelona. La nueva monarquía racionalizó las estructuras administrativas y fiscales, eliminó barreras al comercio y facilitó el acceso de Cataluña a las colonias americanas, propiciando el despegue de la economía catalana, que se convirtió en una pequeña potencia dentro del reino. “Su desarrollo desde entonces hasta finales del siglo XX dependió del mercado nacional, una expresión acuñada por el historiador económico Josep Fontana. En los siglos XVIII y XIX, el comercio entre Estados era escaso, ya que los productores nacionales estaban muy protegidos”, añade Polo.

El apogeo de Cataluña llegó a finales del siglo XIX y alcanzó tal punto que los historiadores catalanes acuñaron la expresión La fábrica de España para referirse a Cataluña. Excepto el carbón y la siderurgia, Cataluña producía la inmensa mayoría de los productos industriales y hasta el 80% de la producción textil. “Por eso, plantearse la independencia era absurdo. Cualquier industrial catalán y los trabajadores sabían que su mercado más importante era España”, dice Polo. Esta situación se prolongó tras la guerra civil y el régimen de Franco hasta la entrada en el Mercado Común Europeo. Cataluña recuperó su poderío industrial tras la Guerra Civil y siguió siendo La fábrica de España, y el resto del país, su principal mercado. A las industrias tradicionales se sumaron la fabricación de automóviles, la industria, la petroquímica o la farmacéutica. “Todo ello fue posible gracias al mercado español. Sin él, Cataluña no habría sido lo que ha llegado a ser: una de las regiones europeas más prósperas”, dice Polo.

Este catedrático duda de que a Cataluña le hubiera ido mejor formando parte de Francia. “Si nos fijamos en las regiones del mediterráneo francés, se puede comprobar que el PIB per cápita es bastante superior”, dice, aunque el PIB relativo con otras regiones españolas ha disminuido desde los años 60 del siglo pasado. “Llegó a ser el 50-60% superior al del resto de España. En la actualidad está un 25% por encima”, dice Polo. Lo que no ha cambiado ha sido la dependencia del mercado nacional, que continúa siendo su principal cliente. Por eso no hay ninguna duda de que las tensiones recientes empeoran el bienestar de los catalanes y del resto de los españoles, y que es mejor estar juntos que separados. 

 

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