Costa en Portugal o el triunfo del oportunismo equilibrista

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Redacción

Las etiquetas son solo eso, etiquetas. La última prueba la pone de relieve Portugal, el país con el gobierno de izquierdas que se ha ganado el favor de los inversores. O al menos, eso es lo que demuestran los datos de crecimiento de un país que, por primera vez en una década, ha conseguido este año financiarse a precios más baratos que su propio vecino, España.

Lo ha hecho tras un proceso que comenzó en 2015, con la llegada del socialista Antonio Costa al poder. La prima de riesgo sobrepasaba entonces los 200 puntos y el país acusaba el desgaste de un rescate de 78.000 millones de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. El discurso antiausteridad de Costa le llevó a formar gobierno con los partidos de izquierda –Bloque de Esquerda, Partido Comunista y Verdes– ‘asustando’ entonces a los inversores. Pero ya desde su presentación oficial, el nuevo gabinete tenía claro su plan real: “La estabilidad, esencial para la credibilidad internacional de Portugal y para atraer inversores”.

Cuatro años después, Costa sigue en el poder, pero ya sin necesitar el apoyo de sus compañeros de izquierda. El país crece y los primeros que lo saben son los inversores, que ya no temen al gobierno portugués, sino que se ven casi seducidos por él. 

“El ministro de Finanzas de Portugal (Mario Centeno, calificado por algunos como el Cristiano Ronaldo de los dineros y presidente del Eurogrupo desde 2018) ha demostrado no tener una visión equivocada de la economía. La idea que se tiene ahora de lo que es un gobierno socialista es equivocada. Nunca han sido anti- empresa y anti-prosperidad. La idea de que los gobiernos de izquierdas son anti empresa, anti inversión, es una ridiculez; no es lo mismo un gobierno de izquierdas que un populismo de izquierdas”, afirma a Capital el economista Daniel Lacalle. “El Gobierno de Portugal ha hecho todo lo contrario del populismo español y se ha centrado en contener el gasto público, atraer inversión y ofrecer una fiscalidad atractiva a las rentas altas para que éstas impulsen el crecimiento económico”.

“El boom de la construcción en Portugal fue muy anterior en España, por lo que ambos casos no son exactamente comparables. Portugal llegó a su pico de viviendas ya en 2002, con 125.000 casas, y fue cayendo de forma más gradual que España hasta las 6.900 de 2015. No obstante, es notorio que se han hecho más los deberes en materia presupuestaria que en España. Se ha reducido más el déficit, y se ha unido al proceso de reorientación de la economía del consumo interno a la exportación iniciado por los antecesores de Costa, que este ha intentado no cambiar mucho”, señala por su parte Rui Da Mota, de Analistas Financieros Internacionales (AFI). 

El gobierno de Costa ha procurado ceñirse a las exigencias presupuestarias de Bruselas y ha disminuido así el déficit del 3% al 0,5% en cuatro años, manteniendo beneficios fiscales inaugurados por sus antecesores de centro-derecha a profesionales cualificados, grandes fortunas y pensionistas que se activaron en el año 2009. El programa NHR (Non Habitual Residents) para residentes no habituales implica que estos puedan tributar a tasas muy reducidas y/o opten a exenciones fiscales durante una década desde su inscripción como residente en territorio portugués. 

Otro elemento en la misma línea es la famosa Visa Oro o Golden Visa: es decir, el permiso de residencia que el Gobierno facilita a los inversores extracomunitarios que cumplen determinados requisitos. En concreto, que estén dispuestos a invertir más de 250.000 euros en el país. El programa ha captado alrededor de 5.000 millones de euros desde 2012, aunque la mayor parte de ese dinero se ha dirigido al inmobiliario de las ciudades de Lisboa y Porto, situación que el gobierno socialista, en su nuevo mandato, ha prometido intentar cambiar para impulsar la inversión en otras áreas del país. 

Así las cosas, no extraña, en cualquier caso, que desde el Instituto de Empresa adviertan de que un impuesto a la riqueza en España podría motivar una fuga en masa de grandes fortunas de nuestro país a Portugal. El Banco Mundial, en cualquier caso, situaba ya en 2018 a Portugal como el 29 país del mundo (justo detrás de España) donde es más sencillo hacer negocios, destacando que la aplicación allí de “reformas comerciales ha resultado en una reducción del tiempo y coste necesario para la formalización de la empresa, aumentando el número de nuevas empresas en un 17% y creando siete nuevos empleos por 100.000 habitantes por mes. Las nuevas empresas tenían más probabilidades de contratar mujeres, eran más pequeñas y estaban encabezadas por menos empresarios experimentados y menos educados que antes de la reforma, lo que sugiere que la reforma creó un entorno más inclusivo para aspirantes a emprendedores”.

“El gobierno en minoría del Partido Socialista dirigido por Costa y apoyado por los partidos de izquierda ha demostrado ser más estable de lo inicialmente esperado”, ha reconocido Standard & Poor’s, mejorando a positiva su perspectiva para el rating soberano del país. Moody’s, que también ha mejorado la perspectiva del rating del país ibérico, destaca cómo Portugal había logrado reducir su deuda –devolvió en 2018 todo el préstamo del FMI– y mejorar la situación de su sistema financiero. La agencia, además, identifica como un punto favorable al país su fortaleza institucional, a la que que sitúa por encima de la italiana o la española.

Con un gobierno en minoría, Costa, a través de sus socios de izquierda, subió el salario mínimo en un 20%: de 500 a 600 euros. “Sigue siendo muy inferior al que tenía ya España, por ejemplo, antes de que aquí se incrementara”, incide Lacalle. El SMI portugués sigue siendo el más bajo de Europa y, el país, uno de los más desiguales del continente, con el salario medio más bajo. 

Paralelamente, en cuatro años, el paro en el país se redujo a la mitad, del 12% en 2015 al 6% al cabo de 2019. En el último año, el gobierno socialista, lejos de derogar la reforma laboral aprobada en los años de la ‘Troika’, fue más allá y aprobó una reforma laboral rechazada por sus socios de izquierda, pero bienvenida por la derecha y los inversores, a los que Costa pudo recurrir con pragmatismo al gobernar en solitario.

Una importante fuente de la recuperación en Portugal ha sido, esgrimen distintas fuentes, la industria del turismo. La llegada de turistas alcanzó un nuevo récord en 2018 tras alcanzar los 12,8 millones de llegadas, mientras que el peso en el PIB del sector ha pasado del 13% de 2010 a superar el 17%. El turismo tiene un peso notorio en el empleo del país, con alrededor de un millón de puestos de trabajo (más de una quinta parte de los trabajadores portugueses) que dependen de él, según distintas fuentes. “El turismo, igual que en España, ha sido importante. De hecho, el boom turístico portugués ha sido y es todavía más potente. Ha ayudado mucho, pero no ha sido solo eso”, esgrimen desde AFI.

La devaluación interna (moderación de salarios) que puso en marcha Pedro Passos Coelho, primer ministro de Portugal entre 2011 y 2015, ha sido clave para el auge exportador que vive paralelamente Portugal. Desde el año 2010 hasta 2015 los costes laborales se fueron reduciendo año a año. Las exportaciones se han disparado, pasando de representar el 29% del PIB en 2010 hasta el 43,6% en 2018. A este incremento ha contribuido el crecimiento económico en España y Alemania, dos de los tres grandes socios comerciales del país luso, que acaparan el 30% de las exportaciones portuguesas. “El gran reto es saber si Portugal podrá mantener el crecimiento con una productividad baja y un mundo que crece menos. Aventuro que quizás crezca, pero poco, estos próximos años”, afirma Da Mota.

Por lo pronto, frente a la rebaja de previsiones para la economía española en 2019, Bruselas revisó al alza su estimación de PIB para Portugal este año, del 1,7% anterior al 2%. La economía portuguesa sigue teniendo por delante el desafío de recortar su elevada deuda pública, del 121,5% sobre el PIB a cierre de 2018 (133% en 2015).

En las elecciones de octubre, Costa salió reforzado. Fue, ahora sí, el partido más votado, aunque sin alcanzar la mayoría absoluta. Ahora, igualmente, no reeditará los acuerdos de legislatura con las fuerzas de izquierda y gobernará en minoría en solitario. Ha prometido, por lo pronto, la rebaja de impuestos a la clase media, la actualización de las pensiones con la inflación y más inversión pública en hospitales e infraestructuras, focos de protestas sociales en la primera legislatura. Una de las primeras medidas de su nuevo mandato ha sido, además, el aumento del salario mínimo de 600 a 635 euros. 

“El control de déficit ha saneado las cuentas, pero ha sido quizá excesivo en algunos sectores, con un deterioro muy importante de los servicios públicos. El sistema sanitario de Portugal, por ejemplo, está entrando en niveles de ruptura. No hay color con lo que sucede en España. La reducción del déficit ha tenido un coste; por eso, es relativo hablar de milagros”, afirman desde AFI. “La falta de inversión pública, en infraestructuras, transportes y salud, es el aspecto más mejorable de la primera legislatura. Costa ha preferido mantener los beneficios del sector público y recortar la inversión, y el país puede resentirse de ello. Habrá que ver cómo gestiona esa situación en un entorno en el que el país quizá ya no pueda tirar tanto de demanda externa”. 

Reportaje publicado en el número de enero de 2020 de la Revista Capital.

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