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Paul Romer (Denver, 1955) es el segundo de siete hermanos, algo que le hace sentirse muy afortunado y agradecido; tanto, que se reúne al menos dos veces al año con ellos. En ocasiones, el motivo es una gran celebración, como el Premio Nobel de Economía que obtuvo en 2018 junto con el también norteamericano William Nordhaus. En el caso de Romer, su reconocimiento llegó por sus estudios en torno a la relación de la innovación tecnológica con el crecimiento económico a largo plazo: los beneficios que trae para la sociedad que los ciudadanos trabajen juntos y colaboren. Es el colofón a una carrera que empezó estudiando Matemáticas en la Universidad de Chicago. Años más tarde se doctoró en Económicas en esa misma universidad tras completar su formación en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) y en la universidad de Queens. Ha dado clase e investigado en la escuela de negocios de Stanford y en las universidades de Berkeley, Chicago y Rochester. Ha sido economista jefe del Banco Mundial, ha fundado el Instituto de gestión urbanística Marron y ha impulsado la iniciativa de ciudades bajo estatuto, que busca ayudar a las poblaciones tradicionalmente privadas de sus derechos a compartir los beneficios de la rápida urbanización. Romer ha dedicado su carrera a estudiar la intersección entre economía, innovación, tecnología y urbanismo para acelerar el progreso humano. En la actualidad es profesor de Económicas en la Universidad de Nueva York.

En su lección magistral tras recibir el Premio Nobel, comentaba que había dedicado tiempo a estudiar la Teoría de Malthus, según la cual no habría alimentos para todos si la población seguía creciendo al mismo ritmo. Frente a ello, usted defiende el poder de la innovación y la mente humana para resolver los problemas de escasez. Traído a la época moderna, podría pensarse en la política del hijo único en China o el temor a la pérdida de puestos de trabajo por la automatización de los procesos empresariales como elementos limitantes de la innovación. En el caso de China, ¿piensa que se habría convertido antes en primera potencia mundial si no hubiera tenido la política del hijo único?

Vemos que el tamaño de las familias es cada vez más pequeño en los países desarrollados. También ocurre en China, después de que la política del hijo único se haya relajado. Estamos viendo un cambio generalizado en lo que la gente quiere. La pregunta no es tanto qué política hay como qué quiere la gente. Como economistas, tenemos que intentar respetarlo. No sé cuál habría sido la diferencia si no hubieran tenido esa política. En otros países ha ocurrido que la fertilidad baja cuando los ingresos crecen. La gente suele preocuparse de la renta per cápita. Si tienen más gente y más ingresos totales, eso no significa necesariamente que mejore la calidad de vida de cada persona. No creo que quieran más ingresos totales. Quieren más ingresos por persona. El crecimiento de China ha sido muy rápido. Los ingresos de los que están en la capa más alta de la sociedad, también. La mayor distribución de la riqueza es algo que tienen que estudiar.

¿Piensa que se está enfocando bien la cuestión de la desigualdad?

Es importante distinguir entre las preguntas que los economistas conocen y saben responder y las cuestiones sobre las que cualquiera puede tener su punto de vista. Sobre la pregunta qué pasaría si una sociedad implanta un impuesto sobre la riqueza, un economista debería ser capaz de mirar las pruebas de lo ocurrido hasta ese momento y decir qué sucederá. Luego podría haber algo de desacuerdo, pero se convergería más o menos en lo que va a pasar. Es una pregunta muy diferente a la de qué debería hacer una sociedad en torno a la desigualdad, o cómo debería ser la política fiscal. Los economistas saben responder a las preguntas ¿qué pasará si…?, pero las ¿qué debería hacerse? son decididas últimamente por los votantes en las democracias. Para los economistas es peligroso pretender que tienen un entendimiento especial sobre lo que últimamente se ha convertido en una cuestión moral sobre lo que está bien y mal. 

Recientemente ha estado en España Thomas Piketty, que se pronuncia a menudo sobre estos aspectos. ¿Qué opinión le merecen sus estudios?

Hay varias preguntas que los economistas pueden hacerse: qué pasaría si se implantara un impuesto sobre la riqueza, qué ajustes podrían realizarse para evitarlo, cómo responderá la gente… Pero quiero enfatizar que es diferente a cuestionarse qué debería hacer la sociedad. Para los economistas es peligroso sugerir que pueden ser reyes filósofos (hipotéticos gobernantes de la utópica Calípolis de Platón ) y decir a la gente lo que debería hacer. Es peligroso porque Piketty es un economista serio: es parte de esa comunidad que responde a esas preguntas sobre qué pasará si… Pero cuando un economista empieza a lanzar señales de que puede ser un rey filósofo, se convierte en alguien que quiere ver cómo influye en la sociedad en la que vive. Eso hace daño a la sociedad y a la reputación de los economistas. Sería mejor que los economistas se centraran en su área de conocimiento y dejaran que las grandes cuestiones morales sobre lo que debería ser una sociedad se resolvieran por un proceso distinto al que utilizamos para responder a las preguntas científicas.

¿Cómo ve la guerra comercial?

Mi padre era empresario. Uno de sus negocios, cuando yo estaba en Secundaria, era una escuela de vuelo, así que me convertí en piloto. Cuando estás en un avión monomotor, piensas que no puedes prever cuándo podría fallar el avión, pero puedes tener un plan por si ocurre. Creo que es el modo en el que las naciones y los negocios deberían plantearse la incertidumbre con la guerra comercial. No podemos saber si la situación va a mejorar o a empeorar, pero podemos tener un plan por si empeora. Las naciones necesitan pensar qué cuestiones pueden controlar. Es como la decisión de invertir en infraestructuras, en seguridad, en mejoras en la calidad del agua… Pueden controlar sus decisiones de inversión dentro del país para que, si se produce una crisis, sus recursos no estén ociosos, sino que se dediquen a tener una vida mejor.

La economía de Estados Unidos está creciendo como nunca, y los niveles de desempleo se encuentran en mínimos históricos. ¿Qué opina de la política económica de Donald Trump?

Nunca me pronuncio en debates políticos. No voy a decir si la política económica de Trump me parece buena o mala, y tampoco la del partido contrario. Forma parte de las preguntas qué debería hacer la sociedad, y no entra dentro de mis conocimientos.

Parte de las críticas de Trump, que comparten otros líderes políticos, son el impulso de las empresas chinas por parte del Estado. ¿Qué piensa sobre ello?

La pregunta es: ¿resulta útil para la sociedad que se subvencionen tecnologías? Si una sociedad debería o no hacerlo, es una pregunta diferente. ¿Es útil para una sociedad que se imponga una legislación? Creo que está claro que las leyes pueden paralizar un daño que quizá se produciría si no existiesen. Subvencionar puede empujar cosas que son buenas para la sociedad. Está claro que el Gobierno juega un papel al tratar de influir en el mercado. Los votantes han de decidir si quieren que se utilice ese poder del Gobierno. Lo que está claro es que los votantes de mi país no tienen que decidir lo que se hace en otro país. Cada país debe tomar sus propias decisiones.

La mala influencia de los políticos en las decisiones económicas es algo que usted tuvo que sufrir en su paso por el Banco Mundial. Denunció que algo se estaba haciendo mal en la elaboración del informe Doing Business y tuvo que dejar la institución.

Fue una historia complicada. Me trajeron para aportar integridad a un grupo de investigación que no cumplía con los estándares de integridad sobre los que se insiste en el mundo científico. Una vez dentro, descubrí que la alta dirección no estaba dispuesta a respaldarme en el marco de integridad que yo quería implantar. Me preocupaba dañar a la institución dimitiendo, así que me despedí a mí mismo. Concedí una entrevista pública que sabía se traduciría en mi despido, y fue lo que mejor funcionó. Me despidieron. No iba a trabajar en un sitio en el que la alta dirección no estaba comprometida con la integridad. Un jueves comenté que iba a dimitir. Me dijeron que aquello iba a hacer un daño enorme a la institución. El viernes di una entrevista a un periódico. El fin de semana me dijeron que había roto las reglas y que iban a abrir una investigación. Contesté que la investigación no tenía sentido: yo había roto las reglas. Entonces me pidieron que firmara un MOU (memorandum of understanding, memorando de entendimiento), que iba a estar de baja seis meses y que parte del acuerdo era que no podía decir nada. Respondí que no iba a firmar. Me dijeron que tenía que dejar el banco el lunes y les dije que era lo que quería hacer desde el jueves. Y así acaba la historia.

¿Dónde considera que está su principal aportación a la economía?

En el claro entendimiento de la economía de las ideas, y en cómo se diferencia de la economía de los objetos. Este es el corazón de mi aportación a la teoría del crecimiento económico. En términos prácticos, todavía hay una oportunidad para mí de influir en la política de urbanismo. El urbanismo es una de las áreas en las que la política del Gobierno tiene una influencia enorme, para bien o para mal. Impulsar un urbanismo exitoso puede ser un modo muy satisfactorio de acelerar el crecimiento y de hacerlo inclusivo, de dar a cada persona la oportunidad de disfrutar de los beneficios del crecimiento. Uno de los principales logros de China ha sido su compromiso con un urbanismo exitoso: la velocidad con la que han hecho posible que su población se mueva a los centros urbanos y consiga trabajos relacionados con la economía moderna.

¿Están en China las ciudades más exitosas, o destacaría algunas de otros países?

Hay muchas en Europa y Estados Unidos. Lo diferente de China es la rapidez con la que han emergido sus grandes ciudades. A París o Londres les llevó doscientos años tener el tamaño del que disponen ahora. Podemos mirar a las ciudades exitosas de Europa, Estados Unidos o China y aprender lecciones que pueden impulsar un urbanismo satisfactorio en otras naciones.

¿Destacaría alguna en España?

No he estado mucho por allí, pero Barcelona es uno de los lugares de los que se dice que ha seguido un plan por el que ahora se ha convertido en una ciudad exitosa.

El cambio climático es uno de los aspectos que se aborda cuando se habla de las ciudades. ¿Cómo estima que se está tratando?

En la lección magistral correspondiente al Premio Nobel hablo de innovación: de su emoción y posibilidades, del optimismo del potencial servicio del progreso. Aunque la posibilidad de progreso es muy real, la mayoría de las naciones no parece estar progresando. Tenemos que entender qué estamos haciendo mal y qué tenemos que hacer mejor. Uno de los elementos clave es reconocer qué importancia tienen la innovación y la regulación para el progreso. Se necesitan gobiernos que fomenten nuevos descubrimientos, nuevas ciudades, nuevos desarrollos, nuevos modos de hacer las cosas… También que estén listos para frenar actividades que son dañinas para todos. Si miramos atrás, a los años 80, a los problemas con los clorofluorocarbonos (CFC) que estaban destrozando la capa de ozono, comprobamos que el Gobierno de Reagan hizo su trabajo: decidió que no podía dejar que las empresas ganaran dinero dañando el medio ambiente. El Gobierno americano y los de otros países regularon los CFC y dijeron que las empresas no podrían vender esos productos químicos. El problema ahora con el calentamiento global es que los gobiernos no están haciendo su trabajo. ¿Qué ha ido mal desde los años 90 hasta hoy? ¿Por qué los gobiernos no nos protegen de los daños que los pretendientes de los beneficios del mercado pueden hacernos? Confío en que los gobiernos respondan porque los ciudadanos dirán que no quieren vivir en un mundo que se está volviendo peor. No queremos retroceso. Queremos progreso, pero, al menos de momento, hay algo que va mal en nuestros sistemas de toma de decisiones, y los gobiernos parecen incapaces de hacer su trabajo.

¿Cómo lo solucionaría?

Algunos economistas han dicho durante mucho tiempo: si el Gobierno no hace su trabajo, hay que deshacerse de él. Es de una cortedad de miras increíble. Nuestras sociedades no prosperarán si los gobiernos no hacen su trabajo. La respuesta correcta cuando los gobiernos no hacen su trabajo es que los ciudadanos le digan que haga su trabajo. No hay excusas: tenéis que hacer lo que nosotros queremos. Creo que lo harán, pero lleva un tiempo.

¿Ocurre lo mismo con la automatización de los puestos de trabajo?

Es lo mismo. Las nuevas tecnologías han reemplazado a lo largo de los siglos a algunos trabajadores y han reducido sus oportunidades. Hay gobiernos que han afrontado estos problemas: han dicho que van a ver el modo en el que pueden sacar partido de la tecnología al tiempo que se aseguran de que todos comparten los beneficios del crecimiento. Hay sociedades que han implementado medidas que aseguraban que una amplia parte de la sociedad no se quedaba atrás. La política más exitosa en este sentido ha sido el compromiso por una educación universal: primaria y secundaria. Se tradujo en que los trabajadores podían realizar los nuevos trabajos que traía la tecnología. Parte del trabajo que tienen que hacer ahora los gobiernos es decir que van a encontrar el modo en el que todos puedan compartir los beneficios que va a traer la tecnología: regularemos estas nuevas tecnologías para asegurarnos de que no van a dañar a la sociedad. No dejaremos que algo como los CFC dañen el medio ambiente, ni que las firmas tecnológicas que espían minen la privacidad, la autonomía individual y la libertad que como ciudadanos queremos disfrutar. Esta colección de asuntos implica que, si el Gobierno falla a la hora de hacer su trabajo, las protestas convergerán en que el Gobierno trabaja para nosotros y tiene que hacer su trabajo. Si no lo hace, tendremos que cambiarlo. 

¿Y cómo puede sumarse a los trabajadores que se vean afectados por la automatización? ¿Con formación?

Usted puede preguntar en Google: tienes todos estos recursos que puedes utilizar y, ¿si tienes más gente, podrías educar a más personas? Si cuentas con más recursos, con más personal cualificado, ¿puedes ayudar a que la gente esté más sana? Puedes ir a un parque y preguntar: ¿podría preservarse mejor el medio ambiente que la gente quiere visitar? Si planteas estas cuestiones, verás que hay más oportunidades para que la gente contribuya. Todos pueden contribuir en algo para que el mundo sea mejor, y mi creencia personal es que todos deberían contribuir en algo: pueden y deben. Si nos adherimos a este compromiso, será divertido. 

¿Qué opina de la renta básica?

Si un Gobierno tratara de implementarla, los impuestos de la gente que trabaja tendrían que ser muy altos para poder proporcionar un beneficio real a las personas que no trabajan. Provocaría una polarización enorme: los que trabajan percibirían que ellos contribuyen y otros no. Es muy humano pensar que todos debemos contribuir. La idea de que vas a recoger muchos impuestos de alguien que trabaja y vas a darle algún beneficio a cambio, no va a modificar nada. Es un modo de quitar dinero a la gente que trabaja y dárselo a la que no trabaja. Provocaría una polarización y división enorme, y no creo que redujera la desigualdad. La base para mantener un nivel de desigualdad bajo es tener un propósito común en una nación: un sentimiento de unidad, de que todos estamos juntos en esto y nos ayudamos unos a otros. Si polarizas a la gente y enfrentas a unos con otros, se acabó el propósito común de la igualdad que predican los que apuestan por ella. Profetizo que no conseguirán el objetivo que persiguen, pero hay una alternativa clara: el subsidio salarial (wage subsidy). Hay personas que tienen habilidades tan bajas que las empresas no quieren contratarlas por mucho dinero. Si subvencionas esos salarios, las empresas pueden decir: no me soluciona mucho trabajo, pero tampoco me cuesta mucho. Si queremos utilizar los impuestos para lograr un resultado más igualitario, creo que este subsidio de salarios es mejor para enfatizar que todos pueden contribuir en algo. Parte de la razón por la que creo que es importante es porque tenemos que recordar que las personas adquieren habilidades en el trabajo. El trabajo es como una escuela. Hacemos algo que nos cuesta y obtenemos algo a cambio: no solo dinero para llevar a casa; también una habilidad. Es un desastre tener gente joven que no trabaja, que ni aprende ni adquiere habilidades. La renta básica puede empeorar este problema. Debemos hacer el trabajo más atractivo para la gente con menos habilidades y a los trabajadores más atractivos para los potenciales empleadores.

¿Cómo se ve Europa desde Estados Unidos?

No creo que haya trabajado mejor que  Estados Unidos en cuestiones como la mejora de la calidad del aire. Podrían invertir y ser mejores. Sí me parece que lo ha hecho mejor evitando que empresas poderosas se conviertan en monopolios dominantes. Creo que Estados Unidos debería aprender de los éxitos de Europa. Utilizo el avión muy a menudo, y veo que el desarrollo de una empresa europea como Airbus ha traído muchos beneficios al mundo. Es una innovación muy importante en nuestro sistema global. Boeing, que es estadounidense, parece tener problemas serios. Tenemos suerte de que exista Airbus. Creo que los europeos deberían pensar en la próxima cosa que pueden hacer.

¿Cómo piensa que va a evolucionar el Brexit?

Es correcto pensar que Gran Bretaña podría operar con éxito en el comercio global independientemente de la Unión Europea. Sobre cómo podría Gran Bretaña acabar en el futuro, creo que hay una pregunta que no ha captado suficiente atención: ¿cómo será la transición hasta llegar adonde quieren ir los que votaron el Brexit? Aunque el lugar donde quieren ir sea bueno, no quiere decir que sea fácil llegar hasta ahí. Creo que los costes de la transición no se han considerado del todo, pero es el tipo de decisión que los votantes pueden tomar. Lo que ahora podemos hacer los economistas es responder preguntas que se haga la gente sobre qué pasaría si hacemos esto primero, más tarde u otra cosa antes. Tenemos que estar preparados para contestar esas cuestiones para que los ciudadanos puedan decidir qué hacen, y también responder cómo pueden ajustarse los países que permanecen en la Unión Europea. 

Hace unos meses lanzó usted una propuesta global para tasar los anuncios digitales dirigidos, o programados (targeted digital ads). ¿En qué consiste?

Se trata de un impuesto sobre los ingresos capturados por este tipo de anuncios. No es un impuesto de sociedades, que es incoherente y no tiene sentido. El beneficio es la diferencia entre ingreso y coste. Si el ingreso se recoge en un sitio y el coste se incurre en otro, no hay modo de saber cuál es el beneficio. Sabemos dónde se consigue el ingreso. Si somos una nación, un estado o una ciudad, vamos a tasar el ingreso recogido en nuestra jurisdicción. No hay ningún problema con ese impuesto. La razón por la que fiscalizaría estos anuncios digitales es la misma que con las emisiones de carbono: parar algo negativo. Si el impuesto es suficientemente alto, las empresas digitales cobrarán suscripciones. Sería el modo de volver a la manera en la que el mercado funciona: compro algo y recibo algo a cambio. Si no me gusta lo que recibo, me llevo el negocio a otra parte. Si pago una suscripción, volvemos al modo en el que debería funcionar el mercado. Con estos anuncios digitales, nadie sabe lo que le están dando. Los usuarios no saben qué están recibiendo y, debido al monopolio que hay, no hay modo de llevarse el negocio a otra parte. Creo que este modelo de publicidad es un cáncer en la economía moderna, y el trabajo del Gobierno es pararlo. Espero que los gobiernos del mundo lo consideren seriamente.

¿Cuáles cree que son las tendencias que van a dominar el futuro?

No creo que esa pregunta sirva o no a los ciudadanos para presionar a los gobiernos para hacer su trabajo, o si les frustrará de modo que puedan querer destruir el sistema. Quemar cosas ahora es muy peligroso. Siempre puedes rehacer, pero es lo que decía sobre el Brexit: podría ser muy doloroso, y podría sacar a relucir un lado muy desagradable de la gente si vamos hacia ese tipo de confusión. Creo que da miedo.  

Entrevista publicada en el número de enero de 2020 de la Revista Capital.