Antonio Garrigues Walker: “La política está dominada por la erótica del poder, y el precio parece que no importa”

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Jordi Benítez

Antonio Garrigues Walker necesita poca presentación. Su carrera larga y exitosa es ampliamente conocida en España. Nacido en 1934, estudió Derecho en la actual Universidad Complutense de Madrid y se incorporó en 1954 al despacho que fundaron su padre y su tío. Desde entonces permaneció en él. Entre 1962 y 2014 ha sido su presidente y ha convertido el despacho en uno de los más importantes del mundo. Ha asesorado al Gobierno español y a grandes multinacionales en su aterrizaje en nuestras fronteras; a los gobiernos de Estados Unidos y Japón en sus relaciones con nuestro país; fue un político frustrado en su intento de conquistar el centro reformista liberal con Miquel Roca; ha alentado en España la lucha contra la corrupción impulsando el capítulo español de Transparencia Internacional; es presidente de honor de la Asociación para el Progreso de la Dirección (APD). En definitiva, se trata de una voz autorizada y prestigiosa para analizar la realidad que vive España.

Cuando usted entró en el despacho, nuestro país estaba a punto de iniciar su milagro económico: la etapa de mayor crecimiento en nuestra historia impulsada por Alberto Ullastres. A partir de ahí, España emergió. Luego llegó la Transición, la democracia, hubo desempleo, crisis, de nuevo recuperación económica… ¿Cómo ve a España en la actualidad?

Para responder a esa pregunta, tenemos que compararnos con el resto del mundo. Dramatizar la situación de España es irresponsable si no hacemos ese ejercicio. Hoy en día no estamos peor que Italia, Francia, Gran Bretaña o Alemania. Tenemos una calidad democrática muy aceptable, aunque sea perfectible. Contamos con un crecimiento económico limitado pero superior a la media de Europa. Poseemos un grado de convivencia razonable. Tenemos problemas, como todos. No hay ningún país que no tenga problemas serios. Hay una recesión económica; las sociedades se han hecho más complejas y difíciles de manejar. El estamento político en conjunto no está comportándose de una forma especialmente responsable. Aun así, estamos en muy buen lugar dentro del mundo occidental. Somos un país atractivo para el capital extranjero y el español. No es por generar optimismo. Lo digo porque es así. Si nos comparamos, podemos sonreír y debemos estar contentos.

En el Parlamento vemos sin embargo cómo se plantean debates sobre asuntos incómodos como el ‘Delcygate’ o las niñas de Baleares y se bloquean. ¿Somos un país maduro?

Esas cuestiones me preocupan, pero me preocupan más otras, como la ausencia de un debate sobre política exterior en el Congreso. En los demás países de Occidente es una cuestión vital. Importa España, pero también lo que pasa en el mundo y que afecta a España. En el Parlamento, sin embargo, es un debate desconocido. No existe. En el mundo político y parlamentario español nadie recuerda un debate serio sobre China, Japón o Latinoamérica. España está en el mundo, y tiene que saber qué pasa en él: qué problemas y oportunidades le plantea.

Lo más parecido fueron las declaraciones de la ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, marcando distancias con el eje franco-alemán y advirtiendo a Estados Unidos sobre la cooperación militar si sigue lo que denomina hostilidad comercial.

El debate sobre política exterior debería poner de manifiesto nuestras prioridades. Para España es una prioridad la buena relación con Europa porque somos un país europeo, pero no puede ser el único objetivo. Tenemos otras oportunidades tremendas; por ejemplo, la iberoamericana, que no la tienen otros países europeos. Debemos magnificarla y enriquecerla. Contamos con una buena relación con África que también tienen otros países, pero debemos utilizarla. Muchos de los países que más van a crecer este año están allí. Debemos acostumbrarnos a mirar al Este, con mercados que están creciendo de manera significativa, como China. Estamos en un mundo global al que debemos mirar con mente global. No es una broma ni una exa- geración. España tiene oportunidades en África, el Este, Latinoamérica, en Norteamérica… La relación con el país más poderoso de la tierra no es una broma. Debemos tener una buena relación con Estados Unidos. Olvidar que sigue siendo la mayor potencia tecnológica, militar y cultural es olvidar cosas impor- tantes. Además allí tenemos la presencia del mundo hispano, que es más bien mexicano y latinoamericano, con el que podríamos hacer más cosas y penetrar de manera más eficaz en EEUU. No tenemos una mentalidad global, no solo el Gobierno, y no vemos que, además de en España, podríamos hacer fuera cosas muy positivas y favorables en todos los terrenos.

¿Hemos avanzado algo en este terreno?

No mucho. Las empresas españolas de infraestructuras están dominando el mundo, pero en la comparación general con otros países europeos quedamos mal.

Seguramente es una cuestión de mentalidad y magnanimidad, como dice. El profesor Gay de Liébana asegura que en la Universidad de Barcelona tienen que empujar a los alumnos para que vayan a una sesión de un Premio Nobel. Si invitan al presidente del Barça, el aula se llena sin problemas.

No es algo que me guste, pero ocurre en todos los países. La gente famosa atrae más que la gente seria. Quizá en España pase más, pero no me atrevería a descalificar a nuestro país por ese motivo.

¿A qué se refería antes, en concreto, al decir que el papel de los políticos no está siendo especialmente responsable?

No solo en España, sino en el mundo. Trump ha decidido romper la relación atlántica, la del Pacífico y poner un muro con México. Está la cuestión del Brexit. El mundo está infectado de populismo político, y los no populistas tenemos la culpa de ello, porque no ofrecemos a la ciudadanía una alternativa al populismo. En política nunca hay un espacio que se quede vacío. Siempre hay alguien que lo llena, y en esta ocasión ha sido el populismo. La filosofía política de Trump no es que sea muy densa y culta: dice America First; parece una tontería, pero cala. ¿Qué hace el Partido Demócrata? Tiene nueve candidatos, y ofrece fórmulas izquierdistas que no van a calar en EEUU (la entrevista se realizó antes de la elección de Joe Biden como candidato). El socialismo de Sanders es difícil de encontrar en Europa. Es exagerado. Los no populistas tendremos que ofrecer algo distinto a lo ofrecido hasta ahora. El Partido Demócrata no ofrece nada en EEUU. Lo mismo pasa en Alemania o en Italia.

Al mismo tiempo, el mensaje de fondo de Trump no está mal: ocuparse primero de los ciudadanos que dependen de él. Si cada gobernante hiciera lo mismo, no habría tantos problemas; la gente no querría irse de su país. Los votantes de Trump se sienten cercanos a él. En España hay pocos políticos que lo logren; quizá, como se ha dicho, porque muchas personas de valía huyen de la vida pública.

La sociedad civil debería cumplir un papel más importante. En España hay mucho think tank que habría de tener una voz más fuerte, más seria, más agresiva. Alguien tiene que decir lo que está pasando y lo que va a pasar. Si nadie dice nada, tenemos el tipo de política que estamos teniendo. Ojalá ese fuera solo un problema de España. En Italia es un problema. De nuevo, podemos mirar al exterior y buscar modelos. Siempre digo que Portugal se ha convertido en un ejemplo admirable de convivencia política sana, de responsabilidad económica, de solidaridad entre regiones… Los países nórdicos son una referencia en la reducción de la desigualdad. Hay que buscar lecciones buenas, no malas, pero aquí nos falla la mentalidad global. Pensamos solo en nuestros temas, y en España todo es pequeño. Los mensajes son pequeños. No hay mensajes grandes.

¿Y piensa que hay interés en cambiar?
El estamento político en España está dominado por la erótica del poder. Lo importante es el poder; el precio parece como si no importara. Me refiero a los partidos hegemónicos, los minoritarios y los nacionalistas. Ahí tenemos un problema. Seguramente es mucho pedir que el poder político se convierta en un ejemplo,en un referente. Al menos se le puede pedir que produzca cierta credibilidad y confianza.

¿Cómo solucionaría la cuestión catalana?

Cataluña es la comunidad más rica, culta y civilizada de España. Tenemos que conllevar ese tema y encontrar una solución viable. Es difícil, porque otras comunidades querrán tener el mismo trato. Ahora se está intentando con diálogo, y a ver si funciona. Al mismo tiempo, alguien tendrá que decir que la mayoría de los catalanes no son independentistas. Está claro que los independentistas se organizan mejor y gritan más, pero la democracia consiste en respetar que hay un grupo mayoritario, que en este caso es el no independentista. La democracia no se basa en que todos estemos de acuerdo, sino en que sepamos convivir en desacuerdo; dialogar con integridad, honestidad y un mínimo de grandeza, pero aquí todos los debates son pequeños y con descalificaciones, insultos… Se empeñan en decir que tienen toda la razón y el otro no tiene ninguna, cuando nunca nadie ha tenido toda la razón.

Aprovechando que estamos en un despacho de abogados de prestigio, quería preguntarle por la justicia española. Hemos tenido un juicio del ‘Procés’ bastante ejemplar, y en los últimos meses hemos visto al presidente del Gobierno preguntando de quién depende la Fiscalía y a la reciente ministra de Justicia pasando a ser Fiscal General del Estado. ¿Qué opinión le merece?

En general, la justicia española no es mala. En su conjunto, funciona bien. Los jueces son muy serios, están muy bien formados y no sería justo descalificarlos con un golpe. Deberíamos evitar cualquier tema que cuestione la prudencia de la justicia.

Pero en el ambiente hay cierta inquietud ante la aparente injerencia del poder político en la justicia.

Esa tentación siempre ha existido. El poder político siempre ha tenido una tendencia expansiva. La separación de poderes de Montesquieu ha estado habitualmente cuestionada. Ha sido muy complicado alcanzarla. El poder legislativo se alcanza con mayorías que unas veces surgen de modo natural y otras veces de modo artificial. Obviamente, debemos defender una separación lo más nítida posible. Como juguemos mucho, ponemos en peligro la democracia. La gente cree que la democracia ya es un factor seguro, estable y permanente; que nadie se equivoque. Como juguemos con las cosas de comer, podemos poner en cuestión la democracia. Pagaríamos un precio tan duro y tan grave que me parece indignante que haya gente que quiera jugar con eso. Creo que la gente no es consciente de que está poniendo en riesgo temas tan importantes como la separación de poderes y la calidad democrática. Si fuera consciente, sería más inquietante, pero, en cualquier caso, hace falta una reacción. Es verdad que aquí a la política le está faltando algo de grandeza. La ciudadanía espera algo de grandeza: diálogos, consensos…

Volvemos a la altura de miras.

El diálogo político está para resolver problemas grandes (educación, justicia, sanidad…), no para cuestiones pequeñas y partidistas. En Europa ha habido muchos gobiernos de coalición, que implican negociación. En España acabamos de formar el primero. Debemos acostumbrarnos al diálogo, y el liderazgo no puede tener miras pequeñas. Si alguien quiere ser líder, ha de tener grandeza. El ejemplo auténtico genera mimetismo en los ciudadanos. La ciudadanía premiaría el consenso y el diálogo, que es siempre una noticia maravillosa; pero en España los debates están llenos de sectarismo: yo tengo toda la razón y tú no tienes ninguna. Eso no puede ser. Con el sectarismo no se va a ningún sitio. En España hay pocos referentes válidos. Hace poco estuve en el homenaje a Plácido Arango (fundador de Vips) después de su muerte. Ha sido un referente de generosidad, ganas y ejemplaridad en nuestro país. Hacen falta más casos de este tipo.

¿Qué le parece el aparente ninguneo que se le está haciendo al Rey, al que conoce personalmente? Se celebró el tradicional consejo de ministros con él pero sin contenido, se le envió a Cuba en un viaje que algunos han entendido como una provocación…

El Rey reina pero no gobierna. Siempre ha sido una cuestión compleja. Nadie duda de que la monarquía es un activo de este país. Debilitarla sería un error. Espero que no se haga, y estoy convencido de que la gente en este terreno es responsable. El Rey actual encarna magníficamente la monarquía. Hay tal cantidad de países con monarquía que no creo que vaya a desaparecer. Desempeña un papel social y político significativo.

Volviendo a la ejemplaridad, usted ha presidido el capítulo español de Transparencia Internacional. ¿Cómo avanzamos con la corrupción?

Estamos mejorando algo. España no es el país más corrupto del mundo. La última lista de Transparencia Internacional nos sitúa en el puesto número cuarenta. Hay países importantes cerca, por arriba y por debajo. No somos el país más corrupto. Tenemos un victimismo tremendo. Somos uno de los mejores países del mundo occidental. Fuera se nos valora y se nos mira como un país serio. Hemos dado un salto significativo. En España se ha castigado bastante la corrupción. Muchos empresarios y políticos lo están pagando. No hay sensación de impunidad.

Alguna vez ha dicho que la lucha contra la corrupción empieza en la escuela.

La calidad democrática tiene que ver con la calidad ética. Es importante enseñar que hay que hacer lo que hay que hacer y no hay que hacer lo que no hay que hacer. La persona ética respeta las reglas, respeta al contrario y la diferencia de opiniones. La educación ética y cívica ha de formar parte de la educación; de todas las disciplinas, porque todas tienen una dimensión ética: la medicina, la arquitectura… Hay que ser auténtico, íntegro. Creo además que la ética tiene una relación directa con la felicidad, que es muy importante para el ser humano. La persona ética es feliz; la persona no ética puede ser más rica o conocida, pero no es feliz.

El problema es quién forma en esa ética y quién decide qué forma parte de esa ética. Recientemente ha surgido un debate sobre si los hijos son propiedad de los padres o del Estado. ¿Qué le parece?

Abrir esos debates no es abrir una caja de Pandora: es como abrir 1.000. Hay temas en los que es imposible un debate razonable, y no hay que hacerlo. Como liberal soy partidario de todas las formas de libertad, y de que los padres lleguen a acuerdos con los hijos en cuanto a lo que les gusta y lo que no les gusta; puede haber otros que piensen más en la igualdad educativa, de la que también participo. Hay que tratar de evitar la desigualdad. Que alguien pueda acceder a una mejor educación porque tiene un mayor poder económico, en principio no es bueno; otra cosa es que sea imposible corregirlo a corto plazo, pero hay que tender a una igualdad educativa profunda y seria.

Pero no pensará que el Estado tiene que educar a los niños…

Bajo ningún concepto. El Estado no debe arrogarse esa facultad.

Hace poco vi una entrevista que le hacían en Canal Sur en el año 1992. Una de las cuestiones de las que hablaba ya entonces era la dificultad que se apreciaba en el avance de la Unión Europea. ¿Cómo la ve en la actualidad, después del Brexit?

Confío en que a lo largo de este año se alcance un pacto económico serio con Gran Bretaña. Debemos apoyarlo todos. Para Gran Bretaña y para Europa sería muy malo que no se lograra. Tenemos que conseguir un entramado económico lo más fluido y generoso posible. El mundo anglosajón es el que manda, y no nos interesa separarnos de él. Reino Unido es además amigo de Estados Unidos. Trump está a favor del Brexit, que es malo para Europa y para Gran Bretaña, pero no hay que olvidar que más del 50% de la población inglesa está en contra, especialmente los jóvenes y los residentes en Londres; también Escocia e Irlanda. Hay que mantener la mejor relación posible.

Su despacho ha estado especializado tradicionalmente en la llegada de empresas extranjeras a España. ¿Cómo ve nuestra capacidad hoy de atraer inversión foránea?

En el mundo actual, todos los países están tendiendo la mano al capital y al ahorro extranjero. Todos han de tener políticas para atraerlo. Nosotros no lo hacemos suficientemente, ni con la pasión que hay que ponerle. Hace poco estuve en un debate sobre repensar Madrid, y también hablamos de que la capital ha de tener su política de atracción de capital extranjero y nacional. Los flujos no llegan por capricho. Lo hacen porque alguien cree que es mejor invertir aquí que en otro sitio: porque el clima es más saludable, más liberal, más abierto, con seguridad jurídica, con conexión con África, Latinoamérica…

Aunque a veces hay sorpresas, como la que ocurrió con Ford en España, y que conoce bien.

La llegada de Ford a España en 1974 para poner en marcha la fábrica de Almusafes (Valencia) fue clave, decisiva para nuestro país. Todavía estaba Franco. No habíamos entrado en el mercado común. Yo le preguntaba a Henry Ford: “¿Qué te dicen en el Consejo?”. Y él me respondía: “Me dicen cosas, pero yo tengo fe en España”.

A lo largo de su extensa trayectoria, ¿qué personajes o hechos le han fascinado más?

Tuve la oportunidad de hablar con Obama y su mujer Michelle, que también era abogada. Obama era de esos personajes con los que daba gusto estar y convivir. Me impresionó mucho David Rockefeller, sobre todo por su visión de que el capitalismo no se centra solo en uno mismo, sino también en los demás; un capitalismo inclusivo, generoso y solidario. Hice una buena amis- tad con Henry Ford. No era especialmente culto, pero era un empresario nato. Sabía qué había que hacer, y su inversión en España ha sido un éxito. Con una transición política a la vista y estando fuera de la comunidad europea, invertir aquellos miles de millones requería tener un instinto de futuro especial.

Estuvo también en la Comisión Trilateral, el llamado gobierno invisible del mundo, organizado por Rockefeller y en el que participaban Norteamérica, Europa y Asia-Pacífico.

Para mí fue una maravilla. Era una forma de ver el mundo. Cuando había un debate general, la posición americana era una; la posición europea, la dábamos muchos. David Rockefeller nos decía: “No, si yo llamo a Europa, pero no contesta nadie”. Luego venía la parte japonesa, que pensaba de manera totalmente distinta a los demás. Salías enriquecido, y siempre tenía interés. Tuvimos un debate sobre si Europa debía estar más unida, y un americano dijo que lo que quería era una faster Europe, una Europa más rápida, porque adolecía de una lentitud tremenda. La verdad es que la vida me ha tratado bien. He tenido suerte y no puedo quejarme de nada.

Entrevista publicada en el número de marzo de 2020 de la Revista Capital.

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