Trabajo en silencio: el auténtico cisne blanco

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Ricardo García Lorenzo

No les voy a hablar de lo obvio. Tampoco de las grandes cifras, ni pretendo tan siquiera utilizar frases grandilocuentes. Para eso están los mercados, con sus algoritmos, sus ofertas, sus demandas y sus vergonzosas estupideces. Tampoco les aburriré con la globalidad ni lo demoniaco de la digitalización de esta pandemia. No soy virólogo ni experto cuantitativo, y asumiendo que todos ellos nos abrumarán con datos, algunos incluso que alimentan teorías conspirativas, así como tendencias futuras, prefiero mantener un prudencial silencio. 

Tampoco tengo vocación de oráculo pitoniso. Sí, la deuda se incrementará hasta límites insospechados. Se inundaran los mercados de cuantiosas barras de liquidez para (1) parar lo impredecible y (2) minimizar los “credit crunch” ya olvidados. Medidas todas estas más que necesarias para salvar a nuestras empresas.   El crudo y sus derivados se hundirán a un ritmo no visto desde la Gran Depresión. Algunas monedas se apreciarán, otras harán lo contrario. La productividad caerá y con ello los consumos sufrirán. Los ERE, ERTE y demás acrónimos no dejarán de crecer, y con ellos las principales variables macro pasarán a otros escenarios impensables hace apenas dos semanas. Nada que ustedes no sepan, o al menos ya intuyan, pero no se engañen, nuestro modelo de desarrollo, nuestro modelo productivo, acaba de empezar a reinventarse, pero cuidado, para salvar la economía, antes debemos de salvar vidas. 

Recuerden, “Los pueblos que ignoran su historia, su pasado, aunque sea reciente, se ven inevitablemente abocados a reeditarlos”. Qué sabias y tan menospreciadas palabras. 

Primero, tomar conciencia

Necesito hablar no de lo económico, ni de lo financiero, sino de lo emocional, de lo nuestro, de lo humano, convencido como estoy de que ya existe una pública demanda de ello. Ver, y sin embargo callar, sería una de las mayores traiciones al conjunto de nuestra sociedad. Y entonces ese será el preciso momento en el que entendamos que tan importante es apreciar otras cosas que sin darnos cuenta nos desbordaban, nos tensionaban y nos hacían estar mucho más alejados de lo que en realidad estaban. 

Hora de actuar con valentía

Llevo tiempo, años preconizando sin ningún alarde de visionario, que la tormenta perfecta que pocos queríamos ver se sustentaba tristemente en tres pilares, uno de los cuales se nos ha presentado sin previo aviso y con toda su crudeza. Por ello, y ante esta draconiana adversidad, es cuando todos sin excepción debemos ser conscientes de que nada volverá a ser igual. Nada. Pero que ahora más que nunca la sociedad en su conjunto, y en particular las empresas y personas que estamos detrás de ellas, debemos de demostrar de qué pasta estamos hechos. 

Pensemos que mañana nos recordarán por lo que hemos hecho cuando las cosas iban mal. Asumamos con serenidad que habrá pérdidas, demasiadas pérdidas, pero también que las consecuencias económicas y financieras no son nada comparadas con las pérdidas y tragedias humanas que sufrimos y que desgraciadamente seguiremos sufriendo.

Seamos honestos con la realidad, porque en un sentido u otro esta nos estará agradecida, no solo por la decisiones tomadas y por la planificación realizada, sino por la forma de comunicarlas. ¿Por qué lo digo? Simple. Porque creo que el preconizado “cambio de época” ya ha llegado. Todo ha cambiado aunque nos cueste visualizarlo y todo lo que parecía “intocable” ha dejado de serlo. Tomemos decisiones valientes, arriesgadas e incluso radicales y barajemos hipótesis basadas en el peor de los escenarios. Eso es gestionar.  Nuestra frágil y equivocada economía, nuestro frenético estilo de vida, y nuestras asustadas familias, nos lo agradecerán.  

Aprovechemos entonces la oportunidad que nos brinda la historia dejando de buscar tantos culpables, y busquemos ejemplos, héroes me atrevería a decir, cuyo compromiso y responsabilidad están haciendo que seamos conscientes de que la respuesta está siempre en nuestras manos. 

Saldremos mucho más fortalecidos

Que nadie dude de que estos duros momentos que nos toca compartir serán recordados como una etapa de superación, de cooperación y de continuos ejemplos de solidaridad. Y sí, saldremos reforzados, como sociedad, como individuos, saldremos reforzados. 

Innegable el egoísmo y estupidez del que hacemos continuamente gala, y siendo cierto asimismo que ha llegado el momento de resetearse, no es menos verdad que, a la vez, somos una sociedad inteligente, adulta y que lo único que necesitamos son liderazgos que nos traten como eso, como adultos responsables, ya que esta situación que sufrimos en la más absoluta de las soledades, por muchas redes sociales y demás que nos agobien diariamente anhelando el verdadero contacto real, no deja de ser llamativo, como les digo, esos ejemplos de solidaridad, únicos, altruistas y auténticos, que están gritando alto y claro la necesidad de patrimonializar como nuestros esos valores. 

Será entonces cuando la dura lección aprendida sirva a los líderes del mañana para evitar las futuras histerias colectivas.  

El futuro ya ha empezado

Desde hace ya demasiado tiempo he dicho que las crisis, económicas o no, mueven el mundo. Que las burbujas del miedo, del sinsentido, del “quiero más”, nos estallarían como nos ha estallado con todo su realismo y virulencia. Que durante los últimos 100 años nos han convencido, nos han “enamorado” para que nos adaptemos, para que sigamos las instrucciones y pensemos que el irracional consumismo lo arreglaría todo. Qué gran error. 

Nos encontramos, con absoluta convicción, ante el comienzo del mayor cambio jamás visto. Un cambio que alterará hasta la propia definición de lo que hoy significa sociedad, de lo que significa empresa, de lo que significa individuo. Cambio que nos servirá para afrontar esa brecha social, económica, generacional de injusta desigualdad y de vergonzosa hipocresía. 

¿Hacia dónde vamos entonces? Por desgracia no tengo respuesta. Nadie la tiene. Desconozco lo que tendremos que hacer en los próximos años. Pero sí sabemos lo que tenemos, lo que debemos de hacer mañana.

Sigamos dando pasos, valientes, honestos, sin complejos y ensalzando siempre el trabajo en SILENCIO de todos nuestros héroes. Héroes, sí. Entre ellos nuestras Empresas y nuestros Autónomos, ya que las que han sobrevivido y los que sobrevivirán, que lo van a ser y en decenas de miles, se merecen todos nuestros sinceros y orgullosos respetos. 

Trabajo en silencio. Qué cisne blanco tan maravilloso. 

Ricardo García Lorenzo es Director de Staff en la Dirección General de Negocio del Grupo Cajamar.

Columna publicada en el número de abril de 2020 de la revista Capital.

 

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