Salud y Crisis Económica: un Triaje a Gran Escala

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José María Azcárate

Es evidente que estamos viviendo una situación excepcional, casi distópica. Es obvio que el manejo de esta crisis no es sencillo, que implica hacer análisis profundos y tomar decisiones complejas, cosa que no harían con facilidad ni los más insignes gestores de este país, cuánto más los responsables que nos han tocado en suerte, que no han tenido oportunidad a largo de sus carreras ¿profesionales? de resolver ninguna situación crítica. Al final, gestionar un país es en alguna medida como gestionar una empresa, pero a lo grande.

Si nos situamos en los extremos de los posibles escenarios, una medida que evitaría la propagación del virus es recluirnos a todos hasta que haya vacuna, con el consiguiente cataclismo económico a lo que ello conllevaría. En el extremo opuesto, no hacemos nada para que la economía no sufra, con el consiguiente cataclismo sanitario al que nos veríamos abocados. Una de las claves que deberíamos exigir a los que toman las decisiones es que sepan en qué punto concreto de entre esos dos extremos nos tienen que situar.

El virus mata gente. Y mucha. Los números no son muy claros ni transparentes pero estamos de acuerdo en que el Covid-19 se ha llevado por delante muchas vidas. Las penurias económicas también matan. Y mucho. Se ha visto en el pasado y se verá, por desgracia, en el futuro. Porque así como puede parecer fácil (aunque no les está resultando así a nuestras autoridades) computar cuánta gente muere por una determinada enfermedad, no lo es tanto determinar cuánta gente va a morir por culpa de la crisis económica a la que estamos abocados (o cuántos años menos vamos a vivir muchos de nosotros por la misma razón).

Hay muchos estudios al respecto. Se estima que la crisis financiera de 2008 redujo la esperanza de vida de la población mundial en 6 meses. Vamos a simplificar asumiendo que esta crisis post-Covid reducirá la esperanza de vida en España en esos mismos 6 meses (se acaba de publicar un estudio que indica que la ha reducido en 9 meses, pero en este caso el dato se deriva directamente de las miles de muertes registradas por la enfermedad, no de la consecuente crisis económica); pues bien, estimando una población de 47 millones de personas, y una esperanza de vida de 83 años, esto equivale a 283.000 vidas. Diez veces más de las muertes por Covid-19 (al menos, de las “reconocidas”). Esto es convertir a las personas en números y fórmulas, pero es que las decisiones “macro” muchas veces consisten en eso, en aplicar fórmulas matemáticas buscando maximizar el bien común y/o minimizar el mal común.

Hay además muchas consecuencias que tardarán en aflorar, y muy probablemente cuando lo hagan mucha gente no caerá en la cuenta de que son derivadas de la “compleja situación que ocurrió allá por 2020”. Habrá niños que se desarrollen con déficits de nutrición que les produzcan problemas de salud cuando sean adultos. Por ejemplo, aunque la salud dental de los niños está correlacionada con la riqueza de los países del momento, la salud dental de los ancianos se asocia no con la situación económica actual, sino con la de décadas atrás.

La clave de los efectos de las crisis sobre la salud está en las pérdidas de renta de las familias y el empobrecimiento repentino que, cuando rebasa cierto umbral, empieza a afectar a la salud. Las crisis empobrecen a muchas familias. Una de las consecuencias inmediatas es el cambio de pautas de alimentación, que dada la estructura de precios relativos de los alimentos puede llevar, paradójicamente, a la obesidad a las familias empobrecidas del mundo desarrollado.

En el primer semestre de 2008 aumentó el consumo de bollería en las familias, y se redujo el de frutas frescas y pescado fresco. Según un informe de Cáritas, en ese mismo período se duplicaron las peticiones de ayuda económica para alimentos respecto a 2007. La pobreza y la falta de educación son causas de obesidad, y la calidad de la dieta está muy relacionada con el nivel socioeconómico.

Los niños, junto con los ancianos, son los grupos más vulnerables, y las consecuencias de las privaciones en la infancia se harán notar a lo largo de toda la vida. La pobreza se transmite entre generaciones, y la mala salud desempeña un papel importante en esa transmisión. Los niños de las familias pobres adquieren enfermedades crónicas que reducen su capital humano en la edad adulta. La baja renta de los padres empeora la salud de sus hijos y condiciona su salud y renta futuras. Un estudio hecho con niños nacidos en Reino Unido durante 1958, continuado hasta que cumplieron 42 años, concluyó cómo la mala salud en la infancia condiciona la salud y el estatus socioeconómico en la edad adulta, lo cual a su vez afecta a la salud. Así pues, es esencial que las políticas preserven de la pobreza a las familias con niños en tiempos de crisis, cuando el riesgo de empobrecimiento es máximo.

Otro factor importante a tener en cuenta es la educación. El individuo hace básicamente dos tipos de inversión en “su persona” a lo largo de su vida: salud y educación. La conexión entre educación y salud está bien establecida y ambas están a su vez relacionadas con la situación económica.

 Por su parte, el desempleo se ha asociado generalmente con un aumento de la mortalidad general y por suicidio, y con diversos problemas de salud, aunque también se ha asociado con la reducción de la mortalidad general y por causas específicas (enfermedades cardiovasculares, accidentes), e incluso con mejoras de salud en distintos países y periodos de tiempo (menor exposición a la contaminación, más horas de sueño…).

Finlandia sufrió una dura recesión entre 1990 y 1994, con un aumento del desempleo del 2 al 18%, que sin embargo no tuvo efectos adversos sobre la salud, más bien al contrario, pues durante la crisis disminuyó el consumo de alcohol, con efectos positivos sobre la mortalidad; disminuyeron los suicidios y los intentos de suicidio, y se redujo la relación entre situación socioeconómica y mortalidad. Las prestaciones del estado del bienestar en Finlandia amortiguaron los efectos de la crisis, mientras que por ejemplo en Rusia, la desintegración institucional los agravó. Sirva como ejemplo de la importancia de las políticas sociales en tiempos de crisis.

Así pues diversos investigadores concluyen que la salud mejora en tiempos de crisis económica y empeora en años de bonanza. Deaton y Paxson concluyeron en 1999 que los aumentos de renta en las épocas alcistas del ciclo hacen aumentar la mortalidad porque empeoran los estilos de vida.

Sin embargo, parece un hecho que la salud de los desempleados empeora mientras más dure la crisis económica, no sólo por el efecto renta sino también por el sesgo de selección, ya que normalmente los trabajadores de salud más frágil y menos competencias son los primeros en ser despedidos.

Por lo tanto, después de revisar trabajos empíricos que buscan asociaciones entre crisis económica y salud, la conclusión es que el signo y la intensidad de los efectos dependen de las condiciones particulares en que se produce la crisis, de su intensidad y de su duración, y por supuesto de las políticas establecidas por los organismos competentes.

Resulta evidente pensar que el período que estamos iniciando va a ser prolongado y duro, por lo que el efecto de la crisis sobre la salud general va a ser importante. Por lo tanto, es crítico saber de qué forma se va a producir la desescalada y a qué velocidad. Y cuántos muertos estamos dispuestos a digerir, bajo la terrible fórmula de intentar minimizar el parámetro “Víctimas del Covid + Víctimas de la crisis”. Es como un triaje a gran escala. Nadie dijo que fuera fácil. Por eso es necesario que quienes toman estas decisiones estén preparados para tomarlas, formados, con experiencia, sin prejuicios, sin ataduras ni compromisos, con personalidad… ¿Soy el único que cambiaría a los responsables del gobierno de España por los responsables de alguna de las exitosas compañías nacionales que todos tenemos en mente?

José María Azcárate es partner de Strategy Big Data.

 

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