La escritura salva del doble confinamiento a decenas de presos durante la pandemia

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Alfonso de la Mata

Un total de 70 presos participaron en un concurso de microrrelatos organizado por la ONG Solidarios para el Desarrollo con seis centros penitenciarios durante el confinamiento. Esta actividad cultural les ayudó a superar el doble encierro que sufrieron durante los peores días de la crisis sanitaria por la Covid-19.

Las cárceles de Navalcarnero, Soto del Real, Valdemoro, Sevilla I, Murcia y Granada acogieron el primer concurso de microrrelatos que organizó Solidarios en los centros en los que está presente, en colaboración con el Ministerio de Cultura. La iniciativa ayudó a sobrellevar el doble confinamiento que sufrieron los presos en las cárceles, primero por su condición de internos, y segundo, por la interrupción de las visitas y las actividades.

Por esta razón, desde el momento en que se colgaron los carteles del certamen en las cárceles, decenas de presos se lanzaron a escribir una pequeña historia de 200 palabras y temática libre a partir una frase: “Aún no había abierto la ventana de mi habitación cuando de repente…”.

“Oí pequeños y cortos pasos que se dirigían a mi habitación. ¡Feliz cumpleaños, papi Marcos!”, comienza uno de los relatos ganadores del primer premio. Su autor es Marcos Morales, un interno que lleva preso en el centro penitenciario de Sevilla desde hace cinco años. A tan sólo un año de quedar en libertad, lo único en lo que piensa es en salir para poder estar con su hija de cinco años. Cuenta que siente impotencia, rabia y decepción hacia sí mismo porque “que yo no esté con mi hija es culpa mía y solo mía, no es de nadie. Fue una decisión equivocada que tomé en mi vida lo que me llevó a esta situación”.

Marcos encontró en la escritura su refugio entre las cuatro paredes de la celda en la que pasa horas encerrado. Muchos días a las tres de la mañana se despierta y siente la necesidad de coger su cuaderno y escribir lo que se le ocurre en ese momento. Rabia, impotencia, tristeza… son algunos de los mensajes que, confiesa, se escribe a sí mismo, aunque estén dirigidos a otra persona. “Son mensajes para no olvidar lo que he perdido, lo que he hecho y no debo volver a hacer, y las cosas que antes no le había dicho a mi familia, como lo que la apreciaba, el valor que tienen, lo importantes que son para mí”, asegura a Servimedia.

Antes de entrar en la cárcel, Marcos se dedicaba al mundo de la hostelería. Cuenta que dejó los estudios para empezar a trabajar en la electricidad con tan solo 13 años. “En aquellos tiempos, mi barrio estaba un poco revuelto y el colegio estaba hecho un desastre, así que antes de que empezara a juntarme con quien no debía, me pusieron a trabajar”. Después, decisiones equivocadas y malas compañías le llevaron a la situación en la que se encuentra: “De la noche a la mañana te conviertes en demonio en cuestión de segundos, sin darte cuenta”.

Francisco Luis Carmo, voluntario desde hace seis años en las aulas de cultura del centro de Sevilla I, acude todas las semanas a la cárcel para apoyar a un colectivo que, a su juicio, está estigmatizado y necesita cercanía humana. Asegura que, en el tiempo que lleva colaborando, se ha encontrado con personas que cometieron delitos, pero que probablemente, por su naturaleza, no habrían llegado a esa situación de haber tenido una mejor educación, una familia más estructurada o un barrio menos conflictivo, y señala, sobre todo, al mundo de las drogas: “Hay muchas personas que son víctimas de su entorno”.

Como miembro del jurado en el certamen de microrrelatos, Francisco se ha encontrado con al menos 25 relatos en los que cada preso contaba sus pensamientos y sus necesidades. Con el papel y el lápiz, los internos consiguen liberar muchas tensiones y muchas preocupaciones, “el papel se vuelve su mejor confidente”, comenta, y añade que hay personas que han dejado la droga gracias a la escritura porque se han prometido cosas sobre el papel. “Se dan cuenta escribir produce mayor desahogo que una tarde empastillado”.

En este sentido, Marcos coincide en que la escritura ha supuesto un escape para él y una oportunidad para intentar cambiar lo que ha hecho mal para convertirlo en algo positivo, en una experiencia para que no vuelva a ocurrir. Apunta a la falta comunicación como el fallo que tienen la mayoría de las personas que están en la cárcel: “no nos comunicamos con la familia cuando tenemos un problema, no les pedimos ayuda porque creemos que lo vamos a solucionar o no le decimos que tenemos una adicción porque nos creemos que la controlamos”, confiesa a Servimedia. “Es totalmente falso. Sin ayuda, jamás se puede salir de esto”.

LAS AULAS DE CULTURA EN LAS PRISIONES

Precisamente, las aulas de cultura –en las que se enmarcan iniciativas como el concurso de microrrelatos– suponen un salvavidas para presos como Marcos. Y es que, en palabras de Álvaro Crespo, responsable del Programa de Prisiones de Solidarios, la cultura se convierte en un elemento de cohesión, “en un elemento que nos pone a todos por igual”, porque se enfrentan a un libro o a una película como personas, no como el interno que ha cometido un delito.

Las aulas de cultura, en marcha desde hace 30 años, no hacen sino apelar a esa condición de ciudadano del preso que, una vez que cumpla su condena, saldrá en libertad. Son espacios en los que los internos interesados se van apuntando y en los que se imparten talleres magistrales de escritura, literatura o pintura, entre otras cuestiones. Además, en las aulas se reciben hasta 170 personalidades al año del panorama cultural español para que los internos reflexionen y puedan hacerles preguntas. Algunos tan conocidos como Almudena Grandes o Estrella Morente.

“Intentamos que reflexionen a través de la lectura, de la escritura, en cuanto a que las cosas no son tan cuadriculadas como ellos las ven por el desconocimiento, por la ignorancia o por la situación en la que se encuentran”, asegura Francisco. En general, las personas que se encuentran en el presidio son personas excluidas, muchas de suburbios periféricos, que, por sus circunstancias o su situación marginal, la cultura no les llega con facilidad. “Les puede abrir los ojos y ver que la sociedad no es solamente el barrio, no es solamente el trapicheo, no es solamente delinquir, sino que hay otras posibilidades a través de las cuales se puede enriquecer y lucrar”.

Francisco añade que, a pesar de que las paredes de la celda son muy duras de tolerar día tras día, se les hace ver que “uno puede tomar conciencia de lo que quiere en la vida, de lo que probablemente se van a encontrar cuando salgan, y de lo que sí tienen posibilidad de cambiar”.

LA NUEVA NORMALIDAD

De cara a los próximos meses, la situación sanitaria vivida en el país plantea dificultades a la hora de continuar con estas actividades de forma presencial, pero, como asegura Álvaro Crespo, tendrán que “desarrollar la imaginación para seguir continuando la relación con los internos, a los que conocemos desde hace mucho tiempo”. Por el momento, solo puede asegurar que continuarán con la relación epistolar con los internos, a pesar de que les gustaría seguir yendo a las cárceles “para saludarles de tú a tú”, y volver a convocar algún concurso literario.

Antes del confinamiento estaban acudiendo entre 10 y 15 internos a los talleres. Unas actividades a las que el preso acude “motivado y voluntariamente” y por las que, según cuenta Álvaro, no reciben ningún tipo de gratificación o reducción de condena. Fue durante el confinamiento donde experimentaron aún más la privación de libertad, por lo que concursos como el de microrrelatos de Solidarios contribuyeron a que aprovecharan el tiempo libre que tenían a escribir.

Son personas que, en ese momento de confinamiento, de privación de la libertad, tienen bastantes cosas que contar y muchos de ellos han tenido oportunidad de contarlo fuera o no y con la cantidad de tiempo libre que tienen sí aprovechan para escribir. A este respecto, Francisco cuenta que uno de los ganadores del segundo premio, comenzó a escribir sus memorias a mano para regalárselas a sus hijos. “Me contó que llevaba ya como 90 o 100 páginas y le quedaban otras 100”, comenta sorprendido, y recuerda que ha conocido a varios presos que han escrito libros sin ánimo de publicar, “que se han puesto día tras día a escribir y cuando se han dado cuenta han escrito 100 o 200 folios”.

Marcos Morales asegura que ha escrito mucho sobre su pasado y el doble confinamiento que se ha sufrido en las cárceles le ha servido para valorar aún más lo que tiene fuera. Cuenta que le gustaría continuar escribiendo, pero no está seguro: “Yo entré aquí y perdí a mi familia, mi trabajo, mi casa. Yo lo perdí todo y ahora hay cosas más prioritarias que escribir”.

Desde la cárcel de Sevilla Marcos concluye la entrevista con Servimedia enviando un mensaje claro: “de este mundo se sale” porque “todos tenemos derecho a equivocarnos”. Confiesa que muchas veces no sabes el valor que tiene un hermano, un amigo, un hijo o una madre” y sentencia: “cuando salga de aquí, la palabra de mi madre irá a misa”.

(SERVIMEDIA)

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